Para estudiar la violencia en el ámbito de las sectas, en primer lugar
habremos de saber de qué estamos hablando.
Si estamos intentando realizar un estudio serio, no podemos trasladar a
estas páginas toda la polémica, la confusión y las contradictorias
opiniones, que sobre la violencia existen hoy en día en los ambientes
culturales. Para evitarlo vamos a
inclinarnos por las teorías
que más serias nos parecen al respecto, y las que precisamente mejor nos
pueden ayudar a explicarnos las manifestaciones de violencia que suceden tanto
en nuestra vida cotidiana como en el interior de las sectas.
Vamos a aportar nuestro granito de arena al gran debate sobre la
violencia inclinándonos por las teorías que la definen como un importante
impulso psicológico innato en el ser humano y en toda forma de vida.
Desde
el momento en que todo ser vivo comienza su existencia, corre el riesgo de ser
devorado ―especialmente cuando es una cría― por otro ser que
habitualmente se alimenta de él. El
pez grande se come al chico, y en el mundo microscópico de los
microorganismos sucede otro tanto. En
los mamíferos, especie animal a la que pertenecemos, tenemos los ejemplos más
claros para nosotros de la importancia de la violencia para la supervivencia.
Ya sea para comer o para evitar ser comido, para cazar o para evitar
ser cazado, todo mamífero tendrá que hacer uso de su agresividad para
sobrevivir. Es una ley básica
natural. La violencia es esencial
para la supervivencia, está muy relacionada con la muerte, y a su vez con la
alimentación de los seres vivos. La
Naturaleza proporciona a todo ser vivo un instinto agresivo para evitar ser
comido, que en la mayoría de los casos se convierte en instinto asesino
cuando se necesita cazar para comer. Un
instinto con tanta violencia con resultado de muerte que lo damos en llamar el
instinto de muerte. Un instinto
que lleva a matar o a morir según el papel que le toque realizar a cada partícula
de vida. Un instinto que da
fuerzas para matar al ser vivo que hace el papel de asesino, y hechiza al que
le ha tocado ser la víctima. Un
instinto tan aterrador para la conciencia del hombre que habitualmente
preferimos olvidarlo, a pesar de que él no se olvida de nosotros.
Las
personas que vivimos en los países desarrollados, nos hemos desnaturalizado
hasta el extremo de no necesitar la violencia para comer o para evitar ser
comidos, por lo que no tenemos ni una vivencia ni una visión muy clara de lo
que es la violencia y la muerte en su estado natural.
Sin embargo, aunque ya no lo necesitemos ni para comer ni para
defendernos de las fieras que nos consideran comida suya, el instinto de
muerte permanece activo en nosotros, y, cuando no nos mata de puro viejos, nos
acaba matando de otras maneras, a la vez que salpica nuestra vida social con
multitud de manifestaciones agresivas.
Al
retirarle al instinto violento sus objetivos principales, él sigue actuando
por otros derroteros vinculados con su función primordial.
La agresividad humana destinada por la Naturaleza para defendernos de
las bestias y para la caza, al verse desprovista de propósito principal, se
centra en otros objetivos, no sin cierto descontrol y caos.
Las guerras ―manifestaciones de la locura humana― casi
siempre han sido a causa de la lucha por el territorio, muy vinculado con el
alimento, con el poder que garantiza el sustento y la riqueza.
Hace muchos siglos que los humanos dejamos de pelearnos con los
animales para sobrevivir, pero no hemos cesado de hacer guerras entre
nosotros, luchamos a muerte para conseguir el poder, no ya sobre los animales,
sino sobre los demás seres humanos, imponiendo la ley del más fuerte, en
definitiva la ley de la selva. Pulsaciones
agresivas que hoy nos avergüenzan y ya creemos erradicadas de nuestra
cultura, aunque, en mi opinión, todavía andan por nuestros interiores.
La ley del más fuerte continúa vigente en nuestra sociedad,
disimulada en nuestro modernismo.
Las diferentes formas de violencia que observamos en nuestra sociedad
son desviaciones de la función principal de un instinto básico destructivo
que, en su estado natural, acaba matando antes de que lleguen a viejos a la
mayoría de los seres vivos. A
excepción del hombre, la mayoría de seres vivos no llegan a viejos, pues se
los acaban comiendo sus particulares depredadores en cuanto empiezan a perder
sus defensas. De esta forma la
Naturaleza mantiene siempre jóvenes a sus criaturas.
Una terrible ley de vida que no conviene olvidar.
Necesitamos
recuperar la visión del instinto de muerte, aunque nos aterrorice, si
deseamos continuar adentrándonos en los misterios de nuestra naturaleza.
La muerte es la manifestación suprema de violencia, pues toda
violencia llevada hasta el final conduce a la muerte, es el definitivo acto de
violencia, aunque se muera en paz. La
muerte siempre sobreviene por una agresión.
Visto fríamente, morir comidos por un tigre es semejante a morir
comidos por los gusanos o por un virus que nos quita la vida, aunque para
nosotros no signifique lo mismo. La
muerte es el definitivo acto de violencia que nuestra bendita madre Naturaleza
depara a toda forma de vida. Lo
que llamamos una muerte natural es un acto tan agresivo para la vida como lo
es un asesinato, por mucho que a nosotros nos parezca diferente.
A pesar de que en muchos casos nuestra cultura diferencia la muerte de
la violencia, en realidad son la misma cosa, lo que damos en llamar violencia
es un proceso de muerte, inacabado en unos casos o terminado en otros.
Toda
muerte es una agresión a la vida, y toda forma de violencia es una aproximación
a la muerte. La violencia y la
muerte son dos consecuencias, dos manifestaciones de un mismo instinto que
porta toda forma de vida, el instinto de muerte.
Una fuerza destructiva que lucha contra otros instintos creadores de
vida ganado siempre la batalla.
Este
brutal instinto, hasta que mata a cada uno de los seres vivos, compite con el
instinto sexual. De hecho los dos
actúan en toda forma de vida y crean un asombroso juego de fuerzas opuestas:
un instinto dedicado a crear la vida y otro a fomentar la muerte.
Nuestra cultura a uno lo define como el bien y al otro lo define como
el mal. Freud ya nos indicó que
el juego de la vida en nuestro mundo se realizaba entre dos fuerzas: el
instinto de vida y el instinto de muerte, eros y tánatos; por un lado la vida
no cesa de crearse y de recrearse, y por otro lado la misma vida no cesa de
matarse. Pulsaciones de vida y
pulsaciones de muerte juegan constantemente con los seres vivos, un juego que
siempre tiene el mismo final para cada vida particular: será con un jaque
mate como la muerte ganará la partida a toda forma de vida.
El envejecimiento será el paciente asesino que concluirá la partida a
favor de una muerte que damos en llamar natural, cuando ésta no ha llegado
antes por otras causas que solemos llamar violentas.
El proceso del envejecimiento y las enfermedades provocan una
autodestrucción impulsada por el instinto de muerte, artífice del punto
final de toda forma de vida que se ha librado de ser destruida por otras
causas.
Es
muy importante para nuestro estudio tener una visión clara de este importante
instinto muy poco reconocido en nuestra cultura.
Se trata de una fuerza que nos induce a morir o a matar, a herir o a
enfermar, a envejecer y a morir. Es
una misma fuerza instintiva muy poderosa que nuestra cultura ha disimulado y
disgregado en diversidad de aspectos, probablemente por el terror que nos
produciría reconocerla integra, tal y como es.
Cuando, por ejemplo, diferenciamos una muerte violenta de otra que nos
parece que no lo es, es debido a conceptos culturales.
El instinto de muerte no hace distinciones, mata sin más, está
programado para matar. Es una
pulsación agresiva que atenta contra nuestras vidas, ya sea de una forma o de
otra, convirtiéndonos en víctimas mortales ya sea de una forma que nos
parezca violenta o no nos lo parezca.
Esta
visión general de la violencia nos va a servir para entender que, a pesar de
todo lo que estamos luchando los seres humanos evitar ser agredidos, a pesar
de haber aumentado la edad media vida, este importante instinto sigue haciendo
de las suyas en nosotros, matando a muchos miembros de nuestra especie antes
de lo que quisiéramos.
Aunque
ya no seamos perseguidos por fieras que nos consideren su comida, ni tengamos
enemigos mortales que atenten contra nuestra vida, y vivamos una paz social
envidiable, el número de fallecimientos en nuestras sociedades civilizadas,
antes de que la muerte por envejecimiento se produzca, continúa siendo
alarmante; no ya causados por animales agresivos ni por asesinatos o por
guerras, ahora son los accidentes o las nuevas enfermedades quienes los
provocan. Es como si tuviéramos
siempre que pagar una cuota de muerte anticipada a la vida aunque vivamos en
paz. El instinto de muerte,
cuando no te mata, te induce para que te mates; para muestra observemos como
realizamos hechos que perjudican nuestra salud con toda la naturalidad del
mundo, sin ser conscientes de que estamos atentando contra nuestra vida.
Hábitos perniciosos como el tabaquismo o el alcoholismo son claras
muestras del instinto autodestructivo. El
elevado número de suicidios delatan que la violencia autodestructiva continúa
en nuestras ejemplares sociedades. Y
en los accidentes laborales, de tráfico, o en los deportes de riesgo,
nuestros jóvenes encuentran la muerte o quedan inválidos de por vida como si
fueran víctimas de una guerra.
La
atracción por el riesgo de muerte que sienten los jóvenes viene impulsada
por el instinto violento, que, como todo instinto, en la juventud se
manifiesta con elevada fuerza vital. Una
elevada afluencia de bioenergía enerva todo organismo cuando se satisface un
instinto. El cuerpo humano se
llena de vitalidad cuando se satisface el instinto sexual o el instinto
violento; si el miedo o la educación no provoca una represión que bloquea el
fluir de energía, naturalmente.
Muy
pocas veces se habla de la muerte como una fuerza instintiva.
Nosotros vamos a hacerlo, pues es una forma de sintetizar las fuerzas
de nuestro lado oscuro que nos ayudará a comprender los hechos más
tenebrosos que nos vamos a encontrar en nuestro paseo por el interior de las
sectas. Sin entender que el
instinto de muerte es una fuerza más poderosa que los instintos que fomentan
la vida, nunca podríamos entender las barbaridades que suceden tanto en las
sectas como fuera de ellas, no podríamos entender las guerras ni los
suicidios colectivos. Por ello
habremos de realizar el esfuerzo extra de mirar aquello que no queremos ver,
aunque para ello tengamos que hacer de tripas corazón.
Al
hombre civilizado le cuesta reconocer que la violencia y la muerte son fuerzas
instintivas de todo ser vivo, en especial cuando nos referimos a nosotros, a
los seres humanos. Porque cuando
hablamos de la vida de los animales o de las bacterias podemos entender que la
violencia y la muerte sean parte esencial de su supervivencia.
Pero, cuando hablamos de nosotros, de nuestra vida, a la muerte ni la
vemos, o no queremos verla; y con la violencia nos sucede otro tanto.
Esta
actitud “civilizada” nos ha creado un gran problema, pues ―sin ánimo
de asustar a nadie―, tanto la violencia como la muerte, se rigen por
leyes naturales como las leyes físicas, son fuerzas instintivas.
Al negar su existencia en nosotros, al no querer ver esas fuerzas
naturales, las hemos arrojado a la inconsciencia, donde nos hemos creado un
terrorífico territorio oculto lleno de fuerzas destructivas y
autodestructivas que nos negamos a reconocer.
Son muy pocos los estudiosos de la mente humana que después de
penetrar en nuestro lado oscuro anuncian los horrores que han visto.
Prefieren dejarnos en la inopia antes de arriesgarse a que cunda el pánico.
Prefieren que sigamos preguntándonos el porqué de nuestras desdichas,
o echando las culpas de nuestros males a diestro y a siniestro, antes que
decirnos la oscura verdad de la naturaleza humana.
Sin
embargo, aunque nadie nos hable de nuestro principal mal intrínseco, lo
podemos ver sus manifestaciones. Por
ejemplo, las horas que un televidente medio se pasa al día viendo violencia
ya nos denuncia la existencia de un atractivo instinto destructivo en el
hombre. El instinto de muerte es
tan seductor como el instinto sexual, especialmente cuando dichos instintos
están reprimidos. No echemos la
culpa a las programaciones televisivas porque tengan excesivo terror o
violencia. Cuando en las
pantallas de televisión se proyectan tan gran número de películas violentas
es a causa de la demanda de la audiencia. Un
éxito cinematográfico o literario se debe habitualmente a que evoca aspectos
ocultos que bullen en el interior de las personas.
Nos fascina nuestra violencia interna.
Nuestro instinto de muerte, y el pánico que nos provoca, palpita ante
la escenificación cinematográfica de las fuerzas de nuestro lado oscuro.
En
nuestro estudio vamos a llamar a esas fuerzas las fuerzas del mal, las fuerzas
asesinas, las que nos llevan a la muerte; son los impulsos psicológicos que
no queremos ver, que censuramos. Donde
podemos incluir todo tipo de agresividad, de tendencias autodestructivas, de
atracción por la muerte, de instintos asesinos, etc.
No
vamos a detenernos a analizar minuciosamente cada uno de ellos, pues nos
desviaría demasiado de la meta que nos hemos propuesto en nuestro estudio.
Vamos a dedicar unos pocos capítulos a iluminar nuestro lado oscuro,
enfocando nuestra atención en nuestra sociedad, antes de continuar penetrando
en las sectas.
Ya
sabemos que toda fuerza humana, que no es reconocida por los seres humanos, se
proyecta con suma facilidad en las realidades virtuales espirituales.
Por lo que no nos costará deducir que las fuerzas del mal nos las
vamos a encontrar muy a menudo en los caminos espirituales, disfrazadas de lo
que caprichosamente haya querido vestirlas el inconsciente de los creyentes.
Actitud
camaleónica que no solamente atañe a las sectas, pues en nuestro mundo, en
especial en las sociedades desarrolladas, también gustamos vivir los
carnavales de la vida. Así que,
antes de criticar casa ajena, vamos a echar un vistazo a la nuestra.