ABRAZOS,
BESOS Y CARICIAS
El fluir de lo sagrado es un tipo de energía creativa que puede ser
utilizada para conseguir aquello que se desea.
La satisfacción de los deseos es uno de los mayores beneficios que de él
se esperan. La persona religiosa,
sabiendo esto, implora a los cielos en sus oraciones aquello que anhela.
La grandeza, el poder y la infinitud, experimentados en torno a los
dioses, propician la sensación de que no existen dificultades para conseguir
satisfacer nuestros deseos más insospechados.
Y en ocasiones estos deseos se consiguen, el poder de la fe unido al
poder de dios parece no tener límites. Si
revisamos la Historia veremos que del seno de la espiritualidad han emergido
toda una serie de sorprendentes fenómenos que cambiaron el curso de la
Historia. Las guerras santas son un
claro ejemplo ―y lamentable― de la utilización de la creatividad
sagrada al servicio de los deseos, violentos y conquistadores en este caso.
Los profesionales de la espiritualidad, sabiendo la mala fama que les ha
aportado la violenta utilización en el pasado del elixir sagrado, en la
actualidad se están esmerando en mejorar su imagen, acomodándola a los nuevos
aires pacifistas, y nos están proponiendo atractivos cambios en la utilización
de lo divino. Ahora, además de
poder cantar y bailar con los dioses, en éxtasis amorosos, envueltos por ese
amor, también podemos amarnos entre nosotros.
Un gran porcentaje de religiones y de sectas parece que se han puesto de
acuerdo en conseguir tan anhelado y difícil propósito.
En las congregaciones de los rituales religiosos se está poniendo de
moda darse la mano, abrazarse, besarse, e incluso acariciarse.
Todo dirigido a manifestar físicamente el perseguido y tan pocas veces
conseguido amor al prójimo.
Estas manifestaciones de amor y de cariño están produciendo un impacto
entre quienes las experimentan. No
estamos acostumbrados a semejantes muestras afectivas excepto con nuestros más
allegados. Y, en ocasiones, ni con
nuestros parientes más próximos las vivimos.
Por ello resulta impresionante, para la persona común, vivir esas
manifestaciones de cariño con personas que no pertenecen a su entorno familiar
o de amigos.
La
primera deducción lógica que se obtiene al vivir esas muestras de afectividad,
con personas prácticamente desconocidas, es el convencimiento de que en esa
religión, o comunidad sectaria, se está viviendo un auténtico amor fraterno.
La personas con carencias emocionales se sienten muy atraídas por tanta
efusión amorosa, esperando que van a encontrarse en un entorno de amor y de
comprensión; pero muy a menudo acaban desengañadas.
En las reuniones en hermandad, donde se experimenta lo sagrado, todas
esas muestras de afectividad surgen sin apenas dificultad entre personas
embriagadas por las benditas cualidades de lo divino.
Pero, cuando pasa la borrachera y todo vuelve a su estado normal, el
desengaño suele hacer acto de presencia. Cierto
es que existen comunidades donde sus miembros se unen como una piña, viven en
comunas, y son los unos para los otros como auténticos hermanos, (aunque pocos
se libran de las peleas entre ellos que cuestionan su fraternidad).
Pero en la mayoría de comunidades no sucede así, sus miembros se reúnen
unas pocas veces durante la semana, y los efusivos gestos amorosos no
transcienden más allá de sus reuniones. Aquellos
caminantes de lo esotérico novatos, que creían en la existencia de un amor
fraterno real, convencidos por tanta amorosa efusión física, pueden sentir
como un mazazo al comprobar que no es así.
Puertas afuera de los rituales de la comunidad las cosas continúan con
la fría convivencia típica de nuestra sociedad; y aquellos que se manifestaban
como auténticos amorosos hermanos en los rituales del templo o de la sala de
reuniones, en la calle no pasan de parientes lejanos que se preocupan muy poco
de cómo le va en la vida a aquél que acaban de abrazar efusivamente en la
fiesta espiritual.
Sin
embargo, aunque habitualmente esas muestras de cariño se den solamente de
puertas adentro, la utilización de ellas está teniendo un notable éxito.
La falta de amor en el mundo propicia que esas efusiones sean bien
recibidas por el público; aunque sean fingidas, terminan por ser uno de los
ingredientes más importantes para la captación de adeptos.
Es tal el éxito que los abrazos están alcanzando en la actualidad que
hay personas sumergidas en el mundo
de las sectas únicamente por el hecho de vivirlos.
A nadie le amarga el dulce acariciarse o el abrazo de varios minutos;
sobre todo si es con esa persona que nos resulta atractiva y con la que nos
gustaría hacerlo más intensamente en la intimidad.
No creo exagerar si afirmo que para una de las cosas que más han servido
las efusiones cariñosas “espirituales” ha sido para iniciar contactos más
materiales, romances que acabaron en relaciones de pareja.
En ocasiones resulta inevitable que los efluvios sexuales se mezclen con
los divinos cuando nos abrazamos a esa persona que nos resulta atractiva.
No
está nada mal que en el seno de la espiritualidad hagamos más el amor que la
guerra, aunque muy a menudo sea un amor fingido o vivido temporalmente.
Sea cual sea nuestra vivencia, siempre es conveniente reconocer que es
debido al elixir de santidad, propio de la atmósfera sagrada, vivido en los
rituales o en los cursillos espirituales, lo que nos hace sentir benditos los
abrazos, los besos y las caricias. Y
si este elixir no nos embriaga lo suficiente, todas esas muestras afectivas se
convierten en fríos rituales, en imposiciones costumbristas que no garantizan
lo que pretenden demostrar. Un
abrazo puede llenarte de amor, pero también puede no ser otra cosa que un apretón
físico, incluso desagradable. Sucede
igual que con la música sagrada que comentábamos en el anterior capítulo.
En cualquier cosa que nos ofrezcan como sagrada, lo sagrado habremos de
ponerlo siempre nosotros; no olvidemos que toda manifestación sagrada emerge de
nuestro interior. Tanto en una música
como en un abrazo, si deseamos que sean celestiales, lo celestial habremos de
ponerlo nosotros.
Necesitando
incluso realizar una criba de vivencias, pues lo divino, en los seres humanos,
suele presentarse unido a lo profano. Cuando
vivimos tal santidad en las reuniones espirituales, que nos hace sentir divinos
los abrazos, también podemos observar muy frecuentemente que nuestra percepción
corporal es muy selectiva. Como la
mayoría de nosotros estamos más a menudo en nuestro cuerpo que en los mundos
sutiles del espíritu, no podemos evitar sentirnos mejor o peor según nos
abrace una persona un otra. Esto
suele producir una rivalidad que crea sutiles envidias entre los cofrades o
sectarios: “A mi no me abrazas
tanto como a aquella persona. Esta
persona no me hace sentir lo mismo que aquella.
Tu abrazo da más lástima que amor.
Aquellas dos personas se ponen siempre juntas en las reuniones para darse
un apretón de espanto cuando llegue el momento de los abrazos”,
etc. Y no olvidemos los
ataques de celos que puede llegar a sentir uno de los miembros de una pareja
cuando observa al otro miembro abrazarse, a quien pudiera ser su rival, más
efusivamente de cómo mandan los cánones,
En
esta especie de competición afectiva, también hay personas que se sienten
menospreciadas por la mayoría en el ritual de los abrazos, ―suelen ser
las menos agraciadas― mientras que otras personas están muy solicitadas.
También hay líderes, como en toda competición.
Normalmente el liderazgo lo ostentan los propios líderes de la secta, su
abrazo es tan anhelado por todos sus seguidores que es frecuente tener que hacer
fila para conseguirlo. Porque
siempre se tratará de un abrazo divino, naturalmente.
LA
DROGADICCIÓN MÍSTICA
A los miembros de las sectas se les suele considerar adictos al fanatismo
de su credo particular, enfermos de una de las drogadicciones más perniciosas.
Creencia popular semejante a la que se tiene del consumo de las drogas
ilegales, mientras que las legales se consumen sin preocupación e incluso
apoyadas por la cultura del pueblo que las acoge.
Situación similar a la que padecen los adictos a los juegos de azar,
buscadores enfermizos de la buena suerte, que la sociedad compadece mientras por
otro lado les tienta con la publicidad que se hace de los sorteos de loterías
oficiales o apuestas deportivas.
En el mundo de la espiritualidad no es diferente: el consumo de las
ofertas sectarias se considera una perniciosa drogadicción, mientras el consumo
de las religiones oficiales no.
Si deseamos realizar un análisis serio sobre la adicción que se puede
dar en el mundo del espíritu, hemos de abandonar todo tipo de preferencias
culturales. Cuando se consigue
sortear los peligros que tanto abundan por los caminos espirituales, superar la
resistencia a evolucionar espiritualmente y el pánico a arrojarse al infinito
vacío celestial, la vivencia de lo sagrado implica en la mayoría de las
ocasiones un aumento del bienestar. La
paz que se puede llegar a sentir, cuando nos invade la presencia divina, es uno
de los mejores analgésicos existentes para contrarrestar los dolorosos trances
por los que puede transcurrir nuestra vida.
Cuando la santidad se siente en las venas, por haber entrado en contacto
con lo sagrado, una plenitud feliz invade al afortunado que consiguió probar
las mieles del cielo. A partir de
ahí, si la suerte se repite, tendremos a una persona adicta a las drogas
sagradas, adicta a los regalos de los dioses.
Los contrastes que
experimenta nuestro bienestar influyen de forma muy importante en nuestra vida.
La espiritualidad puede proporcionar tan importantes aportaciones a
nuestra felicidad que es muy fácil convertimos en adictos a una vía espiritual
si estamos viviendo en ella gozosas experiencias.
Está demostrado que nuestro cerebro sintetiza drogas en nuestros
momentos más felices, como por ejemplo durante un orgasmo, de ahí que la mayoría
seamos adictos al sexo. Las
endorfinas, opiáceos generados por nuestra glándula pituitaria, nos
emborrachan de bienestar cuando la felicidad nos envuelve.
Las diferentes experiencias de lo divino nos pueden embriagar de dicha y
engancharnos, son unas de las drogas más fuertes que puede disfrutar o padecer
―según se mire― el ser humano.
La
drogadicción espiritual, como la sexual, no tiene contraindicaciones biológicas;
es provocada por drogas que genera nuestro organismo de forma natural, no afecta
a nuestra salud sino es para mejorarla. Sin
embargo, como cuando se usan tóxicos, dependiendo de la dosis, existen peligros
para nuestra salud o nuestra vida, en este caso peligros psíquicos.
La drogadicción sexual puede convertirse en grave obsesión e impulsar a
cometer locuras, y con la drogadicción espiritual puede suceder lo mismo.
Si se llega a un elevado estado de embriaguez frecuentemente, el borracho
de dios puede actuar con un notable descontrol y caer en un irracional
fanatismo; puede convertirse en un defensor a ultranza de la fuente proveedora
de la droga mística, del cártel al que pertenezca; grupo de fanáticos que
puede entrar en guerra contra otros cárteles que, como mafias de lo sagrado,
quieren imponer por la fuerza su especial polvo blanco en el mercado espiritual.
Las
diferencias más notables entre la adicción sexual y la espiritual se basan en
el culto, en un caso es una adoración material y en el otro se trata de un
culto espiritual. La desinhibición
sexual de nuestra civilización propicia un exceso de fluidos eróticos en
muchas personas, que pueden acabar convertidas en fanáticas defensoras del
placer sexual, en adoradoras del cuerpo. El
culto al cuerpo está muy extendido hoy en día entre la población occidental.
Sin embargo, el exceso de las bebidas celestiales, propicia el culto al
espíritu, a los espíritus o a las deidades, y muy a menudo el menosprecio de
la vida. Recordemos el típico
rechazo del cuerpo como algo pecaminoso, los suicidios colectivos ―que
estudiaremos más adelante― y las guerras santas, que no cesamos de citar,
repletas de kamikazes suicidas.
Cuando
las endorfinas las genera el sexo, creemos que los goces provienen de nuestro
cuerpo o del cuerpo de la pareja que copula con nosotros.
La felicidad sexual es un goce corporal que puede prescindir de lo
espiritual. Sin embargo, los
placeres espirituales parecen no provenir del mundo físico, aunque la
drogadicción suceda en el cuerpo. Y
al no tener limitaciones físicas la sensación de su procedencia, los goces
espirituales cubren un abanico de matices y de calidades tan amplio que nos va a
resultar muy difícil llegar a alcanzar una idea aproximada de todos ellos.
Los diferentes elixires que pueden producirse en cada individuo sumido en
el seno de diferentes atmósferas sagradas son infinitos.
Cada gurú, cada ritual, cada secta o cada religión, produce un tipo de
elixir sagrado particular en cada individuo, como si de innumerables tipos de
drogas se tratara, provocando una gran cantidad de tipos de adicciones.
Las
propiedades analgésicas y relajantes de las drogas generadas por nuestro
organismo en las vivencias espirituales son indudables.
Los mártires sin ellas nunca hubieran podido permanecer impasibles, e
incluso felices, en las torturas que les tocó vivir; la sedante paz espiritual
no falta en cualquier atmósfera sagrada. Incluso
todo parece indicar que también somos capaces de generar alucinógenos en los
trances místicos, pues la percepción sufre muy a menudo notables cambios
cuando respiramos densas atmósferas sagradas, tan notables como que cada uno de
nuestros cinco sentidos físicos puede empezar a percibir “alucinaciones”,
como ya vimos en el capítulo sobre las percepciones extrasensoriales.
Exceptuando
las conexiones con dimensiones del mas allá infernales (pesadillas de todo
drogodependiente) y las terroríficas visiones apocalípticas, los contactos con
las glorias celestiales siempre son contactos felices, gozosos, llenos de dicha.
El alucinado que alcanza la realidad virtual espiritual en la que cree,
el sueño esotérico que le ha tocado en suerte soñar, puede percibir gloriosas
visiones celestiales que le llenarán de felicidad; también puede oír otros
dulces sonidos diferentes a los escuchados con nuestros oídos ―como ya
dijimos en el capítulo sobre la música y la danza―; también puede oler
el perfume de los ángeles, y creer que lo está oliendo con sus narices, sin
haber olor alguno en el ambiente que le rodea; y gustar las mieles del maná
celestial, sentir en su boca una dulce sensación, sin estar gustando pastel
alguno; así como también puede sentir sensaciones en su cuerpo venidas de otro
mundo, caricias divinas de sublime amor.
Entre las más notables diferencias que la drogadicción por endorfinas
tiene con la generada por sustancias preparadas, tenemos en primer lugar que
todavía no hemos sido capaces de fabricarlas, son drogas que no se pueden
ingerir ni inyectar en la sangre, las produce nuestro organismo; y, en segundo
lugar, todavía nadie ha conseguido controlar su elaboración en nuestro cuerpo.
Drogas que no se pueden comprar, y no hay forma alguna ―todavía―
de asegurarse su abastecimiento de por vida.
Por lo tanto, conviene dejar bien claro que toda persona enganchada a
este tipo de adicción tiene asegurado padecer, tarde o temprano, el síndrome
de abstinencia, pues no hay forma de asegurarse su abastecimiento de por vida.
Las
investigaciones farmacéuticas, a pesar de no cesar en su empeño por sintetizar
endorfinas, no lo han conseguido todavía.
Pero, aunque se consiguiera algún día, me temo que su dosificación y
la elección del tipo de droga nunca serían tan adecuadas ni tan naturales como
cuando se originan espontáneamente en cada persona.
Todo parece indicar que, en los casos en los que no se alcanza la
borrachera, el cerebro de cada individuo genera su propia droga, la adecuada
para su organismo, y habitualmente en la cantidad justa para aumentar
notablemente su grado de bienestar, y sin contraindicaciones biológicas.
Quien
prueba asiduamente las drogas de los cielos se convierte en un drogadicto de la
armonía feliz, muy difícil de sustituir con cualquier otro tipo de inyección
en nuestro cuerpo. Por ello, el
drogadicto de dios, se convierte en un buscador incansable de los camellos
venidos de arriba con la mercancía sagrada alucinógena, y no cesará de buscar
a los repartidores de la experiencia mística, a los maestros de los rituales
sagrados y de las creencias que harán segregar de su cerebro las sustancias de
la felicidad. Multitud de
mediadores aseguran repartir el sagrado polvo blanco de los cielos a diestro y a
siniestro, charlatanes en muchos casos que ofrecen lo sagrado mezclado con
venenos, sustancias divinas adulteradas con credos enfermizos, toxinas para el
alma, creencias de infelicidad.
Probablemente
sean los grandes gurús orientales en la actualidad los mejores proveedores de
experiencias divinas, son capaces de sintetizar atmósferas sagradas de una
pureza extraordinaria y de hacernos segregar como nadie endorfinas de felicidad.
Lástima que vayan acompañadas habitualmente de tóxicos para la mente,
de creencias extrañas e irracionales, del gran fraude espiritual.
Conseguir
que nuestro cerebro sintetice en su estado puro la droga que es capaz de generar
la divinidad del hombre, es un empeño todavía no logrado, pues siempre suele
ir acompañada de sustancias intelectuales dañinas para la salud mental.
Algo semejante a lo que sucede con la pura droga que es capaz de generar
nuestra sexualidad, delicia de placer tan a menudo intoxicada por anormalidades
psicológicas.
Uno
de mis empeños de estos últimos años de mi vida consiste en intentar generar
por mí mismo, en mi organismo, en mi cerebro, las drogas espirituales de la
felicidad, sin camellos ni traficantes ni intermediarios que tan caro nos las
hacen pagar; es decir, sin dioses ni gurús, sin ningún mediador que especule
con lo que es nuestro. Y sobre todo
sin sus doctrinas o creencias impuestas. Si
nosotros creamos a los dioses, y los dioses nos proporcionan las drogas
celestiales de la felicidad, resulta evidente que nosotros somos los únicos que
deberíamos de tener el control sobre estas drogas.
Las drogas divinas las genera nuestra propia divinidad, nuestro propio
organismo, nosotros.
Más
cuando somos creyentes no lo sentimos así, creemos que la felicidad nos viene
del cielo, convencidos por la fe. Una
sola vez que hayamos probado los elixires de la divinidad a través de la fe,
puede ser suficiente para continuar buscándolos de por vida por los territorios
virtuales espirituales.
Y
si se ha vivido durante tiempo borracho de elixires, cuando estos desaparecen,
uno puede convertiste en un consumidor de todo tipo de adulteraciones
espirituales, padeciendo una penosa situación semejante a la que padece el
drogodependiente típico, consumidor de tóxicos perniciosos para su salud por
no poder adquirir la droga pura.
Pues
conviene saber que la gracia de dios sobreviene muy a menudo como por arte de
magia, y desaparece también como por arte de magia.
Cuando perseguimos los goces divinos de los dioses, conviene no olvidar
que no tenemos garantizado su abastecimiento.
En toda búsqueda de dios hemos de tener presente que podemos llegar a
encontrarlo con la misma facilidad que podemos llegar a perderlo.
La experiencia divina es una de las más escurridizas que puede sentir el
ser humano.
Si estudiamos las vidas de los santos, observaremos las fluctuaciones del
fluir divino en sus vidas y todo lo que sufrían cuando padecían el mono de la
ausencia divina.
Aunque yo no soy un santo, en mi vida he sufrido muy a menudo el síndrome
de abstinencia, así como también lo he visto padecer a otras personas compañeras
de camino. No sé como será el
mono provocado por la ausencia de continuar inyectándose droga en el caso del
drogadicto de tóxicos, pero no creo que sea muy diferente.
Cuando viví la pérdida del amor de Cristo, allá por la juventud, padecí
un mono desesperante. Y durante el
resto de los años de mi vida, en mi recorrido por las sectas, esta situación
se ha ido repitiendo con sorprendente asiduidad.
Había temporadas que conseguía beber a raudales los elixires sagrados,
seguidas de otras temporadas de desasosegada y dolorosa abstinencia.
Y en la actualidad, habiéndome negado a seguir tomando toxinas
intelectuales ―dogmas de fe ya inaceptables para mi inteligencia―
apenas soy capaz de conseguir generar las drogas de la felicidad espiritual.
Y he de reconocer que la alegría y la paz interior se han reducido
notablemente en mi vida, aunque no hasta extremos desesperantes.
Parece ser que el drogarse, de forma natural o antinatural, es típico
del ser humano en su búsqueda de la felicidad.
Si yo nunca me decidí a ingerir sustancias fue porque mi débil
organismo apenas aguantaba la ingestión de droga alguna si resentirse
demasiado. Pero las generadas por
mi propio cerebro no me provocaban daños físicos, e incluso me sentaban bien,
así que me convertí en un en un adicto a ellas, experto en encontrarlas en
densas atmósferas sagradas.
Hoy puedo dar gracias que a mi cerebro no le dio por generar intensamente
alucinógenos, a pesar de haber estado inmerso en densas atmósferas sagradas
que sumían en profundos trances alucinatorios a otras personas, porque entonces
sí que hubiera tenido problemas más serios.
No voy a negar que he tenido sueños esotéricos en suaves trances
meditativos, pero siendo consciente en la mayoría de los casos de que eran sueños.
Algo que no siempre resulta fácil, porque todo creyente tiene cierta
predisposición a creer que son verdad.
Podemos
dudar de todo lo que vivimos por los caminos espirituales, de lo que creemos por
fe aunque no lo veamos, de los paraísos, de los infiernos, de los dioses y de
los demonios; pero cuando nos convertimos en videntes y “vemos” las
realidades virtuales espirituales, cuesta mucho creer que no son verdad.
Las creencias se han forjado de esta manera, así creamos a los dioses,
en borracheras alucinatorias; y creímos que el sagrado vino nos lo daban ellos,
los dioses, cuando en realidad se genera en nuestras propias glándulas.
Las bodegas de los divinos vinos están en nosotros, en nuestro cuerpo,
por mucho que las creamos ubicadas en los cielos y que los dioses tienen sus
llaves.
Es esencial comprender el fenómeno de la drogadicción mística para
entender como se crearon las realidades virtuales espirituales y a los
personajes que las pueblan. Las
impresiones extrasensoriales son muy fuertes bajo los efectos de las drogas,
(todo drogadicto de alucinógenos sabe lo intensas que pueden llegar a ser las
sensaciones o las alucinaciones). Y
si se repiten una y otra vez las mismas sensaciones o la misma videncia, el místico
acaba creyendo que su estado proviene de la aparición virtual, creencia que le
permitirá de ahora en adelante emborracharse con sólo invocarla mediante algún
ritual que le evoque la experiencia extrasensorial.
Ahora
podemos comprender mejor porqué las creencias se defienden con tanto ahínco,
pues de la fe depende el suministro de las drogas místicas.
En nuestra mente colectiva debe de estar tan grabado que las poderosas
drogas de la felicidad nos llegan del cielo, que, cuando dejamos de creer en
dios, lo tenemos muy crudo para acceder a ellas.
No parece haber otra forma de conseguirlas con frecuencia que a través
de la fe. Se echan en falta cuando
se decide dar el paso del agnosticismo o del ateísmo, a pesar de las
adulteraciones de insanas creencias que contienen, y de lo aleatorio de su
abastecimiento. Sería un gran
logro dar con la clave que nos permitiera sintetizar la poderosas drogas místicas
sin tóxicos credos.
Pero
todavía no lo hemos conseguido. Una
fría estadística actual nos mostraría que lo más frecuente es sentir esporádicamente
las vivencias divinas con cierta moderación en el seno de la fe, sin grandes
borracheras, en momentos que nos llenan de gozo y que desaparecen tarde o
temprano, sin provocar fuertes drogadicciones.
Muchas personas se conforman con eso y aseguran que dios no da para más,
que ellos están recibiendo lo máximo del cielo.
Pero si realizamos análisis comparativos en diferentes individuos
borrachos de dios, entre aquellos que se drogaron más de lo habitual,
observaremos que la divinidad da para mucho más y de infinidad de formas
diferentes. Las drogas divinas que
podemos generar nosotros mismos nos pueden otorgar multitud de estados felices.
En unos casos nos pueden dar más fortaleza, en otros más alegría, más
paz, más belleza, etc. Es una lástima
que todavía no se conozca método espiritual alguno que nos ofrezca todos los
beneficios que es capaz de darnos la nuestra divinidad.
Es obvio que hacen falta más investigadores al respecto, y, sobre todo,
hace falta una auténtica revolución espiritual.
LA
REVOLUCIÓN ESPIRITUAL
No creo equivocarme si me atrevo a afirmar que estamos comenzando a
vivir, en Occidente, una revolución en nuestra dimensión espiritual semejante
a las otras grandes revoluciones que cambiaron en pocas décadas nuestra
sociedad.
La proliferación de sectas en los países libres occidentales, a pesar
anunciarse a los cuatro vientos su peligrosidad, es una muestra del
inconformismo de una gran parte del pueblo con los poderes religiosos oficiales
o con el ateísmo que niega la existencia de todo lo sagrado.
Rebeldía popular que está creando una auténtica revolución en el
mundo del espíritu.
Derrocar a los viejos poderes espirituales es uno de los principales
fines de dicha sublevación. Destronar
a los tiranos dioses, que llevan milenios reinando en las almas de los hombres,
es una meta revolucionaria que poco a poco se está consiguiendo.
Pero,
como sucedió en otras de nuestras revoluciones, muchos de los dirigentes
revolucionarios están cayendo en la tentación de apropiarse de los poderes
usurpados, mientras que a sus seguidores los emborrachan con el vino encontrado
en las bodegas de los todopoderosos, elixires divinos, drogas celestiales
robadas a los dioses.
Muchos
de estos revolucionarios del alma se están convirtiendo en los nuevos tiranos
del espíritu, pues, aunque ahora apenas tiranicen a sus seguidores con el látigo
del castigo divino, ejercen el control utilizando las drogas divinas,
manteniendo enganchados a sus seguidores gracias al consumo de las mieles
celestiales cosechadas en los infinitos campos del cielo, goces prohibidos para
el pueblo desde hace miles de años.
Así
hemos vivido durante años muchos de nosotros esta nueva revolución, borrachos
de felicidad, enganchados a la droga diaria, sin vivir un auténtico despertar
revolucionario.
El
fin primordial de toda revolución no es el de suplantar a un tirano por otro,
sino el de entregar el poder al pueblo, a cada individuo, tal y como lo estamos
intentando hacer con la democracia en la dimensión de la política.
Pero para ello es necesario que las personas se crean que eso es posible.
Y si entregar al pueblo el poder político resultaba increíble hace unos
siglos, mucho menos creíble resulta en la actualidad entregar al pueblo el
poder religioso. Sin embargo, ese
es el propósito final de toda revolución.
Tarde o temprano serán usurpadas las riquezas a los todopoderosos
dioses, y el pueblo podrá hacer uso de ellas, sin condiciones y sin necesidad
de besarle los pies a nadie por ello. Pero
primero tendremos que comprender que la divinidad no es una exclusividad de los
dioses, sino de todo ser humano. Después
podremos aceptar a los auténticos revolucionarios espirituales, capaces de
robar la divinidad a los dioses y de entregársela al pueblo, a sus antiguos
propietarios; pues, al fin y al cabo, fueron nuestros antepasados quienes se la
dieron a los dioses.
Las revoluciones experimentadas en los niveles cultural, científico,
industrial, político y sexual, siguieron en sus principios una pautas
liberadoras con ciertas semejanzas a las que estamos viviendo en la actualidad
en nuestra dimensión espiritual. ¿Quién
se iba a imaginar hace unos siglos que la sexualidad iba ser disfrutada
libremente por cada individuo? ¿O
quién podía sospechar la abundancia y la libertad económica que hoy
disfrutamos? Los viejos temores que
vaticinaban el fracaso de nuestras revoluciones hoy nos resultan hasta
graciosos. Nos podemos reír de
aquellos vaticinios que nos pronosticaban que toda mujer liberada sexualmente se
iba a convertir en una prostituta, al igual que pensábamos que liberar nuestro
pensamiento político nos iba a mantener en una guerra constante con quienes no
pensaban igual, o que la revolución industrial nos iba a convertir en robots de
una sociedad dominada por la tecnología. Ninguno
de aquellos oscuros pronósticos se ha llegado a cumplir, y es de esperar que
tampoco se cumplan ninguno de los oscuros pronósticos vaticinados por los
detractores de esta nueva revolución humana.
Aunque, bien es cierto, que son de mayor magnitud las oscuras amenazas
pronosticadas en la dimensión del espíritu que las que se pronosticaron en las
otras revoluciones; pues tengamos en cuenta que no se tratan de amenazas
humanas, sino de amenazas divinas cargadas de pronósticos infernales, castigos
apocalípticos que caerán sobre los sacrílegos revolucionarios y sobre todo
aquel que se atreva a seguirlos.
Para que toda revolución progrese es necesario que los ejércitos de
revolucionarios superen el miedo a caer en combate.
Ahora bien, en esta revolución espiritual no se trata de superar el
miedo a perder el cuerpo, sino superar el miedo a perder el alma, cuestión que
nos puede llegar a aterrorizar mucho más de lo que pensamos.
De ahí que, probablemente, necesitemos de más tiempo que el que hemos
necesitado para concluir las otras revoluciones.
Y no sólo por los temores que hemos de superar, sino por la enorme
envergadura del cambio, pues recordemos que las propiedades divinas, que se
pretenderán sean asumidas en un futuro por los individuos, son de carácter
infinito, y las personas estamos más acostumbradas a asumir nuestras propias
limitaciones que a reconocernos seres de facultades ilimitadas.
Más el desánimo nunca hace presa en los revolucionarios.
Hace unas pocas décadas, el disfrute de la actividad sexual era algo
prohibitivo, un vicio pecaminoso e insano, una perniciosa adicción y a la vez
un placer reservado a unos pocos afortunados; hoy, el disfrute de la sexualidad,
es una saludable virtud, y la adicción al placer sexual se considera como algo
natural. La mayoría de los
individuos la consideramos algo propio que podemos utilizar libremente.
Es
de esperar que pronto nos suceda lo mismo con nuestra dimensión divina.
En mi opinión, la liberación de la espiritualidad sigue unas pautas
semejantes a la liberación sexual: Hoy se considera una perniciosa adicción
las asiduas prácticas o rituales destinados a gozar de las dichas espirituales
fuera de los contextos tradicionales. Los
perjuicios en torno a las novedades sectarias propician que muchas personas
rechacen las nuevas revoluciones espirituales y no lleguen a conocer sus
delicias. Como sucedió con el
sexo, los miedos y los tabúes nos impiden disfrutar de una importante dimensión
humana.
Tampoco
vamos a olvidar los errores propios que habitualmente se cometen en los inicios
de toda revolución, pues al igual que sucedió en los primeros tiempos de las
libertades sexuales, la libertad espiritual de nuestros días contiene las típicas
torpezas de los principios de una liberación prácticamente recién nacida.
La libertad religiosa ha propiciado la liberación del consumo de
diferentes métodos de estimular nuestra espiritualidad.
Pero, como sucedió con el sexo, su consumo se realiza como una ciega
drogadicción, atendiendo a los primarios instintos de búsqueda de la
felicidad, rompiendo los tabúes a golpe de vivencias, caminando en ocasiones a
ciegas, adoptando nuevas ideologías aperturistas pasionales contrarias a las
creencias tradicionales; más por estimular una revolución incipiente contra
los poderes espirituales establecidos que porque realmente sean unas ideologías
equilibradas del alma.
Estas nuevas ideologías espirituales suelen pecar de fanatismos
semejantes a los que padecen las antiguas creencias.
Todas compiten entre sí para intentar llevarse el premio de la razón
que apoye su nueva forma de ser feliz. Mas
las explicaciones de los divinos hechos, que se experimentan en su seno, se
continúan obteniendo a través de códigos de fe, sin apenas lógica alguna,
donde la razón brilla por su ausencia.
CON
O SIN RAZÓN
Uno de los impulsos que más estimulan el crecimiento de nuestros
conocimientos es el de la curiosidad por encontrar explicación a todo lo que
nos sucede y a todo lo que nos rodea. Nuestro
entendimiento ha ido creciendo a golpe de ir comprendiendo poco a poco lo que
nos resultaba incomprensible. La
evolución de las ciencias es el más claro ejemplo de este crecimiento, su ámbito
de estudio no cesa de crecer tanto en cantidad como en calidad.
Pero aun existen grandes terrenos inexplorados llenos de misterios, en
especial en la dimensión espiritual del hombre.
La psicología es una de las ciencias que más se atreve a sumergirse en
esas profundidades, sin encontrar en muchas ocasiones explicación a ciertos fenómenos
del alma humana, aunque poco a poco va robándole terreno a los misterios.
Intromisión nunca bien vista por los creyentes, pues de siempre han
estado convencidos de que la inteligencia humana nunca será capaz de entender
los misterios divinos.
Tanto es así que al buscador de caminos espirituales se le suele
aconsejar que deje en la cuneta su sabiduría si quiere llegar a alguna parte.
Los creyentes saben que para conseguir ciertas metas de elevada santidad
es necesario sumergirse en la ignorancia más absoluta, pues nuestro
entendimiento estorba más que otra cosa en nuestra ascensión a los cielos más
elevados. Una inteligencia formada
para desenvolvernos en este mundo, sirve de muy poco para movernos por el otro.
Las leyes que rigen la materia no funcionan en las dimensiones
espirituales. Y nuestra sabiduría
habitual se ha de volver ignorancia si deseamos llegar a conseguir el escondido
conocimiento. Es necesario vaciar
de viejos programas y de viejos datos el ordenador de nuestra mente para que los
nuevos ocupen su lugar.
Por
todo ello, en la mayoría de las sectas, vías espirituales o religiones, se nos
dice que en los mundos de dios el raciocinio nos sirve de muy poco, la lógica
no funciona como habitualmente la conocemos, y la explicación más usual de los
hechos divinos es: “misterio, hijo, misterio”.
Buscarles una explicación es un terrible pecado de soberbia.
La ignorancia siempre será una virtud indispensable para todo aquel que
desee progresar en el conocimiento espiritual.
Si no abandonamos nuestra erudición, no dejaremos espacio para que la
sabiduría divina deposite en nosotros las migajas del conocimiento sagrado que,
como regalo de los dioses, podemos llegar a alcanzar.
Todo
esto propicia que los intelectuales no seamos bien vistos en el mundo de las
sectas. Cuando uno está
acostumbrado a ir de listo por la vida le resulta muy difícil ir de tonto
aunque se lo proponga. Cuanto mayor
sea el saber que uno acumula, mayor esfuerzo habrá de realizar para vaciarse de
él. Esto lo saben los dirigentes
sectarios, y por ello exigen más que a nadie al intelectual que se vacíe de su
saber antes de enseñarle los conocimientos ocultos.
Para mí siempre resultó muy dura tal exigencia, y creo que nunca la
cumplí del todo. Para
conseguir mi empeño de aprender en las escuelas de lo oculto me convertí en un
experto en poner cara de tonto. En
muy poco tiempo terminaba por convencer de que estaba listo para recibir las
instrucciones, mi aspecto de ignorante, unido a las ganas que tenía de
aprender, convencía a los exigentes maestros.
Así fui acumulando conocimientos sin necesidad de tirar a la basura todo
mi saber. (También he de reconocer
que hubo algunos instructores esotéricos a los que no pude engañar, y a los
que abandoné, pues me exigían un duro proceso de desprogramación mental que
yo no estaba dispuesto a seguir).
De
todas formas, es hasta cierto punto comprensible que se pida el abandono del
discurrir al principiante. Hay que
tener en cuenta que los valores espirituales de cada secta, vía espiritual o
religión, son diferentes a los habituales.
Si recordamos lo expuesto en el capítulo de “La visión”, cuando
comentábamos que la visión del mundo no nos la dan nuestros ojos sino nuestro
cerebro, a través del programa cerebral de selección de preferencias, resulta
obvio que para entrar en otro mundo sólo es necesario cambiar dicho programa,
de esta forma tendremos otra visión del mundo, veremos otro mundo y, por lo
tanto, será en el que vivamos.
Cambiar
los códigos del programa cerebral no es nada fácil.
Y existe el tan cacareado riesgo de volverse loco, a causa del fuerte
cambio intelectual o del exceso de dosis de droga mística que puede desequilíbranos
psíquicamente. Aunque no es
frecuente que esto suceda, pues pocas personas pueden respirar grandes dosis de
atmósfera sagrada; la mayoría las toman en pequeñas cantidades.
No
se puede negar que cambiar los programas de selección de preferencias
cerebrales produzca una crisis en el individuo, pero la drogadicción mística,
en vez de empeorar la crisis de adaptación a las nuevas creencias, suele
incluso ayudar a superarla. (Algunos
estudiantes toman drogas en época de exámenes para ayudarse a realizar el
esfuerzo intelectual). La paz y la
armonía de toda atmósfera sagrada son ingredientes clave para concluir con éxito
el delicado cambio intelectual. La
drogadicción mística, si se lleva a cabo con cuidada dosificación, ayuda a
asentar el nuevo cambio intelectual en vez de perturbarlo.
Este es un proceso que las sectas llevan miles de años experimentando
con un alto porcentaje de éxito.
Existe un miedo exagerado a volverse loco.
El cambio de los programas cerebrales se suele hacer de forma muy
estudiada por las escuelas de lo espiritual, y nuestra resistencia a la locura
es mayor de lo que habitualmente se cree. El
tipo de locura que se le suele achacar al sectario viene más determinado porque
sus hábitos no son los habituales de nuestra sociedad que por un desequilibrio
de su mente diferente al de una persona normal.
Al miembro de las sectas típico se le llama loco porque sus locuras no
son las mismas que las aceptadas socialmente, pero no porque esté más loco que
los que estamos fuera de las sectas.
Cierto
es que el cambio del programa de selección de preferencias humano es un proceso
que necesita tiempo. Realizarlo
demasiado deprisa puede generar desequilibrios psíquicos.
Por ello las sectas suelen dar “tiempo” a los adeptos para que vayan
digiriendo los cambios. Tengamos en
cuenta que las creencias espirituales están muy arraigadas en nuestra mente,
son ancestrales creencias que pertenecen al inconsciente colectivo de la
sociedad en la que hemos crecido. Cambiarlas
puede llevarnos años, aunque pensemos que no creemos mucho en ellas.
No
existe un proceso de cambio típico, cada secta o cada religión, cuando capta
nuevos adeptos los adiestra a su manera. La
experiencia religiosa suele ser un factor importante para el cambio de creencia,
cuanto mayor sea el goce espiritual que vivan los nuevos seguidores, menor será
el poder de convencimiento que habrán de usar los instructores o sacerdotes
para seducir al primerizo. Cuanto más
elixires divinos droguen a los adeptos, más alegremente dejarán a un lado su
inteligencia para afrontar el nuevo cambio en sus vidas.
Aunque, como venimos diciendo, si tomamos excesiva dosis de droga mística,
la locura o el descontrol puede esperarnos a la vuelta de la esquina.
No
es fácil delimitar las fronteras de la locura, sobre todo en los caminos
espirituales. Todos sabemos que un
pequeño grado de “locuras” a nuestra vida le da cierto aliciente.
Y no por ello perdemos el entendimiento de forma absoluta, pues ―en
mi opinión― la razón es algo tan esencial de la mente humana que es
necesaria una gran locura para extirparla del todo.
El
proceso del cambio del programa cerebral de selección de preferencias se
realiza en un tiempo determinado, y, mientras dura ese proceso, la lógica puede
llegar a no funcionar con normalidad, la razón suele entrar en crisis, y
nuestra capacidad de discurrir puede permanecer mermada hasta que el nuevo
programa cerebral se asiente definitivamente en nuestras neuronas.
Después de que esto se haya completado, nuestra inteligencia, con un
nuevo programa de preferencias, volverá funcionar como lo hacía antes, o
incluso mejor si el cambio fue positivo. Pues
no vamos a negar que en el sistema cultural occidental existen conceptos
religiosos dignos de ser eliminados de los individuos.
Los
insistentes consejos que dan en el seno de las sectas para que abandonemos los
patrones de lo aprendido, en realidad, la mayoría de las veces, no van
destinados a fomentar nuestra ignorancia ni a mermar nuestra capacidad de
raciocinio, sino a invitarnos a cambiar las preferencias de nuestra vida.
Sin
embargo, esto puede no presentarse tal y como es.
La lógica puede llegar a ser desprestigiada brutalmente, y considerarse
nuestra capacidad de raciocinio poco más que un estorbo para la evolución
espiritual; lo que es un tremendo contrasentido.
Pues si al principio se le aconseja insistentemente al adepto
principiante que abandone toda lógica, después se le incitará para que vuelva
a usarla, pero utilizando los valores que ya habrá aprendido de cada secta en
particular.
Las
realidades virtuales espirituales no son otra cosa que sistemas lógicos donde
las entidades divinas, las fuerzas celestiales y nuestras almas, desarrollan sus
actividades. Son explicaciones
virtuales a lo que todavía no sabemos explicarnos de otra manera.
En los universos celestiales todo funciona con lógica, divina, pero lógica
al fin y al cabo. Lo que no tiene
explicación se explica por decreto divino.
En estos teatros particulares, de cada religión o secta, se enseña que
las razones de dios están muy por encima del razonar del hombre.
Pero el razonar, ya sea divino o humano, nunca se abandona a pesar de que
al estudiante se le aconseje no utilizar el raciocinio.
Cuando se desconocen las razones de las actuaciones divinas, se apela a
nuestra ignorancia para hacernos reconocer nuestra incapacidad para descubrir
las razones que dios tiene para actuar como actúa.
Pero la razón, ya sea conocida o desconocida, siempre reina en los
teatros de lo divino. Por ello,
cuando nos aconsejen abandonarla, hemos de recordar que lo único que pretenden
es que abandonemos nuestras razones para imponernos las suyas.
(Dejando bien claro que al decir esto no pretendo dar la razón a nadie
en particular).
Una persona que se haya sumergido en diversas creencias espirituales y
haya obtenido experiencias religiosas en cada una de ellas ―tal y como es
mi caso―, si hace uso de su razón, no podrá dar la razón en particular
a ninguna de las creencias en las que depositó su fe durante su vida; sin
embargo, reconocerá que cada una de ellas tiene sus razones para sustentar sus
creencias, y que resulta necesario reconocer esas razones para obtener los
resultados prácticos que otorga la experiencia de lo sagrado, para conseguir la
drogadicción mística particular que proporciona cada creencia y cada ritual.
Es
decir, un análisis como el que estamos realizando en este libro, donde
intentamos que la razón se imponga a base del discurrir del entendimiento, basándonos
en todos los conocimientos que poseemos sobre diversos caminos espirituales, es
una forma de razonar inteligente para quien desee obtener un conocimiento
intelectual general de estos temas; sin embargo, no es una sabia forma de
razonar si deseamos obtener el conocimiento de dios, ya que dios solamente se
revela (hasta ahora) a través de las realidades virtuales espirituales,
sistemas lógicos de valores esotéricos ―contradictorios entre sí la
mayoría de las veces― donde extrañas razones a la lógica, de un
conocimiento general intelectual, permiten obtener la vivencia de lo divino.
Mis
conocimientos sobre las sectas o religiones no me han permitido hasta ahora
alcanzar lo divino sin pasar por las condiciones que cada una de ellas imponen.
(Es de esperar que la revolución espiritual nos permita conseguirlo).
En el capítulo sobre los “intentos unificadores” hablamos de que,
por los caminos espirituales, se comentaba que en un futuro se impondrá una
religión universal consensuada entre las ya existentes, pero también
observamos que si ponemos sobre la mesa todas las condiciones que cada religión
o vía espiritual exige para llegar a su dios particular, con la esperanza de
que se trate de un dios único, veremos que no hay forma de conseguir vislumbrar
un camino consensuado, más aún, si encontramos alguno en el que coinciden
varias formas de fe, observaremos con asombro que unas nos aconsejan seguirlo en
una dirección para encontrar a dios, mientras otras nos aconsejan que caminemos
en dirección contraria.
No
hay forma de poner de acuerdo a esos sistemas lógicos, porque cada uno de ellos
posee una lógica aparte, un mundo virtual aparte, muy diferente a los demás.
Y, si hemos de ser fieles a los más elementales principios de la lógica,
obtendremos la conclusión de que esos sistemas de lógica espiritual, vistos
todos en conjunto, no guardan lógica alguna.
Cuando los estudiamos llegamos a conclusión de que son dioses y mundos
inventados, escenarios virtuales donde cada creyente escenifica su papel, para
al final de cada función recibir la satisfacción de la experiencia sagrada.
Da la sensación de que lo importante no es cómo esta hecha la realidad
virtual de cada religión o secta, sino su capacidad para producir la
experiencia sagrada. Podríamos
crear incesantemente mundos virtuales espirituales que nos permitieran obtener
la vivencia de lo sagrado, pero siempre tendríamos
que abandonar nuestros sistemas de valores conocidos y adoptar los suyos para
conseguir vivir las fantásticas vivencias espirituales que proporciona la
drogadicción mística.
Por
mucho que los intelectuales reivindiquemos nuestro derecho a vivir lo sagrado,
como cualquier otro ser humano menos aficionado a meterse en las profundidades
mentales en que nosotros nos metemos, todavía no existe método alguno que nos
acoja para hacernos llegar a la divinidad tal y como nosotros somos, partidarios
de la razón, científica, si es posible.
RELIGIÓN
O CIENCIA
Las razones científicas y las razones religiosas siempre han estado
enfrentadas. Si exceptuamos el
tremendo esfuerzo que Santo Tomás de Aquino hizo ―allá por el siglo
doce― por acercar a estas dos razones, bien podríamos decir que siempre
estuvieron muy alejadas la una de la otra.
Son lógicas creadas sobre unas bases muy diferentes.
Mientras las ciencias se basan en las observaciones y en las deducciones
lógicas obtenidas a través de nuestros cinco sentidos, las religiones se basan
en las revelaciones recibidas a través de las percepciones extrasensoriales.
Como no cesamos de aclarar, es el programa de selección de preferencias
de nuestro cerebro quien nos da una visión de una realidad u otra.
Nuestro entendimiento discurre por el sistema lógico que nuestro cerebro
nos crea combinando las preferencias que hayamos elegido.
Podemos crear tantos sistemas lógicos y visiones del mundo, de la vida,
de la realidad, como combinaciones de preferencias recibidas a través de
nuestras percepciones seamos capaces de elaborar.
A
pesar de que el hombre no ha dejado nunca de percibir a través de sus cinco
sentidos, el tipo de visión que más ha primado en la Humanidad a lo largo de
la Historia ha sido la visión religiosa. La
importancia de todo aquello que presumiblemente existe, aparte de lo que
percibimos por los sentidos, ha superado con creces a lo que nos entra por los
ojos o por los oídos. Pero, en los
últimos siglos de nuestra Historia, las ciencias le han ido comiendo el terreno
a la visión religiosa. La lógica
científica, empírica, matemática, basada en las percepciones físicas, ha
robado popularidad a las razones de fe religiosas.
Las
causas de semejante cambio no son totalmente nuevas, tienen cierta semejanza con
la pérdida de poder de algunas creencias a lo largo de la Historia.
En la antigüedad, cuando no se hizo uso de la fuerza bruta, muchos
dioses, con sus sofisticadas realidades virtuales espirituales, desaparecieron
por el simple hecho de que el pueblo los olvidó, porque las gentes se
aburrieron de ellos, o porque sencillamente fueron suplantados, derrocados, por
otros dioses más poderosos o más benefactores.
Yo
me atrevería a asegurar que el éxito popular de la visión científica no ha
sido propiciado por su elevado grado de realismo sobre las realidades
espirituales, sino por su mayor capacidad para realizar milagros y para
beneficiar con ellos al pueblo.
Los seres humanos no solemos elegir un tipo de visión de la vida u otro
porque sea el más próximo a la verdad, sino por su grado de efectividad.
La mayoría no prestamos excesiva atención al rigor de los
razonamientos, eso queda para los filósofos, nos suele dar igual que los
razonamientos sean correctos o incorrectos, lo que realmente nos importa es que
tengan resultados prácticos. Y las
ciencias nos han proporcionado milagros de tal magnitud que han superado en
mucho a los milagros religiosos; y, como consecuencia de ello, el pensar científico
va robándole terreno al pensar religioso.
Las
ciencias nos dan una sensación de realismo superior que las religiones a muchos
de nosotros por los fabulosos resultados prácticos que obtenemos de ellas;
pero, en su esencia, contienen tantas preguntas sin responder como las
religiones, o incluso más. Los
grandes misterios científicos son de un tamaño tan grande o más que los de
las religiones; con la diferencia que los místicos acostumbran a enseñar los
misterios divinos, mientras que las ciencias acostumbran a enseñar lo que han
llegado a comprender y a descubrir, y suelen ocultar lo que desconocen.
Lo
que más distingue a la realidad científica de la espiritual es su rigor matemático,
pero ese rigor no es absoluto, no se extiende por toda la realidad de nuestro
mundo, lo hace exclusivamente en ciertas áreas de estudio.
Cada una de las ciencias desarrolla su rigor científico a base de buscar
relaciones matemáticas entre diversos materiales de dichas áreas.
Pero, fuera de esas áreas, el misterio rodea a la realidad científica.
La verdad científica es exacta solamente en su territorio, por lo tanto
no es una verdad absoluta, es una verdad incompleta.
Su poder matemático reside en las científicas piezas ya descubiertas
del gran puzzle de la existencia, pero las ciencias todavía no han rellenado
muchos misteriosos huecos de piezas no encontradas.
Vacíos de misterio que muy a menudo bordean amenazantes los territorios
científicos, islas descubiertas en un mar de misterios, grandes edificios con
cimientos desconocidos.
La sólida materia, donde descansa nuestro mundo materialista, contiene multitud de matices ignorados para los científicos. Los terrenos científicos seguros pertenecen a las piezas del gran puzzle de nuestra existencia que ha conseguido reunir cada ciencia, mas sus bordes tocan lo desconocido. Y cuando nuevas piezas encontradas, por nuevos investigadores, continúan encajando en los ámbitos científicos y ensanchando su extensión, entonces aparecen nuevos bordes que continúan siendo un misterio. De tal forma que cuanto más ampliamos la superficie del saber del polígono de una ciencia, más ensanchamos el perímetro de su ignorancia.
Una gran esperanza científica radica en conseguir que las piezas, que ha conseguido reunir cada ciencia, lleguen a tocarse; y aumenten tanto su perímetro de contacto con el resto de las ciencias que lleguen a unirse todas, se rellenen los huecos que todavía quedan vacíos, y nos muestren el mapa completo de toda la realidad (suponiendo que ese mapa fuera esférico). Pero las ciencias guardan todavía grandes distancias entre sí. Además de que, para intentar recomponer el puzzle de nuestra realidad, necesitaremos tener al menos una remota idea de la imagen que tenemos que recomponer.
Cuando compramos un puzzle, adquirimos, aparte de las piezas, la imagen que tendremos que recomponer con ellas. Pero, para recomponer nuestra realidad, no tenemos ninguna imagen que nos dé una visión aproximada de lo que tenemos que componer. Nos falta el mapa general. Muy a menudo no sabemos dónde colocar las piezas que nos descubren los nuevos avances científicos.
En los comienzos de las ciencias, después de cada ¡eureka!, el entusiasmo cegaba a algunos científicos, suponían que lo descubierto era una importante pieza central del puzzle de nuestra realidad. El paso de los años, y nuevos descubrimientos, iban relegando aquellos deslumbrantes hallazgos a pequeñas piezas del puzzle general. Hoy en día, el científico es más cauto, y sospecha que el mapa completo de nuestra realidad es mucho más extenso y complejo de lo que antiguamente se pensaba.
Para que el cientificismo venza por completo a la religiosidad es necesario que encuentre el mapa general de nuestra realidad, algo que las religiones, o cualquier creencia esotérica, han proclamado conocer desde el confín de los tiempos. El descaro de los místicos a la hora de explicar cómo se realizó la creación, y cómo se sustenta, no tiene límites. En realidad, el descaro es de los dioses que así lo revelaron. Existen tantos mitos de creación del mundo, del universo y del hombre, como creencias existen. Cada dios creador nos dice que hizo todo de una manera y lo mantiene vivo a su manera, explicándonos su mapa particular de fuerzas esotéricas que sustentan nuestra realidad, por lo que tenemos tantos mapas de nuestra realidad como dioses creadores existen.
Contrario a lo que se pudiera pensar, las ciencias tampoco se han quedado cortas, a lo largo de la Historia, a la hora de esgrimir argumentos fundamentales sobre nuestra realidad tan gratuitos como los de las diferentes creencias. En especial, en los inicios de las ciencias, diferentes mapas generales de nuestra realidad fueron defendidos, y más tarde se comprobó que no eran correctos.
Esta es una de las virtudes de las ciencias, su capacidad para corregir. La palabra del científico no se parece en nada a la palabra de dios. El científico reconoce que se puede equivocar, dios no. La prepotencia divina, peculiar de los dioses, propicia que el creyente esté orgulloso de ellos; así como también propicia su ocaso, pues a medida que las ciencias van descubriendo la realidad, descubren a su vez la mentira y el engaño de los dioses. Algo que siempre ha mantenido en pie de guerra a estos dos grades adversarios.
Durante muchos siglos las religiones dominaron sobre las ciencias, y, después, especialmente en el mundo occidental, fueron las ciencias quienes dominaron sobre las religiones. Hace unos cuantos siglos ser científico podía suponer acabar en la hoguera, la investigación científica era un grave sacrilegio, el hombre no debía de atreverse estudiar la creación divina y poner en duda lo que dios había revelado a los hombres. Mas tarde, las perseguidas ciencias alcanzaron el poder y arremetieron contra las religiones. Su venganza fue terrible. En muchos países, apoyadas por el ateísmo, las ciencias arrinconaron a las religiones a pequeños reductos del ser humano. Negaron la existencia del dios que llevaba siglos reinando en nuestra civilización. Borraron del mapa científico al todopoderoso dios cristiano, creador de todas las cosas. Científicamente, dios no aparecía por ningún lado, por lo tanto no existía. En sus comienzos, las ciencias fueron estudiadas por una mayoría de individuos no creyentes que utilizaban a menudo sus descubrimientos para apoyar el ateísmo y atacar así a las religiones. Se llegó a creer que la victoria sobre la religión fue total, pero no fue así. Dieron por muerto a un enemigo al que todavía le quedaba mucha vida. Las creencias espirituales se atrincheraron en lo más profundo del ser humano, allí donde las ciencias no llegaban. Y hoy en día podemos observar como resurgen con fuerzas renovadas tanto en las religiones tradicionales como en las sectas.
Las ciencias celebraron demasiado a la ligera su victoria. Tan a la ligera que como se descuiden un poco pueden volver a ser derrotadas. La enorme proliferación de sectas y de creencias esotéricas en nuestra sociedad es señal de que nos espera una nueva ofensiva de creencias. En mi opinión esto ha sido debido a que los argumentos que la ciencia utilizó para atacar a la religión eran muy poco científicos. Estaban impulsados más por la venganza que por el riguroso minucioso estudio que debe de preceder a toda sentencia científica. Por ello urge iniciar un minucioso y profundo estudio del fenómeno religioso, al estilo científico, si queremos ver reforzada la razonable sabiduría del hombre y evitar regresar al oscuro pasado de las ciegas creencias. Nosotros lo estamos intentando en este libro.
Podemos aprovechar estos tiempos de pacifismo y de libertades en las sociedades occidentales, donde, por ahora, la convivencia pacífica entre estos dos grandes enemigos es prácticamente obligada. Ya nadie puede cortarle la cabeza a nadie porque crea en la ciencia o en la religión, las disputas se llevan a cabo intelectualmente, como lo hacen los políticos, en debates, que aunque puedan ser virulentos, también pueden ser fructíferos. El ateísmo científico ha llegado a reconocer que puede matar a dios, pero no puede matar la necesidad de divinidad que tiene el hombre; y las religiones reconocen que sus muchas verdades reveladas no son tan verdades. Incluso la persona religiosa que quiere maravillarse de la sabiduría divina en los descubrimientos científicos puede hacerlo, y la persona no creyente que desee estudiar el fenómeno religioso sin ver a dios por ninguna parte, también puede hacerlo. En nuestra sociedad occidental, las ciencias y las religiones conviven pacíficamente, aunque continúen siendo viejos oponentes y de vez en cuando se enseñen los dientes.
En los tiempos actuales, el pensamiento científico ya es patrimonio cultural del individuo medio, es parte de nuestra mente y de nuestra forma de pensar. A todos se nos enseña en las escuelas el método científico. Y, por otro lado, el viejo impulso religioso continua vigente en muchas personas, al que hay que sumar las nuevas tendencias espirituales o esotéricas. La religiosidad y la mentalidad científica han de convivir unidas queramos o no. Incluso se sospecha que puedan llegar a integrarse en un abrazo tan furibundos enemigos. Yo no oculto que albergo tal esperanza (en la ciencia ficción ya está sucediendo). Por mucho que se pronostique su imposibilidad y peligrosidad, intentar evitarlo sería retrasar lo que tarde o temprano tiene que ocurrir. La proliferación de sectas, en un mundo en el que reina el materialismo científico, es un síntoma de tal acercamiento. Y, a un nivel individual, muchas personas ―en las que me incluyo― viven en su interior este viejo conflicto entre religión y ciencia. Educado su intelecto para ser razonablemente científico, se han visto inmersas en una densa religiosidad, teniendo que soportar una dualidad en su interior tan en conflicto que muy a menudo han tenido que elegir a una tendencia y desechar la otra.
Las
ciencias, con su tremenda capacidad para realizar portentos, no son capaces de
llenar la dimensión espiritual humana. Algo
que es totalmente lógico, porque el sistema científico es materialista y todavía
no alcanza al espíritu. La
psicología es la única ciencia que se atreve a inmiscuirse en las dimensiones
espirituales. Es éste un
interesante punto de encuentro entre la ciencia y la espiritualidad.
Espero algún día cobre unas dimensiones mucho más importantes que las
que ahora tiene.
Hasta
ahora las ciencias no han sido capaces de saciar la sed de espiritualidad que
muchos seres humanos sentimos. Todos
aquellos que hemos decidido saciar la sed de nuestra alma, y somos admiradores
del rigor científico, hemos tenido que soportar la irracionalidad de los
diferentes caminos espirituales, hemos tenido que creer a ciegas para conseguir
un poco de agua celestial. Muchas
personas han decidido abandonar el rigor científico y sumergirse en la sin razón
de las realidades virtuales espirituales, mientras otros, como en mi caso,
continuamos negándonos a abandonar la lógica científica, a pesar de su
incapacidad para hacernos felices, y así nos mantenemos en el viejo conflicto
en la espera de algún día resolverlo.
Yo
apuesto por la fusión de estos dos grandes sistemas de pensamiento, aunque nos
lleve siglos; pues es algo que ya ha comenzado, las sectas tienen cantidad de
adeptos con rigurosa educación científica, y aunque a menudo su ciencia sea
derrotada por la creencia o viceversa, es inevitable que tarde o temprano se
vayan fundiendo. Este libro es un
intento de aproximación entre ciencia y fe, de hacer razonable lo irrazonable,
de reconciliar la fe con el intelecto, dentro de mis limitadas posibilidades
intelectuales, naturalmente. No me
puedo considerar una eminencia intelectual cuando me he pasado media vida
andando por caminos espirituales que me exigían dejar mi inteligencia en la
cuneta.
No
puedo disimular que sueño con que algún día encontremos un método científico
que nos permita vivir nuestra divinidad. Me
resisto a aceptar la imposibilidad de vivir la esencia sagrada sin abandonar la
inteligencia; aunque, hasta ahora, todo aquel que no abandona su razón y su lógica
apenas vive lo sagrado en una excelsa plenitud religiosa.
Esperemos que una revolución espiritual consiga otorgarnos a los
intelectuales la experiencia de lo divino sin necesidad de abandonar nuestra
adicción a hacer discurrir nuestro entendimiento.
CIENCIA-FICCIÓN
Y EXTRATERRESTRES
A pesar de que la fusión entre ciencia y religiosidad todavía no sea
posible en la realidad, en el mundo de la fantasía ―donde todo es
posible― las rigurosas ciencias pueden llegar a unirse con nuestras
inquietudes espirituales. En la
ciencia-ficción podemos imaginar grandes ilusiones científicas, deseadas o
temidas, a la vez que soñamos con grandes esperanzas espirituales.
Las obras de ciencia-ficción que alcanzaron un mayor éxito fueron las
que mejor escenificaron nuestras inquietudes interiores.
En un principio fue el miedo a la tecnología, o al mal uso de ella, lo
que llenó las páginas de las obras de ciencia-ficción; pero después fue
ganando terreno la victoria de los valores humanos al mando de sofisticadas
tecnologías de futuro. La ilusión
del poder del hombre sobre la máquina, del alma sobre la materia, y la
subordinación de la tecnología al servicio de los más altos valores humanos,
son sueños que nos permitimos hoy en día gozar en la ciencia-ficción.
Esta
nueva cultura científico-espiritual ha venido a llenar el hueco, en la dimensión
espiritual, en muchas de aquellas personas que abandonaron la religiosidad
tradicional. Gran parte del pueblo
ya no mira los designios de los profetas para prever el futuro de la Humanidad,
ahora es la ciencia-ficción quien muestra el destino del mundo en sus
diferentes versiones sobre el futuro, innumerables hipótesis fantásticas
basadas en probabilidades de acontecimientos científicos y espirituales.
La fantasía de la ciencia-ficción ha venido a sustituir en gran parte
de la población a la fantasía religiosa.
El hombre moderno es un gran consumidor de ciencia-ficción, ya sea en la
literatura o en la cinematografía. El
enorme progreso científico de las últimas décadas, y su gran influencia sobre
nuestras vidas, ha conseguido que se mire a la ciencia como un importante motor
de cambios futuros. La inmovilidad
de las tradicionales fuerzas religiosas, místicas o esotéricas, apenas puede
competir con el imparable crecimiento tecnológico.
Esto puede dar a entender que se está imponiendo un brutal materialismo
científico en la sociedad actual, pero, en mi opinión, nada más lejos de la
realidad. Aunque nos lleguemos a
sentir muy modernos porque hemos dejado en la cuneta a las viejas religiones, y
nos creamos muy alejados ya de ellas, en su esencia se están volviendo a
recrear precisamente en ilusiones de ciencia-ficción.
Si en este estudio estamos llegando a la conclusión de que las
realidades virtuales espirituales, donde se asientan las religiones, han sido
creadas por nuestros impulsos internos; cuando abandonamos una vieja religión,
sin ni siquiera haber reconocido los impulsos internos que la crearon, lo único
que conseguiremos, con toda probabilidad, es volver a crear otra nueva muy
parecida a la vieja.
Mientras no alcancemos un profundo conocimiento de nuestra totalidad,
todo parece indicar que lo más desconocido de nuestro inconsciente continuará
creando realidades virtuales espirituales.
El ateísmo científico que pareció iba a reinar en nuestro mundo no
cesa de perder poder. La mente
humana es capaz de crear esperanzas espirituales aun partiendo de la fría
realidad científica. En las
extensas lagunas de misterio de las ciencias, la mente espiritual es capaz de
anidar e incubar geniales creaciones de realidades virtuales espirituales.
La mayoría de los dioses y de las religiones dieron respuestas a las
grandes preguntas que siempre se ha hecho el ser humano.
La aparición de dioses creadores nos respondió a la pregunta de quién
o qué hizo el mundo y el universo. Pero
cuando las teorías evolucionistas empezaron a demostrar que todo lo que nos
rodea no fue creado por ninguna mano divina, la religiosidad tuvo que buscarse
nuevos argumentos para seguir creyendo en la
función creadora de sus dioses.
Las
ciencias no han cesado de minar la fe del creyente en los últimos siglos.
Pero el espíritu religioso es capaz de realizar portentosas creaciones
aun en los ámbitos que le son más hostiles.
Si bien es cierto que las ciencias minaron con su rigor matemático la
credibilidad en las viejas religiones, estas mismas ciencias han creado terrenos
donde se están asentando grandes circos del ilusionismo religioso.
El
sencillo cálculo de probabilidades astronómicas que nos muestra la gran
cantidad de planetas semejante al nuestro, que puede haber en el universo, nos
convence de que puede existir vida en otros planetas; en unos en un estado
primario, y en otros en un estado evolutivo superior al nuestro.
Este
sencillo cálculo le ha dado a nuestra mente religiosa una oportunidad
extraordinaria para crear realidades virtuales espirituales.
Igual que dios se generó en el pensamiento de que es imposible que todo
lo existente se haya hecho solo, estas nuevas creencias se justifican en el
hecho de que es imposible que estemos solos en el universo.
Nuestra capacidad creadora de fantasías virtuales tiene ahora en el
universo sobrados ingredientes para realizar sus creaciones.
Son millones y millones de mundos habitados los que puede haber en el
universo. Cualquier creación de un
mundo virtual puede caber en tan amplias expectativas.
Toda forma extraterrestre puede resultar creíble, nuestra imaginación
ha encontrado un filón sin fin, se pueden crear tantos mundos virtuales
extraterrestres como se desee.
El
fenómeno ovni, como toda realidad virtual espiritual, ha sido creado por
nuestros impulsos más profundos. Y
cuando esas pulsaciones psicológicas o espirituales cambian, si no se sellan
las creencias con férreos dogmas de fe, también cambiarán las características
de la realidad virtual espiritual en la que se crea.
Después de la segunda guerra mundial, cuando el terror todavía imperaba
en la mente de las gentes, los extraterrestres eran terroríficos; moldeados por
ese impulso interno dominante, venían a invadirnos, a destruir nuestro mundo.
La visión de los extraterrestres era espantosa, tanto como el espanto
que nos dejó en las venas la gran contienda bélica.
Pero cuando el miedo fue desapareciendo a lo largo de décadas de paz,
también fue desapareciendo el miedo a los extraterrestres, que acabaron siendo
tan feos como siempre pero mucho más bondadosos.
Incluso decididos a enseñarnos a evolucionar espiritualmente, profundo
anhelo de nuestro espíritu, también escenificado en la realidad virtual
espiritual ovni.
Resulta
sorprendente que haya sido la ciencia, vieja enemiga de la religiosidad, quien
haya plantado la semilla de la última gran religión universal en Occidente.
Los estudiosos del fenómeno religioso tienen una oportunidad
extraordinaria en la actualidad, en pocos años pueden observar como de la nada
surge una religión que se está extendiendo por toda nuestra civilización.
Es la realidad virtual espiritual más joven de nuestro tiempo.
Estudiándola podremos comprender cómo surgieron otras realidades
virtuales espirituales que gobernaron en amplias zonas del mundo en otras épocas.
La realidad del fenómeno ovni es semejante a la realidad del demonio o
de los ángeles, de los seres de la mitología griega o egipcia, de los entes
del espiritismo o de los innumerables dioses de la magia negra.
Y para quienes duden que estamos estudiando un fenómeno religioso, baste
observar la gran cantidad de puntos en común que el fenómeno ovni tiene con el
resto de religiones.
Toda
religión se considera el ombligo del mundo, y el creyente en ella la ve eterna
y origen de todas las cosas; y en las creencias extraterrestres no iba a ser
menos. Sus seguidores consideran
que las demás religiones no fueron sino desviaciones de la verdad
extraterrestre: Todos los fenómenos
paranormales de las otras religiones no fueron sino provocados por
extraterrestres, los ángeles son extraterrestres, la estrella de Belén fue una
nave extraterrestre, el profeta Elías se fue de este mundo en una nave
extraterrestre, todos los dioses mitológicos son extraterrestres, y los adornos
de los antiguos sumos sacerdotes y de sus dioses no son otra cosa que
sofisticados artilugios extraterrestres de tecnología muy avanzada, incluso los
sofisticados trajes de los mayas no dejan lugar a dudas de que son trajes
espaciales extraterrestres. Y así seguiríamos dando ejemplos de la enorme
capacidad de absorción que cada nueva religión tiene para absorber a las demás,
para demostrarse a su modo que el pasado histórico de la Humanidad fue
originado en su realidad virtual, en este caso extraterrestre.
El
fenómeno ovni ya se ha convertido en un fenómeno religioso de lo más normal.
Incluso su grado de desarrollo es ya tan elevado que ha empezado su
proceso de división. Sabemos que
las realidades virtuales espirituales, con sus dioses y demonios incluidos,
nacen, crecen, se reproducen y acaban muriendo.
Las creencias extraterrestres hace años que llegaron a ser adultas y ya
han iniciado su proceso reproductor diversificándose en varias vías
espirituales. Los videntes cósmicos
no cesan de descubrir nuevos mundos y nuevos personajes extraterrestres que se
dignan a ofrecer sus consejos a los ignorantes humanos y a convencernos de su
indispensable participación en la vida del universo.
Por lo tanto, no estamos hablando de una sola religión, son más bien
una amalgama de religiones con una misma base.
Como sucede en el cristianismo o en el budismo, el fenómeno ovni es la
base para multitud de creencias. Bajo
bandera extraterrestre existen multitud de religiones según el planeta con el
que se mantienen contactos o el gran gurú extraterrestre que le ha tocado en
suerte dirigir la vida de sus adeptos, infelices mortales terrestres.
Multitud de sectas se crean en torno a diferentes mundos extraterrestres,
las enseñanzas de más allá de las estrellas pueden ser tan variadas como
planetas con vidas más evolucionadas que la nuestra creamos que hay en el
universo. Y, como no tuvimos
dificultad en comunicarnos con los cielos para crear las religiones, ahora
tampoco tenemos ahora dificultad para comunicarnos con las más alejadas
galaxias.
El
fenómeno ovni se sustenta en los mismos fundamentos o percepciones paranormales
que lo hacen las religiones. La única
diferencia notable que se puede observar es que muchas de las viejas religiones
son creencias en hechos sucedidos en el pasado, y el fenómeno ovni es algo que
está sucediendo ahora; pero, si observamos el origen de esas religiones,
veremos que los hechos o vivencias que sucedieron en el pasado son muy
semejantes a lo que está sucediendo en la actualidad en torno al fenómeno
ovni.
Nuestros
intelectuales ni siquiera son conscientes en muchos casos de lo que está
sucediendo en torno al fenómeno ovni. Nuestra
ignorancia en torno a las pautas evolutivas del fenómeno religioso es enorme:
siglos y siglos de culturas impuestas por intereses de religiones en el poder
nos ha impedido ser objetivos a la hora estudiar aquello que lleva miles de años
gobernando sobre nosotros. Estamos
indefensos ante las sorprendentes evoluciones de la mente humana, religiosa en
este caso.
La
fascinante novedad del tema extraterrestre ha atraído a multitud de personas,
en especial a los jóvenes, sedientos de frescas creencias revolucionarias.
Pocos son conscientes de que esta nueva revolución cultural,
supuestamente venida de las estrellas, no viene de más allá de nuestra propia
mente. Las señales y las pruebas
de la existencia del fenómeno ovni, no son mayores que las pruebas y señales
que en los cielos se observaron en el pasado venidas de otras realidades
virtuales espirituales, de lo que nos quedó abundante constancia en las
diferentes historias sagradas. Los
llamados avistamientos, no son diferentes a las apariciones divinas, de ángeles
o de santos, o de la multitud de dioses o seres mitológicos; la única
diferencia es que ahora se aparecen en platillos volantes.
Los contactos con las apariciones son tan viejos como el mundo.
Incluso las aducciones fue algo típico en aquellos santos que fueron
elevados a los cielos para después ser traídos de regreso a la tierra.
Y no hablemos del morbo de los extraterrestres, cuando deciden copular
con nuestras mujeres terrícolas; las copulas de seres celestiales o infernales
con humanos también han sido siempre frecuentes en el pasado, y todavía se
producen casos en nuestro tiempo.
Como
podemos ver, del seno de la ciencia-ficción puede emerger modernas religiones
muy semejantes a las antiguas. Si
no deseamos caer en la religiosidad y disfrutar de la ciencia-ficción, es
necesario afinar el entendimiento para discernir cuándo estamos hablando de una
religión o de una creación fantasiosa literaria.
La línea entre ambas es apenas imperceptible, podemos cruzarla sin
darnos cuenta y meternos en una religión sin desearlo.
Para
que esto no suceda primero es necesario comprender por qué la ciencia-ficción
es terreno abonado para que de ella broten nuevas religiones.
La principal circunstancia que utiliza la mente humana para crear
realidades virtuales espirituales es la creencia popular de que cierta fantasía
pueda tener visos de realidad. Cuando
esto sucede en una cultura ya está plantada la principal semilla para que brote
una realidad virtual espiritual. Y,
en nuestra cultura, la ciencia-ficción es una fantasía a la que muy a menudo
se le atribuyen ciertos visos de realidad gracias a los ingredientes científicos
que sazonan estas modernas creaciones literarias.
Las verdades científicas son utilizadas descaradamente para dar realismo
a una ficción. Para evitar que la
mente humana siga creando realidades virtuales espirituales es necesario separar
la ficción de la realidad, dos conceptos irreconciliables que siempre ha
gustado mezclar a los creadores de fantasías literarias para dar una cierta
categoría de realismo a sus obras. Cualquier
caprichosa mezcla de realidad con la ficción a un nivel popular conlleva el
peligro de convertirse en una realidad virtual espiritual, en una creencia.
Y
el concepto de ciencia-ficción ya nos anuncia descaradamente la unión de la
realidad, científica en este caso, con la fantasía.
Algo que a poco que nos paremos a pensar es insostenible, imposible de
conseguir; porque, si una obra literaria es de ficción, no puede ser científica;
y, si es científica, no puede ser una fantasía.
La ciencia es todo lo opuesto a la fantasía, por lo tanto, una obra de
ciencia-ficción es una pura fantasía; en la ciencia no cabe la ficción.
En cuanto la fantasía penetra en la ciencia, ésta deja de ser ciencia.
La justificación de llamar a estas creaciones literarias con un título
tan contradictorio, supongo que vendrá porque muchas de ellas están basadas en
las expectativas de futuro que nos pueden deparar las investigaciones científicas.
Pero aun así hemos de tener claro que siempre se tratará de ficciones
de futuro. Vamos a dejar a la
ciencia en el lugar que le corresponde y a la fantasía donde ha estado siempre.
No es honesto utilizar la ciencia para dar seriedad a una obra de fantasía,
ni para intentar dar realismo a las fantásticas realidades virtuales
espirituales.
El
hecho de que sea imposible una alta culturización popular científica, debido a
tremendo esfuerzo intelectual que ello supondría a la mayoría de las gentes,
propicia que la mayoría de las personas sean incapaces de distinguir la ciencia
de la ficción. Esto lo saben los
dirigentes de las sectas, y lo aprovechan siempre que pueden.
No es infrecuente encontrarnos en sus folletos explicativos, o en sus
discursos, aquellos argumentos científicos con los que pretenden reforzar sus
doctrinas y darles cierto apoyo racional a sus
irracionales creencias.
Los
científicos que se pasan media vida investigando, devanándose los sesos en los
laboratorios, no salen de su asombro cuando, después de publicar sus últimos
descubrimientos, al poco tiempo les llega la noticia de que su trabajo está
siendo utilizado para reforzar ―sin justificación científica
alguna― las más extrañas creencias esotéricas.
Esto
no es jugar limpio, es otra de las facetas que puede adoptar el gran fraude
espiritual. Es una descarada forma
de aprovecharse de la ignorancia científica del pueblo.
Es aconsejable desconfiar de los argumentos científicos con los que se
pretende reforzar las creencias. Cuando
la ciencia entre en una creencia, está dejará de ser una doctrina, se
convertirá en una ciencia conducida por científicos, y dejará de ser una fe
encauzada por predicadores.
Resumiendo:
cuando observemos que se intentan mezclar a las ciencias con las creencias, con
los fenómenos esotéricos ―incluidos los ovnis―, o con cualquier
tipo de ficción, es conveniente reconocer que ese tipo de mezclas no se pueden
dar nunca, por lo que es recomendable desecharlas, o sencillamente considerarlas
lo que son: fantasías, creaciones de nuestra mente fantástica.
Y
al decir esto no quiero quitar importancia a capacidad de disfrutar de la fantasía
que tenemos los seres humanos. No
hay por qué avergonzarse de fantasear, nuestra imaginación puede realizar
creaciones extraordinarias, los misterios de nuestro mundo dan todavía para
muchas fantasías; lo que es inadmisible es considerarlas reales o pretender
convertirlas en ciencia. Podemos
incluso disfrutar de ellas, siempre sabiendo que se trata de ficciones.
Cuando hemos comprendido que nunca pueden unirse la ficción con la
ciencia, podemos disfrutar de ambas sin graves equívocos.
Las
fantasías nos permiten obtener vivencias imposibles de conseguir de otra
manera. La imaginación del hombre
puede crear mundos fabulosos con los que podemos soñar, la ficción nos puede
hacer gozar de dimensiones ocultas en nuestro interior; no veo por qué no
podemos disfrutar de ello siempre que sepamos que se trata de una fantasía.
La gran mentira de las fantásticas realidades virtuales espirituales es
que se presentan como reales, si los creyentes en ellas las viesen como fantasías
de la mente humana no esconderían los graves peligros de fanatismo que
esconden. En toda fantasía se
pueden mostrar el bien y el mal humano, los impulsos creadores y destructores
del hombre. En la ficción podemos
observar nuestros impulsos más ancestrales e incluso vivirlos sin temor cuando
somos conscientes que los estamos evocando utilizando la imaginación.
Los
grandes éxitos literarios y cinematográficos de ciencia-ficción o de
cualquier otro tipo de fantasía han sido aquellos que mejor nos mostraron
nuestros grandes temores y esperanzas. En
este capítulo estamos denunciado el peligro y el engaño que en el mundo de las
sectas podemos padecer respecto a la ciencia-ficción, y en especial respecto al
fenómeno ovni. Pero la mayoría de
las personas sabemos que cuando estamos contemplando una película de
ciencia-ficción estamos viendo una fantasía.
La mayoría de los espectadores de E.T. o de la Guerra de las galaxias
sabíamos que se trataban de fantasías. Aunque
podamos observar a extraterrestres genialmente escenificados en la pantalla, no
creemos que existan, sabemos que se trata de ficción.
Lo que no nos impide vivir los sentimientos que nos evocan, emociones que
surgen de nuestras profundidades.
La
trama principal de los grandes éxitos de ficción gira en torno a la lucha
entre el bien y
el mal que padecemos los humanos desde nuestros orígenes.
En toda realidad virtual espiritual también esta ancestral lucha se
escenifica, con la diferencia de que los creyentes creen que los actores que la
representan son reales.
Los
millones de espectadores de la Guerra de las galaxias pudimos sentir vibrar
nuestras propias pulsaciones internas, sin necesidad de creer que los personajes
de la película eran reales. La
fantasía fue capaz de hacernos sentir a muchos de nosotros, miembros de una
civilización tan fervorosa del todopoderoso dios, que éramos capaces de sentir
como nuestro el poder de una fuerza divina sin dios alguno de por medio.
Pudimos soñar vencer al mal sin ayuda de ningún dios.
Fue un paso para empezar a asumir que la divinidad que proyectamos en los
dioses es nuestra. Aquella trilogía
cinematográfica también nos enseñó que podríamos seguir el camino del
reverso de la fuerza, y vivir en sintonía con un poderoso mal sin demonios de
por medio. Fue otro paso para
empezar a asumir que el mal que proyectamos en los demonios también es nuestro.
Vamos
a soñar despiertos, evocando el gozoso final de aquellas obras de fantasía en
las que el mal vence al bien, mientras continuamos caminando en nuestro paseo
por el interior de las sectas, penetrando poco a poco en nuestro lado oscuro.
¡Que la fuerza nos acompañe!
LAS INICIACIONES
Sin riesgo a equivocarnos, podríamos decir que las iniciaciones son los rituales más importantes del mundo de las sectas. En ellos se condensa lo más exquisito y poderoso de la atmósfera sagrada que los dirigentes, los grupos o las religiones, son capaces de generar. Habitualmente provoca en el acólito un impacto emocional causado por algún tipo de percepción extrasensorial, aunque en muchos casos se llegan a realizar rituales de iniciación que son meros formalismos sin apenas vivencias extraordinarias. Lo más habitual es que en tan importantes rituales se provoque la videncia gracias a la borrachera mística, y se inicie al discípulo en la maestría de contactar con las realidades virtuales espirituales ―en las que se crea― y en sus personajes.
Las iniciaciones son tan viejas como el mundo. En las tribus son los rituales de iniciación los que marcan las diferencias entre sus miembros. Es a través de un ritual cómo el niño se convierte en hombre, y cómo el hombre se convierte en cazador o en guerrero. Hasta que nuestra civilización no separó el sexo y la violencia de lo sagrado, nuestros antiguos ―y en actuales tribus sin civilizar― incluían en sus iniciaciones religiosas tanto a la sexualidad como a la violencia, dos importantes pulsaciones en todo ser vivo, en las que los seres humanos podemos ser iniciados. Aunque, si no tenemos maestros que nos inicien en esas lides, nosotros solitos nos iniciamos de todas maneras. Nuestras primeras vivencias sexuales ―por ejemplo― marcan nuestras preferencias en la búsqueda del placer. Y las iniciaciones espirituales marcan el futuro por donde vamos a caminar espiritualmente en la vida. Esto nos puede dar una idea de la importancia de las iniciaciones en la vida espiritual del hombre. Una fantasía sexual vivida en los inicios del despertar de la sexualidad, será una fantasía que nos proporcionará una intensa vivencia durante toda nuestra vida. Y una fantasía espiritual, como puede ser sentir la presencia de un dios y su realidad virtual particular, vivida en los inicios del despertar de la conciencia a la divinidad, será una fantasía que nos proporcionará vivencias espirituales de por vida.
Para que nos hagamos una idea de la importancia de las iniciaciones y del elevado grado de adicción que generan, no tenemos nada más que observar nuestro grado de adicción al tipo de sexualidad en el que nos iniciamos en la adolescencia, y lo difícil que resulta cambiar ese costumbrismo por otro.
En nuestra civilización, con todo lo listos que somos, y a pesar de la importancia de este proceso adictivo, apenas se estudian las iniciaciones espirituales y sus consecuencias. Conocemos la inmensa cantidad de fantasías sexuales que pueden vivir las personas, pero no tenemos ni idea de la inmensa cantidad de fantasías espirituales que vive y puede llegar a vivir el ser humano. Sabemos casi todo sobre la iniciación de nuestra sexualidad, pero no sabemos apenas nada sobre la iniciación de nuestra divinidad. Y esta ignorancia la llevamos pagando muy cara a lo largo de toda nuestra Historia.
La libertad religiosa no nos ha aportado progreso al respecto, las gentes se inician en las vivencias de la divinidad tal y como lo hemos hecho siempre, por dogmático decreto divino, sin permitir que la razón aporte la inteligencia necesaria para empezar a cambiar las cosas.
La proliferación de sectas en
Occidente únicamente nos ha aportado una gran variedad de iniciaciones en las
vivencias de la divinidad.
Es inmensa la diversidad de rituales que podemos llegar a conocer hoy en
día, iniciaciones en la adicción de las fantasías esotéricas o sencillamente
espirituales. Cada secta, religión,
gurú o chamán, tiene las suyas totalmente diferentes de las demás.
Incluso un mismo ritual de iniciación, como puede ser el bautismo,
difiere tremendamente según sea tratado por una religión u otra, por una secta
u otra. Tan notable es la
diversidad de iniciaciones existentes que muy a menudo se utilizan otros
calificativos, para denominar los rituales iniciáticos, con la intención de
diferenciarlos de los demás. Sesión
de apertura de la mente, tomar el conocimiento supremo, abrir los chacras, tomar
los sacramentos, apertura del tercer ojo, recibir al espíritu santo, despertar
de la conciencia..., son otras formas de llamar a las iniciaciones.
En
la mayoría de los casos, cada iniciación da paso a un tiempo de experimentación
posterior. El discípulo deberá de
ir desarrollando su espiritualidad con la herramienta que se le ha dado, o
caminando en la nueva vía espiritual que se le ha abierto.
Y transcurrido ese tiempo, ya madurada la enseñanza esotérica, se suele
dar paso a una nueva iniciación.
Existen
iniciaciones que sólo se dan una sola vez en la vida.
Volvemos a poner de ejemplo al bautismo; aunque sabemos que podemos
bautizarnos tantas veces como queramos con solamente cambiarnos de religión o
secta cristiana, porque cada una de ellas anula los bautismos anteriores.
Hay
vías espirituales que representan los pasos que se dan en las iniciaciones
mediante cámaras. A medida que el
acólito avanza en su evolución espiritual, cada iniciación le hará pasar a
una nueva cámara, y así progresará durante su vida, yendo de habitación en
habitación, hasta llegar a las más recónditas profundidades donde se
encuentran las cámaras más secretas de las enseñanzas esotéricas, donde se
escenifican las realidades virtuales espirituales más profundas.
Habitaciones virtuales repletas de deidades y de fuerzas, envidia de los
más sofisticados vídeo juegos informáticos, donde el estudiante deberá de vérselas
con las representaciones del mal, aunque no le faltará para ello la ayuda de
las representaciones de las fuerzas del bien.
Si
la vía es afiliada al chamanismo, el aprendiz de brujo penetrará en los
escenarios animistas ayudándose a menudo con alucinógenos.
Si la vía es afiliada al yoga, al estudiante se le darán las secretas técnicas
yoguis que deberá de utilizar a lo largo de su vida para crecer interiormente.
Si se trata de una religión más basada en las creencias que en las
vivencias, se recibirán las iniciaciones como supuestas gracias divinas que
presumiblemente ayudaran en el caminar por la vida, aunque para creérselo haga
falta tener bastante fe.
Los
elegidos para ser iniciados pueden ser aquellos que les corresponde por la edad,
por sus méritos, o, sencillamente, porque el iniciador ya las considera
preparadas para alcanzar el estado propicio para recibir las buenas nuevas.
Porque
hemos de tener en cuenta que para toda iniciación hacen falta la persona que
vaya a ser iniciada y un iniciador. Los
iniciadores pueden ser los dirigentes de la secta, o aquellos a quienes ellos
hayan designado como sus representantes; pueden ser los sacerdotes de la religión,
o en muchos casos grandes mediadores ya muertos que desde el otro mundo tienen
la bondad de arrimarse por aquí y derramar sus gracias sobre los pobres
mortales.
El
iniciador mortal no suele darse todo el mérito de las gracias derramadas en el
ritual, casi siempre se presentará como gran benefactor de la iniciación al
espíritu santo, al dios supremo o a la energía sagrada que se utilice.
Son
tan importantes las iniciaciones en las vías espirituales que el conocimiento
que enseñan se suele considerar absoluto, el regalo más exquisito de los
dioses, “único”. Por lo que,
siguiendo con nuestro empeño en desmitificar exclusivismos, aconsejamos a todos
los viandantes sectarios tomar iniciaciones en más de una vía espiritual.
No para acumular medallas, como hacen algunos, y acabar poseyendo un
importante curriculum espiritual para después venderse al público, sino para
realizar un interesante análisis comparativo entre diferentes iniciaciones.
Así se descubre que ese conocimiento iniciático, aunque se enseñe como
definitivo y absoluto, es un conocimiento parcial e incompleto, que solamente
suele asomarnos a una parte de nuestro interior, mostrarnos una cara de la
divinidad o asomarnos a una de tantas realidades virtuales espirituales.
Creerse
la exclusiva divinidad de las iniciaciones viene en unos casos apoyado por la
tradición, y en otros, especialmente en las sectas, porque en los rituales de
iniciación se consiguen atmósferas sagradas especialmente densas, lo que da
una exclusiva credibilidad a las fantasías.
En mi opinión son los gurús orientales quienes, al ser expertos en
manejar la atmósfera sagrada, más impacto causan en sus adeptos cuando los
inician en sus especiales rituales de meditación o en cualquier otro ritual
esotérico.
No
voy a negar la importancia que en mi vida han tenido y siguen teniendo las
iniciaciones que he recibido en mi caminar por el interior de las sectas.
Emocionalmente, algunas apenas me despertaron sentimientos especiales,
sin embargo, otras me despertaron tanto amor que las lagrimas no cesaban de caer
por mis mejillas. Otras se me
concedieron como dulces regalos en el caminar espiritual, y otras me fueron
dadas como condecoraciones o títulos sin mas importancia.
Y respecto a aquellas que me hicieron percibir lo extrasensorial, nunca
les presté gran interés, aunque las percepciones extrasensoriales me indujeran
sueños esotéricos con cierto grado de realidad.
Si una divinidad se presentaba en mi mente, para derramar sobre mí sus
gracias, lo disfrutaba; pero, como sabía que esas representaciones varían según
las creencias, tarde o temprano la falta de fe terminaba por borrarme la gozosa
imagen de la conciencia.
No
voy a ocultar que ―como casi todos los caminantes sectarios― busqué
en las iniciaciones tesoros preciosos, grandes descubrimientos espirituales,
pues anhelaba que me enseñaran a andar por los cielos.
Hubo ocasiones que imploré alguna que otra iniciación que se me
antojaba o intuía llena de gracia divina.
Aunque
en estos últimos años de mi vida haya despachado a todos los dioses de mi
conciencia, incluso al dios infinito, no puedo negar que continúo utilizando
esporádicamente, cuando el cuerpo o el alma me lo pide, algunas de las técnicas
o recursos iniciáticos que aprendí para potenciar la divinidad que todo ser
humano puede vivir; pero sin
necesidad de creerme los dogmas que envuelven a toda iniciación.
Si hoy en día sabemos que la lluvia no nos la proporcionan los dioses, y
la recibimos como quien oye llover, dando gracias porque debido a ella nuestras
tierras puede llenarse de vida; realizando un tremendo esfuerzo por intentar
dejar de ser prehistórico, permito que la gracia divina caiga sobre mí sin
pensar en que sea un regalo de los dioses.
No sé de dónde viene, pero, no por ello voy a inventarme su
procedencia, por muchas ganas que me vengan de imaginarme a una santa divinidad
volcando su cuenco de gracias sobre mí. Me
siento agradecido por la calidad que la divinidad da a mi vida, pero hasta que
no sepamos a ciencia cierta de dónde viene o cómo se genera en nosotros, me
limitaré a disfrutarla.
Las iniciaciones que he recibido han marcado mis hábitos de vivir lo
sagrado. En cada iniciación se me
concedió un rumbo a seguir hacia el bienestar interior.
Doy gracias por todas ellas a los iniciadores que me las dieron, porque
cambiaron mi vida en un sentido positivo, me hicieron más feliz y me siguen
proporcionando bienestar. Ya su vez
pido disculpas por no creerme casi nada de todo lo que sobre ellas me dijeron.
Las herramientas, aunque sagradas, para mí son solamente eso:
herramientas. Brújulas que
siguiendo su dirección marcaron el rumbo de mi vida.
Las
iniciaciones son unos de los más importantes indicadores del rumbo en los
caminares espirituales, pero hay otros más.
LOS
INDICADORES DEL RUMBO
El desprestigio que la razón tiene en la mayoría de los caminos
espirituales no es impuesto exclusivamente por parte de las sectas o religiones.
El adepto principiante suele abandonar su capacidad de raciocinio sin
oponer gran resistencia, no es necesario insistirle demasiado, ya que le supone
un gran esfuerzo intelectual usar la lógica en el nuevo mundo en el que se ha
metido, y no duda demasiado en abandonar su capacidad de raciocinio cuando se le
aconseja que lo haga. Poner la vida
en manos de dios, o de su representante en la tierra, no lo vive el creyente
como una peligrosa temeridad, la
mayoría de las veces se vive como si nos quitasen un peso de encima.
Se puede sentir un gran alivio cuando nos dicen que no somos responsables
de nuestra vida, que no nos preocupemos de ella; los universos espirituales son
tan infinitos que es absurdo para quien cree en ellos tomar la responsabilidad
del rumbo de su existencia.
No
se nos ha educado para dirigir el timón de nuestra vida por los insondables
mares del espíritu, lo más corriente es que dejemos su control a las deidades
o al gurú de turno, cuando no es el viento esotérico en el que creamos quien
lleva el barco de nuestra vida donde se le antoja.
Navegamos por los mares del alma como hace milenos surcaban los mares
nuestros antiguos, sin saber muy bien a dónde vamos.
Por esta razón son necesarios los indicadores del rumbo, las brújulas o
los sextantes que nos digan a dónde vamos o dónde estamos.
Primarios instrumentos que nos indiquen si vamos bien o mal encaminados,
si estamos en el camino correcto hacia el cielo o perdidos en limbos infernales.
Indicadores
del rumbo a los que se les exige lo imposible, pues es muy fácil perder el
norte en los mares del espíritu. Algo
hasta cierto punto lógico, porque ―que yo sepa― no existe norte
alguno en los mares del alma. El
norte, el sur, el este y el oeste, lo ponen las creencias en sus particulares
mapas de sus también particulares realidades virtuales espirituales.
Por lo tanto, como se podrá sospechar, existen muchos y muy variados
indicadores del rumbo. Unas sectas
utilizan unos y otras otros. Y, lo
más sorprendente, en muchas ocasiones ―como el norte lo marcan las
creencias― utilizan el mismo unas doctrinas u otras, pero en sentido
contrario. Como, por ejemplo, en el
caso del bienestar general.
En
unas sectas se proclama que cuando uno se siente feliz, porque aumentado su
bienestar general, es entonces cuando va progresando en su evolución
espiritual; su rumbo es el correcto. Pensar
así es totalmente lógico. Es
natural que como resultado de un proceso de cambio interior nos encontremos cada
vez mejor, si dicho cambio es positivo. Pero,
como ya sabemos, la lógica deja mucho que desear en estos mundos ocultos, y es
todavía más frecuente que nuestro bienestar sea interpretado en sentido
contrario: es decir, que, si nos sentimos bien, es síntoma de que vamos por mal
camino, y, cuando nos sentimos mal, es síntoma de que estamos en el camino
correcto, de que evolucionamos de forma adecuada.
Según esta creencia, la crisis humana que se padece en todo proceso de
cambio evolutivo espiritual, dolorosa metamorfosis necesaria, propicia que
nuestro bienestar brille por su ausencia, y que un malestar general sea el mejor
indicador para demostrarnos que estamos en plena crisis y, por lo tanto, en
pleno proceso evolutivo positivo de transformación interna.
Cuando nos sentimos bien en nuestro caminar es porque nos hemos detenido
en el camino y hemos interrumpido nuestro proceso de aprendizaje interno, hemos
sido seducidos por las mieles de las drogas divinas y nos encontramos
emborrachados de felicidad, drogados, y probablemente tirados en la cuneta del
camino espiritual, como cualquier vagabundo, borrachos de dios.
Esto no es una broma. Es más
bien una creencia trampa en la que muchos seguidores de diferentes métodos de
transformación interna están atrapados. Hay
muchas personas hechas polvo, destrozadas interiormente, padeciendo fuertes
crisis constantemente, sin hacer absolutamente nada para remediarlo porque lo
consideran algo positivo en la evolución de sus vidas.
Hasta cierto punto es normal que todo cambio interno produzca cierta
crisis, pero éste es un proceso que tarde o temprano tiene que terminar, y del
cual habremos de salir mejorados si ha sido realmente una crisis curativa; ahora
bien, me atrevo a asegurar que la mayoría de esas crisis que sufren muchos
sectarios no son producto de un cambio interno positivo, sino causadas por las
imperfecciones de los diferentes métodos de crecimiento espiritual en los que
están sumergidos. La mayoría de
las veces los creyentes no resurgen de ellas transformados en seres sumamente
equilibrados y angelicales, es más frecuente observar cómo se mantienen en
crisis de por vida, considerando este hecho algo positivo.
Y es que no nos podemos imaginar el poder de sugestión que podemos
llegar a padecer, hasta el punto de
encontrarnos cada día peor y considerar que estamos mejor.
Este tema es tan grave y de tal importancia que volveremos sobre él en
capítulos posteriores.
Ahora continuemos con nuestros indicadores del rumbo.
Todos nos dicen, a su manera, cómo vamos caminando, y algunos de ellos
son tan buenos que nos pueden llegar a indicar hasta por dónde debemos de ir.
Este es el caso del “camino del corazón”.
Otra forma de dirigir nuestros pasos en virtuosa ignorancia intelectual
que está alcanzando gran popularidad en los últimos tiempos.
Digamos que se trata de un sistema de orientación por los infinitos
espacios del espíritu, sirve incluso para multitud de creencias, nos indica si
vamos bien o no y qué dirección hemos de tomar.
Unos dicen que con sólo escuchar la voz del corazón ya es suficiente
para dirigir nuestros pasos. Yo he
de reconocer que no conozco esa sabia voz (si es que existe).
La voz de mi corazón siempre la he sentido en forma de sentimientos, en
ocasiones pasiones; y, al seguirlas, en unas ocasiones me ha ido bien, pero en
otras me han deparado algún que otro disgusto.
A lo mejor es que mi corazón es un corazón traicionero.
Si así fuera, sería muy conveniente asegurarse, antes de seguir la voz
del corazón, cual es el tipo de corazón tenemos.
Bromas
aparte, quizás el mejor indicador para saber si estamos progresando en nuestra
evolución espiritual, es sopesar de vez en cuando la cantidad de amor que
tenemos en nuestra vida. No es poco
frecuente que el buscador del amoroso paraíso celestial se encuentre perdido en
medio de un desierto sin una gota de amor que llevarse a la boca, o incluso
rodeado de odio. Este puede ser un
claro síntoma de que hemos tomado un rumbo equivocado.
Aunque, como hemos dicho antes, hay quienes piensan que cuanto peor
estemos y menos amor sintamos, es mucho mejor, pues con más fuerza lo
buscaremos. Y también es típico
afirmar que, cuando se abrazan nuevas creencias, uno puede verse rodeado de
odios por todas partes, al estilo de los mártires.
Yo
me inclinaría por usar el indicador del amor en un sentido directamente
proporcional a nuestra evolución, es uno de los indicadores más serios y de
los menos utilizados en un sentido correcto, pues reconocer que no estamos
evolucionando correctamente, o que caminamos hacia atrás, es muy duro, sobre
todo cuando se ha tenido fe ciega durante muchos años en el método elegido.
El indicador del amor no engaña, pero hemos de ser muy sinceros a la
hora de utilizarlo: Sólo habremos
de observar si el amor que vivimos en todo nuestro contorno ha crecido o ha
disminuido, pero, repito: en todo lo que rodea nuestra vida, incluyendo a todas
las personas y circunstancias. Es
muy típico creerse que uno crece en amor porque está viviendo un gran cariño
con su nuevo dios o con los miembros de la secta en la que acaba de entrar,
mientras su vivencia de amor decrece tremendamente en su entorno familiar, en su
trabajo y en el resto de relaciones sociales.
Esto no es crecer en el amor, es lo contrario.
Otros
creyentes, para observar cómo les van los cambios de su alma en el otro mundo,
se fijan en los cambios más materiales que les están sucediendo en éste.
Este indicador del rumbo ha sido el más usado desde la antigüedad.
Los creyentes en él consideran que si su comportamiento agrada a su
dios, éste les hará todo tipo de regalos, y el éxito estará presente en sus
vidas; y si sus actos no agradan a dios, les castigará despiadadamente con la
miseria. Si su economía progresa
adecuadamente, si tienen abundantes relaciones satisfactorias, si andan bien de
salud, si tienen buen aspecto, etc., es que su progreso en el otro mundo marcha
bien, tal y como se refleja en este. Aunque
volvemos a recordar que los hay quienes consideran lo contrario, quienes si les
va bien en esta vida piensan que no les va a ir muy bien en la otra.
Pueden pensar que dios los ha abandonado porque ya no les pone pruebas,
que no están expiando sus culpas al estilo del santo Job, o cosas parecidas.
Como
podemos observar, la utilización de estos indicadores del rumbo puede ser
manipulada a gusto del consumidor, o del vendedor.
Ya nos vaya bien o mal en la vida, puede ser interpretado como queramos o
como nuestros consejeros espirituales quieran.
Si deseamos convencernos, o desean convencernos, de que hemos escogido el
camino correcto, de que vivimos en la doctrina adecuada, o de que ya es hora de
abandonar una vieja creencia, podemos hacer uso de estos indicadores del rumbo
de una forma o de otra. Son como brújulas
de madera que nos pueden indicar la dirección que nosotros queramos o la
dirección que desean que sigamos nuestros consejeros espirituales.
Es
muy aconsejable no fiarse de estas falsas brújulas diseñadas para ser
manipuladas, y hacer siempre lo que creamos más conveniente.
Y si no sabemos qué es lo que más nos conviene, entonces podemos hacer
lo que nos dé la gana. Esto puede
parecer no muy adecuado en los caminos espirituales, pero ejercita nuestra
libertad: importante facultad humana, muy olvidada por los diferentes métodos
de trabajo espiritual, y muy necesaria para un desarrollo integral de nuestro
crecimiento interior.
SECTAS
DESTRUCTIVAS
No vamos a hablar en este capítulo de los detalles destructivos de las
sectas, porque eso es algo que no cesamos de hacer a lo largo de este libro,
estudiando los detalles de cada peligro que nos encontramos en nuestro paseo por
el interior de ellas. Vamos a
prestar atención al popular término de sectas destructivas con en el que
habitualmente se les califica a la mayoría de ellas, pues provoca un injusto
temor generalizado a toda actividad sectaria.
El elevado grado de peligrosidad que se achaca a la mayoría de las
sectas es uno de los bulos más extendidos sobre este tipo de organizaciones.
Sectas que se consideran dañinas, en algunas naciones, son extensiones
de respetables religiones oficiales de otros países.
El ataque sistemático a las sectas solamente se comprende como
consecuencia de la vieja guerra entre creencias.
No creo que todas las sectas juntas hagan más daño a la Humanidad que
la que están haciendo ―y han hecho a lo largo de la Historia― las
religiones oficiales. Solamente una
mala intención interesada y sostenida por las viejas religiones en el poder, el
miedo a lo desconocido, y los ataques sistemáticos sin razón que el miedo
provoca, han podido crear en nuestra cultura “civilizada” una descalificación
tan brutal para este tipo de asociacionismo.
Incluso
otras actividades humanas no religiosas asentadas en nuestra sociedad implican
riesgos de mayor peligrosidad, o son motivo de fraudes mayores, y no tienen ni
una mínima parte de mala fama que la que tienen las sectas.
Hay más fanáticos y recaudaciones millonarias inútiles en los
deportes, por ejemplo, que en el mundo de las sectas, y nadie se escandaliza por
ello; porque un fanático del deporte, que se gasta gran parte de su jornal en
seguir obsesivamente a su equipo, es una persona integrada en nuestro sistema
social; pero un sectario es de alguna forma un extraterrestre, vive en un mundo
desconocido y ve la realidad diferente a nosotros; y eso da miedo.
Muy a menudo se huye de las sectas como si de la peste se tratara, y se
trata a los sectarios como a leprosos muy contagiosos.
Este racismo no es digno de nuestro nivel cultural, es una injusticia que
debemos de subsanar. El miedo nos
hacer ser injustos a la hora de juzgar a lo que tememos, pues el miedo se
extiende por todo el ámbito de lo desconocido aunque el peligro sólo resida en
una pequeña porción de él.
Para
superar ese temor injustificado es necesario conocer aquello que tememos.
Y, será entonces, cuando podamos discernir lo peligroso de lo que no lo
es. Todos sabemos que el montañismo
es peligroso, por ejemplo, pero nadie se priva de los placeres que encierran las
montañas, porque conocemos sus peligros y podemos evitarlos; y, quien quiera
correr riesgos acercándose a los precipicios, allá con su responsabilidad.
Muchas son las víctimas que cada año se cobran las montañas, pero la
mayoría de las veces suceden en personas que se aproximan a los peligros.
Espero que algún día se conozcan los peligros “reales” de las
sectas, se les pierda el miedo y podamos evitarlos, para poder adentrarnos en
ellas sin riesgos, como quien va a darse un paseo por los montes, y así todos
podamos disfrutar de las ventajas que nos pueden aportar, evitando sus males.
Mientras
tanto, tendremos que seguir aguantando toda una sarta de calificativos
peyorativos sin fundamentos objetivos sobre las sectas y sobre sus miembros.
Como, por ejemplo, los típicos insultos que habitualmente recaen sobre
quienes frecuentas las sectas, en ocasiones tachándolas de personas inmaduras,
inseguras, de bajo nivel intelectual, con carencias emocionales,
desequilibradas, inadaptadas socialmente, etc.
Quienes así piensan parecen olvidar que la mayoría de los grandes
personajes de la Historia pertenecieron a sectas.
Poniéndome a la altura de la estupidez de estos calificativos, podría
decir lo contrario: que toda persona que no ha pertenecido a una secta es una
persona inmadura y sin conocimiento, porque la única forma de tener un
conocimiento de algo es viéndolo de fuera, alejándose de ello para tener una
visión objetiva; y la única forma de alejarse del mundo y, por lo tanto, de
poder comprenderlo, es yéndose a otro mundo, y eso sólo se consigue en los
ambientes sectarios.
También
es cierto que las sectas no se quedan mancas a la hora de criticar a quienes al
mundo. He de reconocer que sus
insultos superan en malicia a los nuestros.
Desde su mundo, nos ponen mucho más verdes a nosotros que nosotros les
ponemos a ellos; y en cada secta lo hacen de forma diferente.
Ésta es una de las facultades más destructivas de las sectas: su
tremenda capacidad para atacar los valores de nuestra sociedad.
Aprovechando los abundantes puntos flacos de falta de espiritualidad de
nuestro mundo, descargan sobre ellos su capacidad depredadora de nuestros
valores con sus virulentas críticas.
Nuestro
boyante materialismo no llena a muchas personas con sed de vivencias
espirituales. La incapacidad de
nuestro mundo de hacer profundamente felices a las personas provoca que muchas
de ellas se vayan en busca de otros mundos, y desde ellos critiquen éste.
En esta guerra psicológica entre mundos, donde se bombardean unos a
otros con tremendas descalificaciones, como en toda guerra, no sale nadie
ganando. Machacar al enemigo con
insultos no es la mejor forma de alcanzar una paz beneficiosa para todos.
Tanto en nuestro mundo, como en el mundo de las sectas, habremos de
reconocer los defectos y las virtudes de cada uno.
Incluso podríamos aprovechar las críticas del oponente si estuvieran
exentas de furibunda agresividad. Y
si alguno realiza alguna actividad destructiva, delictiva, nuestras leyes están
ahí para algo. Eso es lo que
realmente se ha de perseguir: el delito, tanto se realice en los mundos
sectarios, como en el nuestro.
En
muchas ocasiones se les reprocha a los legisladores su indiferencia ante las
denuncias sobre la proliferación de sectas “peligrosas”.
Parece olvidarse que nuestras modernas leyes sobre el derecho de
asociacionismo permiten que los individuos nos agrupemos para realizar todo tipo
de actividades, que no sean delictivas, claro está.
Cuando los jueces llegan a estudiar esas denuncias, observan la mayoría
de las veces que esos grupos no están realizando actividades más peligrosas
que las que se realizan de forma consentida por nuestras leyes en nuestra
sociedad. Si los legisladores
crearan nuevas leyes que penalizaran y persiguieran muchas de las actividades de
esas sectas llamadas peligrosas, mucho me temo que muchas de las agrupaciones
aceptadas socialmente se verían afectadas por esas nuevas leyes, como, por
ejemplo: las federaciones que acogen los deportes de riesgo o las mismísimas
religiones universales. La mayoría
de las actividades consideradas destructivas de las sectas las llevamos
practicando en nuestra sociedad amparadas por el costumbrismo durante siglos.
Reconociendo
que en el interior de la mayoría de las sectas se viven situaciones especiales
que no se viven en otras formas de asociacionismo, el grado de maldad humana que
pueda haber en ellas no sobrepasa, en mi opinión, a otras formas de
agrupaciones. El mal que se puede
vivir en el interior de las sectas no “pesa” más que los males que suceden
en otros grupos de nuestra sociedad. Esto
es debido a que el mal, más que provenir de la actividad determinada del grupo,
proviene de los seres humanos. Y en
el fondo no nos diferenciamos mucho los unos de los otros, ya pertenezcamos a un
tipo de asociación o a otro. Cuando
nos agrupamos nos comportamos de forma muy semejante.
Puede parecer que el perseguir unos fines u otros nos diferencian de los
demás, pero eso es un espejismo. En
el seno de agrupaciones con fines presumiblemente benéficos puede haber
personas padeciendo auténticas torturas psicológicas.
Los
seres humanos, cuando nos agrupamos, creamos grupúsculos sociales donde surgen
una amalgama de pasiones humanas que pueden resultar muy peligrosas y
destructivas para los individuos menos afortunados.
Esto sucede tanto en las agrupaciones familiares, como en las empresas de
trabajo, como en cualquier forma de agrupación social; y las tragedias que
suceden en su seno apenas nos llaman la atención por ser ya parte de nuestro
costumbrismo. Infinidad de personas
acaban destrozadas en el seno de sus familias, y no por ello se nos ocurre
pensar que la forma de agrupación familiar sea destructiva; estamos
acostumbrados a sus males, son nuestros entrañables males.
Pero no admitimos que otros males se puedan producir en otras formas de
agrupación por el simple hecho de resultarnos desconocidas.
El hecho de que la forma de agrupación sectaria sea una novedad, todavía
no asimilada por nuestra sociedad, no nos da derecho a señalar la paja en el
ojo, de quienes se asocian de forma diferente a nosotros, y a no ver la viga en
el nuestro.
EL
LAVADO DE CEREBRO
Otro
de los bulos más populares en torno a las sectas, que discurre sin apenas
motivos justificados, es que en todas las sectas en general te lavan el cerebro,
es decir: te dañan la mente. Como
acabo de comentar en el capítulo anterior, estas agresiones verbales son
provocadas por el típico miedo que suele producir lo desconocido, ya que
diversas actividades tradicionales, ya sean religiosas o no, lavan más el
cerebro a los ciudadanos, como se cree que lo hacen en las sectas, sin que nadie
haga nada por remediarlo.
No es cierto que en general las sectas dañen la mente del adepto, aunque
no se puede negar que en algún caso particular sea cierto.
El lavado de cerebro, que habitualmente se practica en el seno de las
sectas, no tiene nada que ver con la refinada tortura psicológica utilizada en
prisioneros por los tiranos regímenes políticos que la practicaron en el
pasado o la practican en la actualidad. En
las sectas, como en las religiones o como en cualquier vía espiritual
―tal y como estamos aclarando en este libro― se le induce a la
persona, que se inicia en sus andaduras, a realizar un cambio en sus valores
humanos y a creer en realidades virtuales espirituales.
Y esto no se parece en nada a la agresión
psicológica que el término “lavado de cerebro” implica.
En primer lugar deberíamos definir correctamente que es un “lavado de
cerebro”, frase de tal sencillez que, de no ser por el doble sentido que se le
ha dado, no admite tergiversación alguna.
Cuando yo andaba por las sectas y alguien me decía que me estaban
lavando el cerebro, yo le solía contestar: “y bien limpio que me lo están
dejando”, dando a entender que se trataba de una beneficiosa limpieza sin más
complicaciones.
Un lavado efectivo es aquel que quita la suciedad sin dañar lo limpiado. Y nuestros cerebros, como cualquier parte de nuestro cuerpo, se ensucia con el uso, por lo que no le viene nada mal de vez en cuando una limpieza. Cierto es que la delicadeza de nuestro cerebro dificulta su limpieza, y se corre el riesgo de dañar alguna parte de él; pero en la mayoría de las sectas, religiones o vías espirituales, tienen sus técnicas particulares para realizar sus limpiezas interiores con un alto porcentaje de éxito. El buen lavado de cerebro consiste en limpiar de nuestra mente todo lo que nos estorba o nos perjudica, y dejar aquello que nos interesa o es beneficioso para nosotros. Las oraciones, las meditaciones, el canto de mantras y todo ritual realizado en atmósfera sagrada, relajan nuestra mente. La paz mental que conlleva la experiencia religiosa es semejante a un fluir de agua limpia por nuestra mente, es un auténtico lavado de sucios pensamientos. En la paz divina descansa toda mente por muy estresada que se encuentre, la paz espiritual calma los pensamientos más desordenados, y, si esa paz se vive profundamente y se mantiene durante días, se produce un auténtico lavado de cerebro que deja a la persona como nueva. Yo he vivido ese proceso, y he de reconocer que te renueva profundamente, la mente se queda en blanco, embriagada por las drogas que sintetiza nuestro propio cerebro, embelesada por la maravilla de lo sagrado. Y, terminados los ejercicios espirituales, la semana de retiro o el largo fin de semana, uno afronta su realidad cotidiana renovado totalmente.
La paz espiritual vivida profundamente actúa como un verdadero lavado de cerebro semejante a la limpieza del disco duro de un ordenador. Ahora bien, conviene aclarar que existen diferentes niveles de limpieza. Si el místico no detiene un proceso creciente del fluir de la experiencia religiosa, ésta es capaz de lavarle tan profundamente la mente que puede borrarle el sistema de valores por los que vivimos en este mundo, y cambiarle del programa de selección de preferencias los valores mundanos por las preferencias celestiales, deseando incluso la muerte. Esto lo saben en todos los monasterios sacerdotales que creen en un paraíso en el más allá, si alguno de sus miembros se emborracha demasiado con los elixires divinos hay que tirar de él hacia abajo para evitar que se eleve hasta el otro mundo y deje de prestar los servicios que ha venido ha realizar en éste. Muchos de nuestros grandes místicos anhelaron la muerte como un paso exigido para unirse definitivamente con su amado divino. Sin embargo, no hay por qué llegar a esos extremos si elegimos una vía espiritual que admita la posibilidad de alcanzar el paraíso sin necesidad de morir. Desear la muerte en los caminos espirituales es provocado más por las creencias que por la experiencia divina. No conozco un fluir de energía más limpio y más respetuoso con la libertad de elección del individuo que el fluir de la experiencia religiosa limpia de polvo y paja. La divinidad ―a pesar de representarse con cierta tiranía en los dioses― es ante todo una presencia tremendamente respetuosa con la libertad del hombre. El fluir de la energía sexual, por ejemplo, es mucho más exigente en sus manifestaciones.
La energía divina es la energía de la santidad, una energía pura, poderosa en sí misma y tremendamente creativa. Como venimos advirtiendo, el peligro no reside en ella, sino en lo que hacemos con ella. El peligro no radica en el lavado de cerebro que nos hace, sino en con qué llenamos el hueco que ha quedado en nuestra mente después de haber retirado la porquería; pues, habitualmente, un beneficioso proceso de limpieza de la mente va seguido de un adoctrinamiento que puede ya no ser tan beneficioso.
Mis primeras experiencias religiosas las tuve en el seno del Catolicismo, y cierto es que pasó por mi mente el deseo de morir; pero esto sucedía porque yo imaginaba, según lo que había aprendido, que morir era necesario para llegar a unirme a aquello que sentía con tanta fuerza y con tanto amor. Creía que dios estaba en el cielo y que para llegar a él había que fallecer (en gracia de dios, naturalmente). Cuando años más tarde tuve experiencias de lo sagrado en otras vías que afirmaban que el ser humano puede unirse a dios con toda su gloria sin necesidad de dejar que se lo coman los gusanos, desaparecieron mis sentimientos suicidas; entonces (lo que pueden hacer las creencias) la experiencia religiosa no sólo dejó de invitarme a la muerte sino que me invitó a vivir más intensamente y mucho más feliz.
Cierto es que he sentido a veces en esas vías ―llamémosles más vitales― la sensación de que la experiencia espiritual me sacaba de este mundo; pero, como todavía no estoy por la labor de abandonarlo ―al menos en lo que de mí dependa―, siempre se me disparó una especie de alarma que me invitó a reducir la práctica de los rituales que me levantaban del suelo, evitando así terminar en el mundo de las hadas.
Con esto quiero decir que vivir lo sagrado es tan peligroso como vivir cualquier otra dimensión humana, no hay por qué temer algo que fluye de forma tan natural en nosotros como nuestra sangre por las venas. Los peligros que pueden existir son tan naturales como los que nos puede producir la alimentación, por ejemplo, si no somos cuidadosos con ella. Un atracón de comida puede causarnos serios problemas. Pero, de la misma forma que todos los seres vivos poseemos un instinto supervivencia, que nos puede ayudar a evitar los accidentes con la alimentación avisándonos de los peligros, los seres humanos poseemos también un instinto que regula nuestra alimentación espiritual, una luz de alarma que nos avisa de los peligros y nos ayuda a evitar que ingiramos algo pernicioso.
Claro está que ese instinto primero habrá de ser despertado cuando empecemos a comer espiritualmente con cierta normalidad, porque, por ahora, la mayoría de los habitantes de este planeta ―sin ánimo de ofender a nadie― somos unos muertos de hambre, espiritualmente hablando.
Cuando observamos fotografías antiguas, podemos observar en las gentes el rostro de la hambruna que solían padecer. Espero que quienes observen nuestros rostros dentro de un siglo, puedan también apreciar nuestra hambruna espiritual, pues será síntoma de que ya están mejor alimentadas sus almas.
El síntoma principal que demuestra la hambruna espiritual, que padecemos los humanos, es el apetito devorador de experiencias espirituales que se suele despertar en todo aquél que acaba de llegar a una secta y se le muestra la sagrada mesa con abundantes manjares de los dioses. Es frecuente que el primerizo acabe dándose un atracón que se le indigeste.
Pueden pasar años hasta que se alcanza la experiencia suficiente en ese tipo de alimentación y se le pierde el miedo. A base de vivir y vivir lo sagrado, uno puede aprender a regular la alimentación de su alma. Y puede incluso controlar a su gusto el nivel de prelavado, lavado y aclarado de su cerebro, siendo capaz hasta de elegir entre los diferentes tipos de detergente que se ofertan en las diferentes sectas o vías espirituales, y evitar el inevitable desteñido cuando se lava con agua demasiado caliente por avivar demasiado el fuego místico.
Pero, vuelvo a repetir que existe un peligro de ser engañados, no en el lavado, éste puede estar mejor o peor hecho y puede dejarnos más o menos limpios, o algo desteñidos, pero eso no tiene gran importancia; el mayor peligro reside en el teñido que después suelen pretender hacernos a nuestra mente sin nuestro consentimiento las diferentes doctrinas. Y lamento denunciar que esto es muy habitual: corrientemente, unido al lavado de cerebro, va incluido el teñido con los colores de la bandera de la religión, secta o vía espiritual que nos haya hecho el favor de limpiarnos la mente.
Cierto es que de todas formas teñida ya la tenemos la mente. Nuestra sociedad se encarga de colorear mediante la educación los pensamientos vírgenes de los niños, con la intención de que todos llevemos colores semejantes en la bandera del pensamiento para favorecer la paz social. Pero, cuando una persona no está contenta con los colores que luce su alma, puede estar de acuerdo en que después de un lavado espiritual le hagan un cambio de colores en sus vestiduras interiores. Sin embargo, quienes estamos satisfechos con nuestra forma de ser y no deseamos cambiarla en esencia, no tenemos por qué soportar los tintes.
Y lamento no poder notificar la existencia de lavados de cerebro en las sectas sin teñidos. Si yo, en estos momentos, no me encuentro practicando ningún tipo de ritual, que me proporcione un buen lavado de cerebro de vez en cuando, es porque no soporto los tintes que se incluyen en todos los lavados que conozco. Las comunidades espirituales que se anuncian como lavanderías espirituales no son tales, son en realidad tintorerías. En los últimos años de mi pasear por las sectas, harto de teñidos y desteñidos, me esforcé tremendamente por vivir únicamente lo sagrado puro, en esencia, sin contaminaciones doctrinales añadidas. Siguiendo la máxima de dame pan y dime tonto, me alimenté como pude de los elixires sagrados de las comunidades sectarias o religiosas, intentando pasar de todo aquello que no era pan para mi alma. Pero es prácticamente imposible conseguirlo al cien por cien. Aunque no se haga caso de los adoctrinamientos, estos se cuelan en la mente si te los están cantando al oído cuando se está viviendo la dichosa paz celestial.
Es ésta una situación semejante a la que ha vivido la Humanidad durante casi toda su existencia a la hora de alimentar sus estómagos, pagando precios carísimos, incluso dejándose la vida por llevarse un trozo de pan a la boca. Es de esperar que de la misma forma que hemos conseguido llenar nuestros estómagos sin grandes sufrimientos, y sin necesidad de profesar creencia alguna ni pertenecer a ningún grupo sectario de ricos, podamos algún día llenar nuestra alma con el alimento espiritual sin padecer engaños ni grandes sufrimientos, y sin profesar creencia alguna ni pertenecer a ningún grupo sectario de presuntos ricos espirituales. Como ahora alimentar el cuerpo es un derecho reconocido de todos en los países desarrollados sin penosas exigencias, alimentarse espiritualmente esperemos que pronto también lo sea sin exigencias doctrinales.
Se puede llegar a pensar que la
doctrina es algo necesario para vivir lo espiritual, pero eso no es cierto:
seguidores de doctrinas contradictorias entre sí viven sus particulares
experiencias religiosas, y, si una de ellas fuera necesaria para vivir lo
sagrado, los creyentes en la otra no tendrían acceso a lo divino, y lo tienen.
Pensar que la doctrina es algo necesario responde a defender los
intereses particulares de cada secta o religión.
Es una barbaridad
actuar como habitualmente se actúa sobre la inteligencia de los sinceros
buscadores de la verdad. En el
mundo de las sectas es habitual que aconsejen al novato abandonar su
entendimiento de las cosas para facilitar el lavado de su mente; si el buen
estudiante así lo hace, cuando casi no ha terminado de relajarse en la paz
divina y de abandonar en la cuneta del camino su vieja mochila cargada con todos
sus viejos conceptos sobre la vida, van y le cargan con otra mochila en
ocasiones mucho más pesada, llena de otros conceptos más pesados todavía.
Por ello conviene siempre saber qué se oculta tras todo lavado
espiritual del pensamiento. Podemos
estar muy satisfechos con lo limpia que nos han dejado la cabeza, pero puede que
no estemos muy de acuerdo con el tinte que con toda seguridad nos van a intentar
dar después.
Resumiendo:
el lavado de cerebro, la limpieza de mente, que se experimenta en toda atmósfera
sagrada, es algo beneficioso y positivo. El
engaño y los problemas vendrán más tarde, a veces simultáneamente, cuando
limpiados de dañinos hábitos mentales, muchos de ellos enraizados en el
costumbrismo social, nos encontramos con que nos intentan inculcar otros hábitos
de pensamiento y de acción desconocidos. Esta
distinción entre lavado y teñido no se hace en las religiones, ni en las
sectas, ni en camino espiritual alguno. El
lavado se presenta siempre unido inevitablemente al teñido, aunque son dos
funciones claramente separadas.
Éste es el peligro del lavado de cerebro que se suele producir en las
sectas, religiones o diferentes vías espirituales.
No tiene nada que ver con la terrible manipulación psicológica de los típicos
lavados de cerebro de los tiranos regímenes políticos.
Se trata sencillamente de un engaño, de un fraude, no de una agresión a
nuestra inteligencia. Todo esto que
estamos diciendo es continuación del capítulo “El gran fraude espiritual”.
Es un engaño tan milenario que todo lo alerta que el buscador espiritual
se mantenga en torno a él es poco. Es
lógico que quien va buscando la paz mental acabe allí donde le prometen ofrecérsela,
aunque después pueda descubrir que la susodicha paz es en realidad un plan de
guerra.
No siempre los nuevos valores que nos pretenden inculcar en los teñidos
son peores que nos inculcaron de niños en nuestra sociedad, en muchas ocasiones
son mejores, pero, sucede que al ser diferentes a los aceptados socialmente,
entran en conflicto; y, aunque poseamos valores mejores que los anteriores,
viviremos en una guerra contra el mundo que nos amargará la existencia, por
mucho que nos creamos poseedores de la verdad suprema.
Al buscador con espíritu guerrero puede incluso resultarle atractivo
emprender una santa cruzada contra el mundo; pero todos aquellos que buscan la
paz no tienen por ser engañados ni reclutados para una guerra que no desean.
Por lo tanto, el lavado de la mente que se realiza en estos mundos de
dios no es tal, es un teñido; la alimentación que nos ofrecen para el alma es
más una exigencia doctrinal que un darnos la divinidad limpiamente.
Cobran demasiado caro los mendrugos de pan espiritual que ofrecen a sus
siervos. (Actúan como esas ONG
religiosas que dan alimentos a los pobres cargados de mensajes proselitistas).
La prometida limpieza del programa de nuestro cerebro es en realidad una
programación interesada. Abandonados
los valores mundanos, de los que podemos estar hartos, se nos inculcan otros que
pueden crearnos más problemas que los que hemos abandonado.
Desprogramada nuestra mente de los hábitos mentales que no nos hacían
felices, apenas se nos deja descansar en la paz mental y se nos vuelve a
programar una realidad virtual espiritual con códigos de fe, sin lógica ni razón
alguna, basados en las realidades reveladas, que nos sumergirá en un universo
tan irreal y tan apartado del mundo, que podemos llegar a pedir a gritos una
nueva desprogramación que nos vuelva a dejar por lo menos como estábamos
antes.
LA DESPROGRAMACIÓN
Desengancharse de un proceso adictivo que nos crea problemas es de todos
sabido que no es cosa fácil, y, en especial, cuando se trata de abandonar la
adición religiosa. Aunque ésta
tenga ciertas similitudes con otro tipo de adicciones, implica un mayor número
de dificultades para deshabituarse de ella, pues la adicción religiosa se
produce en todos los niveles del ser humano: en el espiritual, en el
intelectual, en el emocional y en el biológico.
Esto propicia que la mayoría de las personas practiquen la religión
oficial y las creencias que se les enseñaron de niños durante toda su vida.
De ahí la importancia que tienen los conceptos religiosos que se les
enseña a los niños o los rituales a los que se les hace asistir.
Naturalmente esto no se considera una adicción, pues es parte del
costumbrismo social. Solamente es
al adepto de las sectas al que se le considera enganchado de forma perniciosa,
pues se ha salido de ese costumbrismo y vive unos valores religiosos no tan
asentados en la sociedad como los valores predicados por las religiones
oficiales.
Por ello, el término de desprogramación habitualmente se aplica para
cambiar los valores del sectario por los aceptados socialmente; sin embargo, el
adepto ya sufrió una desprogramación cuando cambió sus viejas creencias por
las de la secta. Ese primer proceso
de cambio suele afrontarse con cierto júbilo y borrachera mística, así como
con la esperanza de iniciar un cambio prometedor; factores que ayudan a superar
la crisis de valores típica que se produce en todo cambio en el programa de
selección de preferencias mental. No
obstante, cuando el sectario decide salir de la secta y volver al punto en el
que estaba antes de llegar a ella, ya no lo suele hacer jubilosamente, sino como
una víctima enfermada en la secta por la que fue seducido o en la que escogió
meterse. Circunstancia que
dificulta el cambio y propicia que en ocasiones se pida ayuda a algún experto
en desprogramación. Mas la
asistencia psicológica solamente es capaz de ayudar en el nivel mental a
cambiar unos valores humanos por otros, y recordemos que la adicción religiosa
alcanza varios niveles.
Habitualmente, en este tipo de desprogramaciones se ignora el nivel biológico.
La producción de endorfinas en nuestro cerebro cuando vivimos un éxtasis
religioso produce una auténtica drogadicción muy semejante a la toma de
drogas. Sin embargo, esta
drogadicción no se considera una toxicomanía, pues son sustancias no tóxicas
generadas naturalmente por nuestro organismo.
Lo que no impide que, si las vivencias de lo sagrado se producen a
menudo, enganchen biológicamente como cualquier otra droga; y desengancharse de
ellas exija un proceso semejante a los utilizados para deshabituar a
drogadictos. Esto habitualmente no
se reconoce, pues las endorfinas son drogas que produce de forma muy natural
nuestro cerebro y, no sólo no enferman como las tóxicas, sino que, además, el
organismo las asimila de forma beneficiosa; añadiendo a todo esto que la
experiencia que producen se considera habitualmente regalo de dioses.
No obstante, la acumulación de las adversas circunstancias, que se
pueden dar en el seno de las sectas, impulsa al adepto a abandonar totalmente al
clan al que pertenece, y, por lo tanto, a dejar su adicción.
Cuando se ha tomado esta decisión, y se empieza un proceso de
desprogramación, inevitablemente aparece el síndrome de abstinencia.
Este síndrome será más intenso cuanto más elevadas hayan sido las
experiencias religiosas y cuanto menos lo sean en la nueva vida que se lleve
después de salir de la secta. Esto
es muy importante tenerlo en cuenta, sobre todo porque habitualmente se ignora
en los procesos de desprogramación, y puede dar al traste con un buen programa
psicológico de readaptación a una vida normal.
Mi historial religioso está lleno de entradas y salidas en estos
procesos adictivos. Nunca acudí a
programas de desprogramación psicológica porque, además de que estos
programas son de reciente creación, yo nunca viví esos cambios como procesos
de desenganche sino como circunstancias de mi búsqueda interior.
Cierto es que cuando decidía salir de una secta, que me estaba
proporcionando el acceso a elixires divinos, sufría el síndrome de
abstinencia; padecimiento que me duraba poco, pues tarde o temprano acababa
bebiendo de otras fuentes sectarias. Al
final he terminado abandonando las bebidas gloriosas de los dioses, no por
haberme propuesto un programa de deshabituación, sino como un proceso normal de
abandonar una drogadicción natural por problemas con circunstancias de su
contexto. No obstante me considero
tan adicto a la experiencia religiosa como a la experiencia sexual, son dos
tipos de adicciones muy similares, las dos suponen la generación de endorfinas
en nuestro organismo. Pero, sucede
a menudo que para vivir una plenitud, tanto en una dimensión como en la otra,
pueden surgir tal cantidad de inconvenientes que uno acabe por elegir la
tranquilidad de no vivirlas plenamente en los contextos tradicionales.
En el sexual ya hemos descubierto nuevas formas de alcanzar satisfacción
fuera de las relaciones tradicionales de pareja.
Y ahora nos falta encontrar nuevas formas de gozar lo sagrado fuera de
los conflictivos espacios religiosos tradicionales.
Cuando las encontremos tendremos una buena alternativa para todo aquél
que abandona las sectas.
Mientras tanto, si deseamos conseguir una buena desprogramación, sin
penosos síndromes de abstinencia, es conveniente administrar los mejores
sustitutos que tengamos a mano. Y
como todavía no se han descubierto sustitutos químicos que sean tan bien
asimilados por nuestro organismo como las endorfinas, sin contraindicaciones, no
nos queda sino elegir otras vías espirituales menos “duras”.
Cambiando a otras sectas que nos proporcionen unas experiencias
religiosas menos flipantes, y, a su vez, menos problemas, podremos conseguir un
proceso de deshabituación menos doloroso al abandonar la drogadicción poco a
poco, administrando como sustitutos drogas místicas más suaves.
Se trata de deshabituarse reduciendo lentamente los trances espirituales
que producen endorfinas.
Pero siempre teniendo en cuenta que las sectas o las religiones no se
abandonan por desengancharse de las drogas divinas, la felicidad que éstas
provocan es muy natural y saludable; son las inaguantables situaciones que se
viven en el seno de esas santas asociaciones las que provocan la pérdida de fe
en ellas y la urgencia por salir de allí.
Las relaciones de pareja no se abandonan por desengancharse de las
delicias sensuales que se viven en su seno, sino por otras insoportables
situaciones que vive la pareja. Cuando
se tiene cierta madurez, se valora más la estabilidad en las relaciones que los
éxtasis de felicidad, y esto sirve tanto en el mundo de las relaciones de
pareja como en el mundo de las sectas.
Las vías espirituales de reciente creación denominadas de crecimiento
personal o de la nueva era, bien pueden ser un eslabón en el proceso de
desengancharse. Basadas en modernas
tendencias espirituales, muchas de ellas contienen importantes ingredientes
extraídos de modernas psicoterapias. Digo
esto porque, en mi caso, harto de subidas y bajadas, mareado de tanto
experimentar la montaña rusa que me estaba produciendo el intentar llegar al
cielo, dando grandes saltos que luego iban seguidos de grandes caídas, al final
conseguí encontrar el camino de salida de las sectas más duras metiéndome en
estas nuevas vías. Sin que por
ello esté asegurando que todo método de realización incluido en los sacos del
crecimiento personal o de la nueva era sea beneficioso.
Eso es algo que cada uno ha de sopesar.
Y aviso que bajo esos modernos títulos se están incluyendo métodos de
desarrollo interior de dudosa efectividad.
De todas formas, suelen ser métodos con un índice de racionalidad
superior a las vías espirituales basadas en las tradicionales revelaciones
divinas, por lo que son asociaciones menos conflictivas.
Y a su vez tienen una capacidad menor de generar intensas atmósferas
sagradas que las vías basadas en la fe, lo que nos viene como anillo al dedo en
un proceso de deshabituación.
Otra
ventaja de estas modernas vías radica en que en sus programas de trabajo se
incluyen intentos por erradicar de las personas tanto los malos vicios
religiosos tradicionales como los de nuestra sociedad laica.
Ambiciosos proyectos que todavía, en mi opinión, se encuentran en una
fase experimental, pues nos queda un arduo camino hasta que consigamos erradicar
los grandes males del hombre y de nuestra sociedad.
Para alcanzar el éxito en semejante empeño, primero será necesario una
visión de la totalidad del mal del ser humano, y eso es algo que todavía no
hemos conseguido. El mal en esencia
siempre se nos ha escondido, y cuando aparece lo hace casi siempre disfrazado ya
sea de demonio, personificado en los enemigos, en las enfermedades, etc., pero
nunca lo hemos visto tal y como es.
En este libro vamos a intentar obtener esa visión con la mayor claridad
posible, y a partir de ahí intentaremos sentar las bases de un programa de
desprogramación del mal, tanto para quienes están en las sectas como para
quienes estamos fuera de ellas. Porque
si enfocamos la desprogramación solamente sobre aquellos que salen de las
sectas, y los devolvemos al mundo del que se fueron, sin haberlo mejorado, mucho
me temo que eso es pan para hoy y hambre para mañana.
Para seguir en nuestro propósito, continuaremos en nuestro paseo por el
interior de las sectas, recorriendo aquellos territorios que nos conducirán a
las profundidades del ser humano y de nuestra sociedad.
Ya
hemos tratado el estudio de la desprogramación en los niveles de adicción biológico
y mental. El estudio en los niveles
espiritual y emocional sobre la adicción religiosa lo tratamos en los
siguientes capítulos.
LA RUPTURA DE LAZOS EMOCIONALES
Es en el nivel emocional donde se produce la mayor actividad en el seno
de las sectas, y a al vez es también donde se producen un mayor número de
manipulaciones y engaños. La
actividad en este nivel humano es de tal importancia que determina ―en un
elevado porcentaje de individuos― el introducirse en la secta, la
permanencia en ella o su abandono. Mientras
el balance emocional del adepto sea positivo, éste no suele tener
inconvenientes para permanecer en la secta disfrutando de las buenas emociones
que las relaciones con sus hermanos espirituales y con sus deidades le
proporcionan; pero, en cuando empiece a tener sentimientos negativos
frecuentemente, será entonces cuando probablemente decidirá abandonar el mundo
sectario, y será entonces cuando correrá los mayores riesgos que pondrán el
peligro su integridad personal.
El proceso de salir de una secta tiene muchos puntos en común con el
proceso de divorcio de una pareja. Es
un cambio ciertamente peligroso que exige tomar todas las precauciones posibles
para correr los mínimos riesgos a la persona que ha elegido separarse.
Los ataques entre aquellos que fueron amantes pueden ser brutales.
Y aquellos que se consideran personas espirituales, que no se permiten
manifestar agresividad alguna (visible), pueden caer en una especie de
agresividad inconsciente, mucho más dañina que si se dedicaran a dar puñetazos.
La amenaza de caer en los infiernos eternamente es un claro ejemplo
habitualmente utilizado por las religiones tradicionales para todo aquel que
desea divorciarse de ellas. Pero,
como en muchas de las nuevas vías sectarias, ya no existe tal castigo divino,
utilizan argumentos semejantes destinados a asustar a todo aquel que se le
ocurra abandonarlas.
Este tipo de amenazas no sólo es un método para evitar que los adeptos
se vayan de las sectas, es también un ejercicio de autoafirmación.
Tengamos en cuenta que el ambiente sectario y su doctrina, para quienes
creen en él, es una panacea, regalo de los dioses.
Si alguien que ha vivido esas glorias las abandona, no puede haber duda
alguna de que ha sido engañado por algo, atrapado por el mal, seducido por el
demonio, etc. La persona que ha
elegido ser libre puede tener serios problemas si se sigue relacionando con sus
antiguos “hermanos”. Es muy
aconsejable abandonar totalmente a la vieja familia sectaria, algo que puede
llegar a costar gran esfuerzo y mucho dolor.
Tengamos en cuenta que el adepto, en la mayoría de los casos, abandonó
a sus antiguas amistades para sustituirlas por las sectarias, y ahora, al
abandonarlas, se encuentra en la soledad más absoluta; de ahí que muy a menudo
se pretenda continuar manteniendo la amistad con miembros de la secta
abandonada, lo que no es nada recomendable, pues es muy difícil continuar
manteniendo una amistad con quien te considera encarnación del peor mal de la
tierra.
Mientras el adepto continúe manteniéndose en la secta, aunque se sienta
muy mal en ella, no habrá problemas de relaciones con el resto de los miembros.
Continuarán halagándole, ensalzando sus virtudes, minimizando sus
defectos o sus dolencias, y dándole ánimos para seguir adelante en el caso de
que flaquee su fe. Pero, en cuanto
haga saber su decisión irrevocable de abandonarlos, será calificado de cobarde
incapaz de soportar el sufrimiento que todo camino espiritual exige.
Abandonar su camino perfecto es algo que difícilmente le perdonarán.
Le echarán en cara todo lo que hicieron por él y ya no le engrandecerán
sus virtudes, ahora le harán ver sus defectos engrandeciéndoselos.
“Has sido atrapado por las fuerzas del mal” le dirán sus cofrades.
Los videntes, los entendidos del grupo, le dirán que ha sido presa del
tipo de mal que ellos quieran inventarse. Si
en la secta se reciben mensajes del más allá, seguro que habrá más de uno,
dedicado a quien quiere abandonarlos, avisándole de los terribles peligros que
corre si lo hace. Tendrán un
elevado poder de sugestión sobre quien quiere irse del grupo, pues utilizarán
todo tipo de argumentos espirituales en su contra basados en las enseñanzas que
se le transmitieron mientras estuvo en la secta.
Hasta es posible que pretendan hacer un exorcismo con quien los abandona
por libre elección; esto nos da una idea del horroroso concepto que pueden
llegar a tener de él.
Como
consecuencia de mi deambular por las sectas durante muchos años, la mayor parte
de mis amistades se forjaron en su seno. Y,
después de abandonar las comunidades, en muchas ocasiones realicé grandes
esfuerzos por mantener estas relaciones dentro de una normalidad, pero casi
siempre resultó un gran fracaso, aun con aquellas personas que mantenían una
cierta proximidad conmigo por circunstancias ajenas al mundo sectario.
En la actualidad todavía mantengo alguna pequeña relación de amistad
con miembros de sectas, y siempre tiene que haber un gran distanciamiento entre
ellas y yo, pues ellas continúan considerándome una persona enferma, afectada
por algo semejante a un virus mortal muy contagioso.
Como se podrá comprender ese tipo de relaciones son insostenibles.
Aunque
por cortesía los sectarios disimulen su creencia en el mal que, según ellos,
padece todo aquel que les abandona, e intenten amar a quienes les dejan, el amor
hacía sus creencias superará a su hipotético amor al prójimo; sobre todo si
ese prójimo es quien ya no les va acompañar en su caminar espiritual.
Puede ser tan fuerte su aversión hacia esa persona que
ésta no puede evitar percibirlo y sentirse muy incómodo en su compañía.
Es difícil no darse cuenta cuando te miran con malos ojos conocidas
amistades. En el momento que se
comunica la rotunda decisión de abandonar la secta, se pasa de ser un hermano
angelical a ser un temido demonio.
Esto
es muy doloroso vivirlo, y es necesario reconocerlo, aunque cuando uno se mete
en una secta no suele pensar en los problemas que podrá tener el día que
decida abandonarla, si es que algún día lo decide.
Algunas sectas, que yo no he tenido la desgracia de conocer, persiguen al
adepto que quiere dejar de serlo hasta el punto de acosarlo constantemente para
intentar convencerle de que corrija el error que según ellos está cometiendo.
No se trata de una sádica persecución, se guían por los “buenos
sentimientos” de intentar salvar su alma.
Las hay que hasta secuestran al enfermo de ansias de liberación con la
intención de mantenerlo en una cuarentena que le cure del mal de libertad que
padece.
El
momento de abandonar una secta es tan delicado y peligroso que yo aconsejo
concluirlo cuanto antes para no alargar un proceso que puede convertirse en una
agonía. Aunque resulte muy
doloroso y nos encontremos en la calle más solos que la una, un portazo puede
ser muy aconsejable. No se puede
tener consideración con quienes no la van a tener con nosotros.
Y
para sobrellevar la soledad y el síndrome de abstinencia emocional que podemos
llegar a padecer, podemos hacer lo que habitualmente hace una persona recién
divorciada: acudir a un psiquiatra
o buscarse otro tipo de relaciones que compensen lo perdido.
Como he aconsejado en el capítulo anterior, una buena idea es meterse en
uno de esos grupos de trabajo interior menos radicales, más permisivos con la
libertad del hombre. Pero teniendo
sumo cuidado en la elección, no vaya a ser que vayamos de mal a peor.
Los centros de psicoterapia y de enseñanzas dedicadas al crecimiento integral de la persona, son los más adecuados para superar el síndrome de abstinencia emocional, en ellos podemos relacionarnos de nuevo y continuar respirando cierta atmósfera sagrada. Teniendo siempre presente que tras ellos puede esconderse una fanática secta. Elegir un centro de crecimiento personal que funciona como una academia, con sus horarios, cursos, cursillos, niveles de enseñanza y precios, es una garantía de que se nos va a respetar la libertad de abandonar la enseñanza cuando queramos como quien abandona otro tipo de estudios académicos. Es un buen paso para abandonar definitivamente los niveles más duros de las sectas.
CAMBIOS EN LOS VALORES ESPIRITUALES
La Humanidad no ha cesado a lo largo de su Historia de realizar profundos cambios en la elección de los valores espirituales. Revoluciones que siempre se han producido de forma muy lenta, pues las desprogramaciones y las nuevas programaciones en el nivel espiritual del hombre necesitan de un mayor tiempo que las realizadas en sus otras dimensiones. No porque el alma humana sea más lenta en experimentar cambios, sino porque una revolución espiritual solamente alcanza su madurez cuando se ha extendido a toda una sociedad; y eso lleva su tiempo. Mientras que en los otros niveles el ser humano puede vivir cambios completos en sí mismo, los cambios nivel espiritual son incompletos si no se extienden al resto de los individuos. Uno de los impulsos más vitales del espíritu humano es el de hacer llegar la revolución concebida por un individuo, o por un grupo de individuos, al resto de la Humanidad; y si ese impulso es reprimido, si el cambio espiritual no es compartido, la desprogramación de valores espirituales no ha sido efectiva ni siquiera para el propio individuo que la concibió. Será una revolución en semilla, sin germinar, un cambio inacabado, incompleto. Las revoluciones espirituales no se llevan a cabo únicamente a un nivel individual, sino que atañen al inconsciente colectivo que nos une a todos.
De ahí la necesidad que tiene el alma humana creadora de agruparse para sembrar las nuevas creaciones espirituales, tierra donde pueda germinar la semilla engendrada con la esperanza de que crezca y se extienda por toda la Tierra. Las sectas son esos grupos de personas donde el experimento se lleva en secreto, invernaderos clandestinos donde la plantación se esconde del resto de la Humanidad para proteger su crecimiento. Protección que resulta insuficiente en muchas ocasiones, e incluso contraproducente, pues de la misma oscuridad del misterio surgen todo tipo de intrigas que, como malas hierbas, terminan con las esperanzas de una buena cosecha.
Esta especie de plantaciones espirituales ―sectarias o no― no han cesado de producirse a lo largo de la historia de la Humanidad. Unas fructificaron con gran éxito y se extendieron por todo el mundo, otras lo hicieron en zonas concretas del planeta, y otras fracasaron. Unas son de carácter filosófico, otras de carácter ético, otras político, otras sencillamente culturales o artísticas, y otras de carácter esotérico o religioso. Todas ellas componen el conglomerado de valores espirituales de los seres humanos.
Las preferencias de las sociedades por uno u otros valores no han cesado de cambiar a lo largo de nuestra Historia. La adicción social a unos o a otros valores ha sufrido constantes procesos de deshabituación seguidos de nuevos procesos adictivos. La búsqueda de respuestas, de la felicidad, de la perfección y de nuevas fronteras, nos incita a experimentar constantemente con nuevos valores espirituales. El proceso evolutivo de estos cambios en la actualidad parece dirigirse hacia una humanización de los valores. El esfuerzo por la implantación de los Derechos Humanos a un nivel planetario, que están realizando los países desarrollados, es una buena muestra de esta humanización, y supone una auténtica revolución espiritual universal.
Recordemos que en la antigüedad se consideraban una actividad espiritual los sacrificios humanos en muchos lugares de la Tierra. Desde entonces hemos dado un giro de ciento ochenta grados a nuestros valores espirituales. Ahora defendemos la vida de todo ser humano y pretendemos combatir todo aquello que atente contra ella. (Aunque no podamos evitar que todavía existan grupos religiosos que consideren la matanza de infieles como un valor espiritual).
Las ciencias también han hecho cambiar los valores espirituales. A medida que fueron descubriendo la realidad, fueron perdiendo credibilidad las creencias basadas en que todo funcionaba por arte de magia o por voluntad de los dioses de turno. Ya casi nadie ve a un dios en un rayo o en el sol.
La infalibilidad de las religiones se está cuestionando como nunca se había hecho hasta ahora. Sin embargo, probablemente debido a que la sed espiritual del hombre todavía no ha sido saciada, y gracias a la libertad de culto y el derecho de asociación, las sectas han proliferado en nuestra sociedad, y cualquier ciudadano de los países desarrollados tiene acceso a multitud de religiones o sistemas de culto por muy extraños que sean. Esto ha propiciado realizar unos análisis comparativos que nos han demostrado la validez de la mayoría de las creencias para saciar la sed de la experiencia religiosa, y en los que también hemos podido comprobar que ninguna de ellas sobresale tanto por encima de las otras como sus predicadores anuncian. A un nivel popular ya no se valoran a nuestras viejas religiones como entidades infalibles y todopoderosas.
Todos estos cambios en los valores espirituales han necesitado de un gran esfuerzo social. Cambiar un costumbrismo espiritual asentado en la tradición necesita superar una notable resistencia. Especialmente, ha sido la religiosidad uno de los mayores impedimentos para el progreso de la evolución de los valores humanos, han sido necesarios períodos de muchos siglos, incluso milenios, para que arcaicos y obsoletos patrones religiosos fueran abandonados y dejaran de ejercer su influencia social. Los dogmas de obligatoria creencia han sido los sellos que durante siglos han mantenido vigentes las diferentes religiones. Pero la libertad religiosa, que las leyes sociales nos otorgan en los países desarrollados, ha suprimido la obligatoriedad de creer en los dogmas de fe de las religiones oficiales. Las dudas que siempre estuvieron en la mente de los feligreses, en torno a las verdades reveladas de los diferentes credos religiosos, han cobrado fuerza. La fe está en crisis, y, en consecuencia, muchas personas con inquietudes religiosas, están buscando unos cimientos más sólidos para su religiosidad, están buscando una demostración más palpable, incluso física, de la existencia de las verdades religiosas.
La fe ya no es un valor predominante en nuestra sociedad, el valor en alza es la experiencia, la vivencia. Lo que está produciendo un gran número de agrupaciones sectarias en torno a favorecer la drogadicción mística y los fenómenos paranormales de carácter religioso. Apariciones, milagros, mensajes del más allá, efluvios emitidos por los hombres dioses, y todo tipo de exaltadas sensaciones sagradas, están siendo los nuevos objetivos de gran número de buscadores. La fe ya no es gran valor supremo, ahora es la vivencia religiosa, espiritual, esotérica, lo que se valora más por los caminos del alma. Ahora, para creer en dios, casi hay que tocarlo, sentirlo, vivirlo, gozarlo. La fe se ha quedado sola, ahora se lleva ver para creer. Cambio en los valores espirituales que supone un regreso a volver a vivir los valores antiguos, los prehistóricos, los que crearon las creencias. Cambios que no suponen una evolución, suponen más bien una regresión a nuestro pasado espiritual. Ahora el típico buscador espiritual moderno se está comportando como el hombre religioso antiguo: cree en dios a base de vivirlo. Se está regresando a Babilonia. (Retroceso cultural que no considero negativo. Prefiero la libertad de culto babilónica, que los siglos de creencias impuestos por las grandes religiones a golpe de espada).
El mayor peligro del regreso a los valores primitivos en los ámbitos espirituales reside en el aumento de la drogadicción mística, y en consecuencia en la irracionalidad con la que se puede llegar a comportar todo borracho de dios. Es muy grande el peligro de que volvamos a caer en un nuevo periodo de inmovilidad, en siglos de adicción a estos viejos valores espirituales, cualquier drogadicción asentada en parte de la sociedad puede costar siglos erradicarla.
Puede pensarse que exagero, que todas estas historias no afectan a nuestro modernismo; pero yo no estaría tan seguro de ello. Nuestra modernidad tiene mucho de escaparate, como lo han tenido otras grandes civilizaciones de la antigüedad, complacidas en que todo iba bien en su seno, mientras en las sectas se cocían revoluciones que pusieron patas arriba a imperios muy poderosos. No querer ver el poder que tienen las sectas, obviar todo lo que se cuece en su seno, es arriesgarse a llevarse un susto (de muerte muy a menudo, como nos muestra la Historia). Son muy poderosas las fuerzas espirituales que podemos desarrollar los seres humanos sumidos en densas atmósferas sagradas. Obviarlas nos aboca a llevarnos sorpresas que pueden llegar a ser muy desagradables, por ello es necesario buscar alternativas lo más válidas y beneficiosas posibles.
Para salir de este nuevo periodo espiritual, insatisfactorio para muchos de nosotros ―que ya lleva décadas gestándose― no va a ser suficiente con mostrar el fraude de las movidas religiosas, habrá que encontrarles una alternativa válida. Muchos de los grandes filósofos griegos, en los inicios de nuestra civilización, ya nos avisaron que los dioses no eran ropa limpia. Pero, como no dieron alternativas válidas para drogadicción mística, el pueblo continuó drogándose, emborrachándose con los dioses, y con los nuevos dioses más tarde, más flamantes, más infinitos, más seductores. Porque no pensemos que las creencias han sido exclusivamente impuestas por la fuerza, también hubo cierta complacencia en los creyentes para que así fuera, y la sigue habiendo. Las creencias pueden darnos regalos sensoriales a los seres humanos tan gozosos, que podemos creer en auténticas estupideces si al hacerlo nos sentimos más felices.
Nos encontramos en un momento fascinante, la evolución de nuestros valores espirituales vuelve a encontrarse en un nuevo instante de crítico. En la actualidad tenemos otra nueva oportunidad para salir del oscurantismo religioso, otra nueva oportunidad para dejar de ser borrachos de los dioses, pues ahora los tenemos a todos ―o a casi todos― ofreciendo sus dulces vinos al pueblo. Circunstancia que nos puede ayudar a sospechar el engaño, así como a impulsarnos a buscar nuevas alternativas a tanta deidad contradictoria y a sus gozosas glorias divinas.
En mis sueños de futuro confío en que los cambios de los valores espirituales, que estamos experimentando en los últimos tiempos, nos permitan evolucionar hacia una espiritualidad más auténtica, más asumida por los hombres y menos proyectada en las divinidades.
Cuando vivíamos en nuestra prehistoria sexual, el placer era un tabú. Los dioses de la fertilidad reinaban sobre las sociedades prehistóricas, suyo era nuestro sexo. Levantábamos menhires o tótems fálicos que representaban nuestra virilidad, altares para una sexualidad que creíamos venida de los cielos, y dedicábamos templos a la fertilidad femenina; adorábamos algo que creíamos no nos pertenecía. Ahora, que hemos asumido nuestro poder creativo sexual, abandonamos aquellos rituales y tabúes; somos responsables de la procreación de nuestra raza, y disfrutamos del sexo como algo nuestro. El sexo fue una energía psíquica reprimida por las creencias, proyectada en los dioses, y ahora está liberada. Esperemos que la energía sagrada también deje de estar reprimida por las creencias que aseguran que no es un fluir nuestro, esperemos de la divinidad deje de estar encarnada en los dioses, y sea liberada en cada individuo.
Cuando abandonemos nuestra prehistoria espiritual dejaremos de levantar altares a los dioses y dejaremos de considerar tabú las delicias de lo sagrado. Habremos reconocido que dios es una dimensión humana y dejaremos de verla fuera de nosotros, abandonaremos los rituales de adoración, asumiremos la responsabilidad de nuestro poder creativo espiritual, y disfrutaremos del goce de lo sagrado como algo muy nuestro.
LAS
TOXICOMANÍAS
No podemos abandonar el tema de las adicciones sin hablar de las
toxicomanías. El uso de drogas en
esoterismo o en las religiones fue en la antigüedad algo habitual.
Los chamanes, los brujos y las brujas, utilizaban los alucinógenos como
puertas de acceso a sus realidades virtuales particulares y para ponerse en
contacto con las entidades que las pueblan.
La persecución a escala mundial de las drogas ilegales ha terminado con
estas viejas costumbres. Solamente
se continúan utilizando en contadas ocasiones en el mundo de las sectas, y
siempre en secreto. Son en las
sectas de carácter chamánico, de magia negra o de brujería donde más se
pueden llegar a utilizar.
Yo nunca me pude permitir el lujo de drogarme (ni con las drogas
legales), siempre temí que mi débil constitución física se me resquebrajara
bajo la influencia de las drogas; además de que no me agrada cualquier
perturbación de la conciencia o de la percepción.
Por lo tanto, no puedo hablar de las drogas con la propiedad que avala la
experiencia. Únicamente me permito
el lujo de drogarme con las endorfinas ―de
las que ya hemos hablado― generadas por las experiencias místicas, pero
sin llegar a alucinar ni a sumirme en placenteras somnolencias.
No obstante, sí que he sido testigo en varias ocasiones del consumo de
drogas en el seno de las sectas por las que he andado, pero este consumo nunca
fue inducido por la doctrina sectaria ni por el gurú de turno, sino por
circunstancias ajenas. Las sectas típicas
occidentales procuran evitar que entre sus adeptos haya drogadictos; ya tienen
bastante mala fama como para que encima la aumenten acogiendo a
drogodependientes o induciendo al consumo de drogas.
Sin embargo, allá por los setenta, bastantes sectas acogieron una gran
oleada de drogadictos provenientes del proceso de desintegración del movimiento
hippy. Muchos de estos jóvenes se
introdujeron en el seno de las sectas como continuación del proceso de búsqueda
del paraíso utópico, al que el movimiento hippy no les había conseguido
llevar. Y muchos de ellos
continuaron en las sectas con sus drogodependencias adquiridas en sus años de
hippy. Yo fui testigo de cómo se
desgañitaban los dirigentes de la secta de carácter hindú ―en la que me
encontraba por aquellos años― predicando en vano para que no se
consumieran drogas. Se estaba
intentando enseñar a meditar a unos jóvenes adictos a volar; y, para desdicha
de sus instructores, no había forma de que se sumergieran en la quietud
indispensable para iniciar cualquier tipo de meditación; las alteraciones que
les producía su drogodependencia se lo impedía.
Los elixires sagrados que se vivían en el seno de las actividades místicas
sectarias no saciaban por completo su sed de borrachera, y gustaban de mezclar
la droga sagrada de la volada mística con las otras drogas tóxicas para volar
más alto. Naturalmente, cuando se
caían, se hacían bastante daño.
La
mezcla de las experiencias espirituales con el consumo de drogas es un cóctel
muy explosivo del que es muy difícil salir bien parado.
Solamente los chamanes y los aficionados a la brujería se atreven a
manipular esta mezcla. Como yo no
he estado en contacto con este tipo de vías esotéricas, no puedo apenas dar
detallada información sobre ellas. Uno
de los argumentos más importantes que estas vías exponen para justificar el
consumo de drogas en sus rituales es que lo hacen como se hacía en la antigüedad,
de forma naturalmente asimilable para los individuos.
Aseguran que en la
actualidad es perjudicial el consumo de drogas porque se ha perdido el contacto
espiritual con el alma de la planta alucinógena.
Dicen que las drogadicciones actuales son exclusivamente químicas,
mientras que ellos consumen las drogas acompañados siempre de espíritus que
ayudan a asimilar el impacto alucinógeno y a evolucionar espiritualmente al
aprendiz de chaman, de brujería o de magia negra.
Yo, si desconozco estos métodos ―además de por el miedo que les
tengo― es porque nunca he sido partidario de ellos.
En cualquier tipo de vía espiritual el estudiante ha de realizar un gran
esfuerzo para integrar las variaciones internas propias de todo caminar esotérico;
añadirle nuevas variaciones, producidas por sustancias de perturbación de la
conciencia, me parece desbordar la capacidad de asimilación humana.
En
mi opinión, si el chamanismo o la magia negra necesita de drogas tóxicas, es
porque no son capaces de generar la suficiente atmósfera sagrada que provoque,
en los asistentes a los rituales, una espontánea drogadicción mística a
partir de endorfinas. Digamos que
sus métodos son un poco rudos, manejan la espiritualidad a lo bestia.
Al trabajar más con la energía de la tierra que de los cielos no
alcanzan la sutileza suficiente para provocar la drogadicción natural mística,
no son lo suficientemente espirituales como para prescindir de las drogas,
necesitan de los tóxicos alucinógenos para penetrar en sus realidades
virtuales espirituales y ponerse en contacto con sus dioses particulares.
No es la atmósfera sagrada quien los lleva a la borrachera, son las
borracheras, que les producen las drogas que se suministran respirándolas,
ingiriéndolas o a través de la piel, las que les llevan a vivir lo sagrado.
Como hemos visto en los capítulos anteriores no es necesario tomar sustancias tóxicas para alucinar en los caminos espirituales típicos. Las drogas que segrega nuestro cerebro, de forma natural cuando estamos sumergidos en la vivencia de lo sagrado, ya son más que suficiente para hacernos disfrutar de dulces borracheras sin peligro de matarnos lentamente. El efecto sedante de la paz espiritual es de una calidad muy superior a cualquier tipo de tranquilizante farmacéutico o de droga hipnótica. Y si somos adictos a la “mucha marcha”, no hay mejor estimulante que la fuerza espiritual para darnos toda la cuerda que deseemos. Y las visiones de los iluminados espirituales, o las apariciones que puede producir la experiencia religiosa, no tienen nada que envidiar a los efectos alucinatorios que produce el consumo de alucinógenos.
Estas propiedades biológicas de la vivencia de lo divino, están siendo aprovechadas por algunas organizaciones de carácter espiritual para crear programas de rehabilitación de drogadictos. Sólo se trata de sustituir una adicción que está matando por otra inofensiva e incluso beneficiosa para el organismo. Algo que puede parecer muy sencillo, pero que exige un gran esfuerzo y suele provocar fuertes crisis internas en los afectados. Hay que tener en cuenta que para drogarse, la persona adicta a sustancias tóxicas, ha tenido que realizar siempre un tipo de esfuerzo digamos material, para conseguir el dinero que le van a costar las drogas, por ejemplo; y ahora tiene que hacer un tipo de esfuerzo, habitualmente desconocido para él, de tipo espiritual. Es tal el cambio de valores que ha de realizar el drogadicto en su programa de selección de preferencias que no puede evitar sufrir una fuerte crisis de adaptación al nuevo sistema de vida. Las organizaciones enfocadas en semejante empeño realizan esfuerzos dignos de ser aplaudidos. Tenemos un ejemplo digno de mencionar en la asociación “Alcohólicos Anónimos”, sociedad empeñada en rehabilitar a los enfermos de una de las peores adicciones a un tipo de droga legalizada en los países desarrollados. El uso que hacen de las propiedades divinas para curar a estos enfermos es ejemplar. Sin afiliarse a ningún credo ni religión, invocan el poder divino para que les ayude en su curación, con tal grado de éxito que están mereciendo el aplauso de la sociedad. Es uno de los pocos grupos sectarios que ha conseguido utilizar la fuerza espiritual para algo realmente práctico, sin necesidad de perderse por las ramas de complejas doctrinas.
Existen otros grupos de rehabilitación de drogadictos de carácter espiritual integrados en religiones o vías espirituales. La sociedad ha de estar agradecida al esfuerzo que todos ellos están realizando para intentar rehabilitar a los afectados de una de las peores lacras de nuestra sociedad. Aunque no vamos a negar que tras la rehabilitación de drogadictos, como tras cualquier otro servicio social de estas organizaciones, se esconda un notable proselitismo.
LA SANACIÓN
De todos es conocido que en el seno de las sectas no sólo se rehabilitan
drogadictos. Las artes curativas
desarrolladas en ellas abarcan prácticamente la curación de todas las
enfermedades existentes. Mucho
antes del nacimiento de la medicina, los chamanes y los brujos ya daban a sus
enfermos pócimas medicinales envueltas en rituales esotéricos.
Innumerables métodos terapéuticos, muchos de ellos de carácter
milagroso, son utilizados por las sectas en sus curaciones.
Unos trabajan con la bioenergía corporal, otros en la mente del
paciente, y otros en el nivel espiritual. Todos
ellos usan los diferentes elixires, que han conseguido extraer de las
dimensiones sagradas, y los aplican a sus técnicas terapéuticas particulares;
son sus poderes curativos sobrenaturales.
Veamos
algunos de ellos: Los hay quienes
afirman que toda enfermedad es una falta de energía en el cuerpo o una falta de
armonía de las corrientes energéticas, y entre ellos nos encontramos a
aquellos que utilizan las manos para canalizar la bioenergía, rellenar los vacíos
energéticos o armonizar las corrientes por el cuerpo.
La imposición de manos es un gesto ritual ancestral de muy variada
utilización. A través de ellas
fluye nuestra energía vital, de tal forma que cuando alguna parte de nuestro
cuerpo nos duele, instintivamente ponemos la mano allí para aliviarnos.
Sin necesidad de ser curanderos todos sabemos que nuestras manos si no
curan al menos alivian las dolencias. Pero
el sanador explota al máximo esta propiedad de las manos, y a través de ellas
dice canalizar todo tipo de energías milagrosas que curarán al más enfermo.
También los hay que, poniéndose a la altura de las nuevas tecnologías,
aseguran que no necesitan ponerle la mano encima a nadie para curarle y que son
capaces de hacer el milagro por control remoto, enviando su curativa energía
por el éter hasta quien la necesite.
Otras técnicas de armonización energética utilizan las piedras y las
gemas, otras las esencias florales, otras las meditaciones, el Yoga, etc.
Y entre quienes trabajan con la mente del paciente se encuentran, por
supuesto, aquellos que creen que toda enfermedad es producto de un desequilibrio
mental; por consiguiente, su terapia habrá de ser aplicada a la mente del
paciente, de tal forma que para dar la salud a una persona enferma,
solamente hay que convencerla de cambie la actitud mental que está
originado su enfermedad. Desde hace
décadas ha sido la hipnosis muy utilizada para estos propósitos; pero hoy está
haciendo furor la imposición del pensamiento positivo, en el consciente, claro
está, porque hasta el inconsciente no se si seremos capaces de llegar y cambiar
esos oscuros y negativos pensamientos ancestrales que llevan miles de años haciéndonos
la puñeta.
Luego tenemos a los sanadores espirituales.
Estos, como es de esperar, afirman que el origen de nuestras enfermedades
está en nuestra alma, y no dudan en tratarla.
Y como ellos no suelen ser capaces de llegar hasta allí, ―donde se
encuentra nuestro espíritu― invocan al Espíritu Santo o al mismísimo
Jesucristo, para que les haga el trabajo. La
Virgen María también es una buena curandera, recordemos los milagros de
Lourdes y Fátima; y en todas y cada una de las abundantes apariciones, que
lleva a efecto cada año, siempre hace alguna sanación milagrosa como regalo a
alguno de sus devotos. Tampoco
hemos de olvidar las abundantes reliquias de santos a la que se les atribuyen
propiedades milagrosas.
El espiritismo también nos trajo otra curiosa forma de sanación
espiritual: son las canalizaciones. Hay
sanadores que aseguran no tomar parte en las curaciones que llevan a cabo: dicen
que quien realmente trata a sus pacientes es algún eminente doctor fallecido
que se encarna en ellos cuando están en trance.
Otros afirman que en ellos se encarnan fuerzas especiales del más allá
o alguna que otra divinidad para curar a las gentes.
Luego tenemos a los afiliados al chamanismo, especialistas en relacionarse con los viejos espíritus de la Naturaleza, fuerzas ancestrales que también se dignan en curarnos. En muchas sectas se está volviendo a relacionarse con estos espíritus de la Naturaleza. Y los chamanes nos aseguran que el olvidarnos de aquellas deidades de andar por casa nos está saliendo muy caro: la degradación de nuestro planeta y nuestras modernas enfermedades ―dicen― es consecuencia de una falta de respeto por la Naturaleza. Y nos aconsejan recordar ese costumbrismo ancestral de no mover una piedra sin consultar al espíritu de la montaña, y de no manipular los ríos sin pedirle consejo al espíritu de las aguas. (No cabe duda de que nuestros ingenieros de obras públicas están siendo muy desconsiderados con ellos). ¿Cómo estará el espíritu del viento con tanta contaminación en el aire? ¿Y el de las plantas con tanta devastación de los recintos selváticos? ¿Y el de los animales salvajes? No es de extrañar que cuando, los pocos chamanes que nos quedan, nos traducen el sentir de los espíritus de la Naturaleza, nos comuniquen que están muy disgustados. Yo me lo pensaría antes de ponerme en sus manos, con lo enfadados que deben de estar con el hombre moderno, causante de todas sus desdichas, en vez de curarnos, igual tienen decidido acabar con nosotros para así salvar lo poco natural que queda en nuestro planeta.
Pero como todos somos libres de elegir sanadores, y sobre gustos no hay nada escrito, elijamos lo que elijamos, yo recomendaría hacerse un chequeo por profesionales de la medicina oficial de vez en cuando para observar si nuestra dolencia progresa hacia la curación o está empeorando. Normalmente, cuando uno se pone en manos de estas personas profesionales de la sanación, se nos aconseja que no nos apliquemos ningún otro remedio aparte de aquellos incluidos en su terapia, pues podríamos perturbar su proceso sanador. Esto hasta cierto punto es lógico, diferentes terapias pueden ser incompatibles. Pero lo que sí podemos hacer, sin perturbar en absoluto la sanación, es hacernos una revisión médica de la dolencia que estamos intentando curarnos. Sin embargo, aunque parezca extraño, esto no se suele hacer. Primero porque la persona que ha solicitado una sanación es porque ha perdido la confianza en la medicina oficial, y no se fía ni de que le miren el pulso; y, segundo, porque hacerse un chequeo significa que se duda de los resultados de la sanación, y eso puede suponer una merma en la fe necesaria para la curación milagrosa, y un insulto a las fuerzas divinas que le están intentando curar a uno. Hay muchas personas profesionales de la sanación que se ofenden si a sus pacientes se les ocurre hacerse un análisis de sangre o mirarse la tensión para ver como progresa la enfermedad de la que están intentado curarse. Si es éste nuestro caso, podemos hacernos la revisión médica a escondidas, como ya aconsejé en el capítulo del ayuno. Ya sea de una forma o de otra, la revisión no sólo me atrevo a aconsejarla sino que la considero obligada, sobre todo si nos estamos intentando curar de dolencias graves. Si la curación marcha bien, los resultados del chequeo nos lo confirmará, y, si estamos empeorando, también nos lo confirmará. Se puede pensar que no es tan necesaria la revisión médica como afirmo, pues, las personas notamos cuando nuestro organismo mejora o empeora. Esto es cierto, pero también es cierto que los profundos niveles de sugestión, que se nos pueden inducir en las sanaciones, nos pueden hacer pensar, e incluso sentir, que estamos mejorando, cuando en realidad estamos empeorando. Como ya comentamos cuando hablamos sobre los indicadores del rumbo, un argumento típico, de este tipo de sanaciones, es que previamente a toda curación se produce un empeoramiento. Esto sucede muy a menudo en estas curaciones, es como una crisis que se produce al iniciar la terapia, que incluso se interpreta como un síntoma de que el tratamiento está empezando a ser efectivo. Yo vuelvo a insistir en que abandonemos la sanación si el empeoramiento se alarga demasiado. Es muy corriente observar en el seno de sectas con cariz sanador ―que son la mayoría― a muchos de sus miembros asegurar que su proceso curativo espiritual va de maravilla, pues se encuentran cada día peor. Se dan todo tipo de explicaciones esotéricas al incremento de sus males. Incluso si el fanático paciente es creyente en la reencarnación y en el Karma, puede permanecer sufriendo toda su vida enfermedades y crisis curativas sin mover un dedo fuera de las terapias esotéricas que él conoce, considerando sus dolencias como naturales consecuencias del Karma, padecimientos que soportará estoicamente durante toda su vida, y aún pensará que necesitará de más vidas padeciendo para terminar de pagar su deuda Karmica. Esto no es serio, pero sucede muy a menudo. Y cuando alguna de las personas, sumergidas en semejantes padecimientos sanadores, pierde la fe, despierta de la pesadilla y decide abandonar tan penosa terapia, se le suele aconsejar que no lo haga, pues abandonar la sanación en un momento tan crítico es muy perjudicial para la salud (y sobre todo para el bolsillo del sanador o para el prestigio de la secta sanadora).
No vamos a negar que algo de razón tienen los sanadores con todos estos argumentos, pero nunca hemos de olvidar que la salud es nuestra responsabilidad. Por ello, no debemos de dejar a un lado nunca las revisiones médicas cuando estemos llevando dichos tratamientos. Si nos estamos curando, nos darán una alegría cuando nos den los resultados de los análisis, y, si no es así, tiempo tendremos para tomar otras decisiones. Ya son demasiados los casos de personas que, por confiar ciegamente en cierto tipo de sanación y no hacerse revisiones médicas, acabaron en el hospital en peor estado que estaban cuando abandonaron la medicina oficial.
Sé que para las personas que confían su curación a las divinidades, dudar de ellas es casi un sacrilegio. Creen en sus sumos sacerdotes cuando les dicen que pueden curarlos, creen en ellos incluso cuando les aseguran que sus enfermedades son producto de espíritus malignos, y que para curarse necesitan un exorcismo.
EL
EXORCISMO
Cuando la sanación se realiza en al dimensión espiritual es porque se
considera la enfermedad del cuerpo como un reflejo de la enfermedad del alma, en
muchos casos producida por algún maligno espíritu que se intentará expulsar
de la víctima enfermiza. Sanaciones
que se están haciendo muy populares por realizarse a menudo en agrupaciones,
con gran alboroto emocional, durante los rituales religiosos que las acogen.
El principal cuidado que hemos de tener, si hemos escogido este tipo de
sanación, es en las etapas previas a la curación, cuando se nos está
diagnosticando el mal que tenemos; porque
como se nos diagnostique que nuestra enfermedad es producida por un terrible
demonio, es posible que al sacarlo de nuestro cuerpo nos saquen también a
nosotros. Se están dando casos de
exorcismos realizados por “sanadores” con resultado de la muerte del
paciente. Auténticas carnicerías,
baños de sangre realizados por chapuzas exorcistas, que destrozan el cuerpo del
paciente al hurgar brutalmente en él en busca de un demonio que probablemente
ni existe.
Toda secta achaca sus males a las fuerzas maléficas del inframundo.
Idea muy peligrosa cuando se cree que esas fuerzas están encarnadas en
algún individuo o grupo de individuos, pues se emprenderá una guerra santa
contra ellos. También es típico
que las sectas se mantengan en una lucha constante contra los estamentos
sociales que ostentan el poder calificándolos de demoniacos, incluso países
con cierta tradición religiosa pueden emprender una guerra contra otros países
de diferentes creencias por considerarlos nidos de fuerzas satánicas.
Estas aptitudes agresivas son muy peligrosas, han sido siempre la causa
de terribles guerras.
Y, como todavía la ideología exorcista continúa vigente en los
ambientes espirituales de los países desarrollados, su peligrosidad permanece,
porque, aunque nuestras leyes y sistema policial ya no permitan guerras santas
entre grupos, sí que se permite la sanación de cariz exorcista practicada por
aquellos sanadores que creen que esas fuerzas o esos demonios se han encarnado
en una persona. Lo que permite
iniciar terribles procesos de exorcismo que en ocasiones han terminado matando a
la persona afectada.
Cierto es que los casos extremos con resultado de muerte se dan en
contadas ocasiones, pero no está de más no bajar la guardia si estamos
llevando a efecto algún tipo de terapia espiritual con connotaciones
exorcistas. Si nos hemos metido en
un proceso de curación semejante y vemos que están desarrollándose los
acontecimientos como acabo de exponer, antes de llegar al fatídico final, hay
que abandonar la trágica terapia. Y
si la persona o personas que nos están tratando insisten en sacarnos el mal del
cuerpo en contra de nuestra voluntad, no se debe dudar ni un momento en acudir a
la policía. Más vale vivir con un
demonio a cuestas que no vivir; porque lo más probable es que el demonio no
exista sino en la mente de aquellos que lo necesitan para seguir manteniendo su
profesión de sanadores exorcistas.
Cuando
un personaje o personajes se escenifican en la realidad virtual espiritual de
una religión u otra vía espiritual es porque, habitualmente, les da cuerpo algún
tipo de fuerza psíquica o situación especial muy humana.
Podríamos decir que el dios benevolente que reina en nuestra civilización
encarna ciertas fuerzas positivas del hombre, y el demonio fuerzas negativas.
El exorcismo se produce cuando estas dos fuerzas opuestas del hombre se
encuentran, y las fuerzas del bien intentan imponerse a las fuerzas del mal.
Entonces se produce una resistencia al cambio.
Los seres humanos tenemos aspectos del bien y del mal en nuestro interior
en un equilibrio inestable, en pugna constante.
Cuando una persona se sumerge en una experiencia de lo sagrado, si lo
hace bruscamente, sin seguir un proceso lo suficientemente lento como para
asimilarlo con naturalidad, vivirá una crisis de rechazo hacia el nuevo estado
interior, que incluso podrá ser convulsiva.
Entonces tendremos lo que llamamos un exorcismo.
En este estudio estamos denunciando el error que supone creer que son
reales los personajes o fuerzas espirituales, pero no los estamos considerando
creaciones banales de la mente humana, como ocurre muy a menudo, incluso por
algunos profesionales de la psicología, que llegan a afirmar que tanto dios
como el diablo son creaciones de la imaginación del hombre para quitarse culpas
y eludir responsabilidades, sin más consecuencias.
Nosotros
nos inclinamos por pensar que los personajes de las realidades virtuales
espirituales son producidos por impulsos psicológicos muy profundos y muy
reales, no por banales caprichos de fantasía.
El que no hayamos llegado todavía a conocerlos en profundidad, no nos da
derecho a negar la realidad que esconden. Sabemos
que el dios del rayo fue una creación de la mente religiosa del hombre prehistórico;
pero, aunque el rayo no sea un dios, continúa achicharrando a todo el que le
cae encima.
Nuestro
desarrollo científico nos ha permitido reconocer que las propiedades místicas,
que nuestros antiguos atribuían al dios del rayo, no son sino producto de su
ignorante imaginación calenturienta; sin embargo, las propiedades físicas
continúan vigentes, y continuarán siéndolo mientras sigan cayendo rayos sobre
la tierra. Con esto quiero decir
que tras cada creación de entidad o circunstancia de los mundos virtuales
espirituales, se esconde una realidad que no podemos ignorar aunque no la
hayamos reconocido científicamente. A
mi entender, está más cerca de la verdad aquel que cree en dios o en el diablo
que quienes piensan que tras ellos no hay nada.
A estas entidades virtuales las han creado unas pulsaciones psicológicas
o espirituales de indudable fuerza e importancia.
Que no las conozcamos científicamente, no quiere decir que no existan.
Estamos de acuerdo en que las realidades virtuales espirituales y sus
personajes son creaciones de la mente humana, ¿pero qué hay detrás de esas
creaciones?, ¿qué impulsos psicológicos
les dan vida?
No hay otra forma de responderse a estas preguntas que reconociendo las
vivencias espirituales puras. Algo
que podemos conseguir observando cómo se produce en nosotros el proceso de
atribuírselas a diferentes personajes o a diversas características de los
mundos espirituales.
Este análisis comparativo, antiguamente, no era apenas posible llevarlo
a efecto, pues las personas espirituales, no tenían otra opción de desarrollar
su espiritualidad que en la religión dominante del país donde hubieran nacido.
Pero, en la actualidad, una persona puede obtener vivencias religiosas
semejantes en el seno de diferentes credos, lo que le permite separar por un
lado la misma vivencia de lo sagrado y por otro lado las distintas creencias
religiosas que la envuelven. Algo
que nos permite comprobar que una misma vivencia puede estar representada
virtualmente de muchas formas en las diferentes realidades virtuales
espirituales que puedan existir. Lo
que nos hace sospechar que la vivencia es algo real, mientras que la creencia en
el personaje, o circunstancia virtual donde podemos asentarla, son creaciones de
la mente, pues varían de una realidad virtual a otra, según la religión o vía
espiritual que estemos siguiendo.
Y como hemos sido capaces de llegar a conocer la auténtica naturaleza
del rayo y a descartar todas las falsas elucubraciones mentales que el hombre
antiguo hacía sobre él, quizás algún día seamos capaces de llegar a conocer
la auténtica naturaleza tanto de dios como del diablo, después de descartar
todas las abundantes y falsas elucubraciones mentales que el hombre ha hecho
siempre sobre ellos.
A las personas que nos ha tocado experimentar a dios y al diablo, en
diferentes métodos de realización espiritual o religiones, nos cuesta menos
separar la experiencia de la creencia que a las personas que se mantienen en una
creencia de por vida. He llegado a
conocer tantas personificaciones de manifestaciones divinas y demoníacas que,
ya instintivamente, no les doy gran importancia a estos personajes virtuales, mi
interés se centra en la esencia que ellos representan y transmiten, y en
nuestra capacidad de gozar lo divino o en nuestra fatalidad de sufrir lo demoníaco.
El exorcismo es el resultado del choque de estas dos tendencias humanas opuestas entre sí. A medida que seamos capaces de observarlas en esencia, y de controlar su manifestación en nosotros, irá desapareciendo la teatralidad dramática que habitualmente envuelve a este tipo de sanaciones. Existen vías de realización espiritual y maestros o gurús que son capaces de enseñarte a sumergirte en lo sagrado sin necesidad de desmayos, ni de ataques epilépticos. Su capacidad de iniciarte en el conocimiento de lo divino es de suficiente calidad como para que en el seno de su enseñanza no se produzcan extraños aspavientos sensacionalistas de grandes exorcismos.
Un exorcismo es también consecuencia de un elevado grado de relajación
conseguido de forma excesivamente rápida que la paz divina puede producir en el
individuo que la experimenta. Como
comenté en el capítulo de la relajación, relajarse es liberar las tensiones
inconscientes y los impulsos psicológicos que las produjeron.
Toda vivencia intensa de lo sagrado implica una profunda paz, una
profunda relajación, de esta forma nos liberamos de todo aquello que no
aceptamos de nosotros, abrimos la caja de Pandora, y los impulsos psicológicos
reprimidos que generan las tensiones inconscientes pueden tomar forma en las
realidades virtuales espirituales en forma de demonios, que al expulsarlos tan rápidamente
de nuestro cuerpo armarán la marimorena.
Si la paz divina experimentada es de suficiente calidad, penetrará en
nosotros progresivamente y podremos asimilarla, a la vez que nos ayudará a
integrar todo lo reprimido que desprende de nosotros, sin producirnos las
escandalosas crisis típicas del exorcismo muy difíciles de digerir.
Muchas personas han escogido el exorcismo como sanación por el
sensacionalismo que encierra. Las
indudables fuerzas esotéricas, que se manifiestan durante un exorcismo,
alimentan la fe en aquellos creyentes que se dejan deslumbrar por las
convulsiones físicas que puede producir el impacto de lo sagrado arrojado
violentamente sobre los individuos.
Para
concluir este capítulo, solamente recordar que un auténtico crecimiento, ya
sea físico o espiritual, siempre se produce de forma imperceptible.
Todo lo demás es un espectáculo circense atractivo para
aquellas personas que creen en las ilusiones de los magos de las
realidades virtuales espirituales.
LAS
MEDICINAS ALTERNATIVAS
Los sistemas de curación, que se encuadran en las llamadas medicinas
alternativas, se encuentran entre la sanación y la medicina oficial; unas se
aproximan a las técnicas curativas comentadas en los anteriores capítulos, y
otras se acercan a la medicina oficial debido a la rigurosidad y seriedad de sus
procedimientos curativos. Entre
estas últimas se encuentran la acupuntura, la homeopatía y la osteopatía;
incluidas en el cajón de sastre del naturismo por tratarse de métodos
curativos llamados naturales, en los cuales también se incluyen otras
diferentes terapias que utilizan elementos de la naturaleza, como son las
famosas plantas medicinales, el agua, el barro, dietas vegetarianas, macrobióticas,
el ayuno, etc.
Los
médicos naturistas han tenido una gran aceptación en los últimos años.
Pero sucede que en muchos de los países desarrollados no están
regulados oficialmente, lo que propicia que cualquiera pueda colgarse un título
de una especialidad sin apenas haberla estudiado, a pesar de que muchas de estas
disciplinas terapéuticas necesiten ser estudiadas durante años, como si de
unos estudios universitarios de medicina se tratara.
Por lo tanto, nos podemos encontrar con doctores titulados en la misma
especialidad pero con grados de estudio muy diferentes: mientras unos han
conseguido su título a base de hincar los codos durante años, a otros se lo
han podido dar en un par de cursillos. Para
solventar este problema de diferencias, estas nuevas vías de medicina
alternativa tienen sus propias titulaciones, donde queda bien claro el nivel de
estudios del especialista. Pero,
como estos niveles no son de dominio público, la persona que busca curación
suele dejarse guiar por el título genérico de la disciplina sanadora sin
prestar atención a estos detalles, por lo que es frecuente terminar en manos de
un inexperto.
No
olvidemos ser muy precavidos a la hora de elegir a un terapeuta de este tipo.
No podemos dirigirnos a él con la misma confianza que cuando vamos a un
médico oficial. Hay que esmerarse
en leer la letra pequeña de todos los títulos que puede llegar a ostentar el
sanador en la pared del despacho de donde pasa la consulta: conviene recordar
que un solo título, que avale unos estudios de varios años, es mucho más
valioso que un montón de títulos conseguidos en cursillos de fines de semana.
Y si el terapeuta está doctorado en medicina, es médico oficial, mucho
mejor; pues aunque esto no nos garantice que sea un buen profesional de la
medicina alternativa que practique, al menos tendrá unos estudios
universitarios que le habrán enseñado una ciencia valiosísima a la hora de
jugar con nuestra salud.
A
diferencia de cuándo el naturismo irrumpió en nuestra sociedad, en guerra con
la medicina oficial, en la actualidad ya se están calmando un poco las aguas, e
incluso se puede hablar en muchos casos de sabias alianzas para beneficio
nuestro. La medicina tradicional
tomó buena nota de las furibundas críticas que el naturismo hizo sobre ella
hace unas pocas décadas, y una vez corregidos muchos de sus errores, incluso ha
sido capaz de aliarse con su fiero enemigo, tomando de él lo más esencial de
su filosofía naturista. Y, a su
vez, el naturismo ha hecho otro tanto: envainada su espada pendenciera, está
aprovechando los indudables conocimientos de la medicina científica para
enriquecer su ideología naturista.
Hace
treinta años, mi condición de persona enfermiza, me obligaba a recibir
frecuentemente tratamientos de la medicina oficial.
La frecuente ingestión de fármacos, de dietas erróneas y de
intervenciones quirúrgicas, a la vez que me estaban curando de mis
enfermedades, me generaban otras que mi debilitado organismo apenas podía
soportar. La abundante
administración de fármacos, en especial de antibióticos, estuvo a
punto de acabar con mi vida.
Guiado
por el instinto de supervivencia, acudí a las medicinas alternativas (incluido
el yoga), que progresivamente terminaron por devolverme la salud.
Entre sus consejos “naturales” me decían que huyera de la medicina
oficial como si de la peste se tratara. Algo
que no dudé en llevar a efecto, a pesar de que me creaba algunos problemas,
porque cuando caía enfermo y necesitaba la baja laboral, tenía que acudir al médico
de la Seguridad Social. Al final,
durante los años que duró mi rehabilitación naturista, estuve acudiendo a la
consulta médica oficial exclusivamente para recibir la baja laboral cuando la
necesitaba; el tratamiento que me ponía el doctor no lo seguía, y las
medicinas que me recetaba las tiraba a la basura.
A la vez que seguía el tratamiento de médico naturista que me estuviera
tratando en ese momento.
En
la actualidad las cosas han cambiado notablemente, la medicina oficial ha
corregido muchos de sus errores, de tal forma que hoy no dudo en acudir a mi médico
de cabecera de la Sanidad Pública y seguir su consejo cuando tengo alguna
dolencia, pues observo con alegría cómo me receta alguno de aquellos viejos
consejos de nuestras abuelas, muy naturales, cuando no es necesario intoxicarse
con medicación alguna.
Es
de agradecer la influencia de naturismo que la medicina oficial ha permitido
colarse en su vieja rigidez científica. A
la vez que también es de agradecer la merma del fanatismo en las filas
naturistas.
En
los primeros años de guerra entre la medicina oficial del naturismo,
innumerables pacientes fallecieron en manos de naturistas que podrían haber
sido curados por la medicina oficial. Hoy
es de agradecer a muchos médicos naturistas, que reconociendo sus limitaciones,
no dudan en mandar a sus pacientes a quienes fueron sus viejos enemigos cuando
observan que, por ejemplo, con una intervención quirúrgica se puede extirpar
un cáncer que ellos difícilmente podrían curar.
Sin
embargo, hemos de tener en cuenta que hoy todavía algunos naturistas continúan
en pie de guerra contra la medicina oficial, por ello insisto en que nunca está
de más hacerse de vez en cuando una revisión médica, por los especialistas de
la sanidad pública, mientras nos estemos tratando con alguno de esos
naturistas. No vaya a ser que
acabemos siendo víctimas de una guerra que no va con nosotros.
Y
a los partidarios de la medicina oficial no les vendría nada mal hacerse una
revisión naturista de vez en cuando. La
ciencia médica no es perfecta, y el naturismo nos puede dar una visión
diferente de nuestros males que puede ayudarnos a remediarlos.
Las revisiones naturistas son muy sencillas de hacer, no son complejas ni
dolorosas como muchas de la medicina oficial, con estudiar el iris del paciente
suele ser suficiente para dar un diagnostico del estado general.
No
está nada mal contrastar pareceres de diversos profesionales respecto a nuestra
salud. Cuanto más practiquemos una
medicina preventiva mejor, ya sabemos que más vale prevenir que curar.
Aunque esto nos exige el esfuerzo añadido de elegir una terapia u otra,
algo que no sucedería si fuésemos a un solo médico o usáramos una sola
medicina. No está nada mal tomar
una responsabilidad más directa en el mantenimiento de nuestra salud.
Es muy lamentable observar como ciertas personas responsabilizan de su
salud a los médicos o a un tipo de medicina mientras ellos continúan sin
abandonar los hábitos que les están produciendo las enfermedades.
Tomar responsabilidad directa en nuestra curación, sobre todo si además
hemos acudido a las medicinas alternativas y nos está costando dinero, nos
obliga a tomar una parte más activa en el mantenimiento de nuestra salud, algo
que es muy saludable.
Incluso
los gobiernos de los diferentes países están empezando a ver con buena cara a
las medicinas alternativas, pues están ayudando a desahogar sus cargados
presupuestos de Sanidad Pública.
Ahora
bien, conviene reseñar que ningún tipo de medicina es una panacea, a pesar de
que muchas de las medicinas alternativas se anuncien como tal.
No voy a negar que cuando me inicié en mis tratamientos por el naturismo
creí haber descubierto un filón que me daría la salud para siempre, pero el
paso de los años me está demostrando que nuestros males se pueden llegan a
inmunizar ante los métodos terapéuticos que en el pasado nos curaron.
Esto es algo semejante a lo que sucede cuando los virus o las bacterias
se inmunizan ante los antibióticos que en otro tiempo consiguieron combatirlas.
Por ello es conveniente tener siempre a mano otra medicina alternativa, otro método
curativo, para no cesar en la lucha contra las enfermedades.
La
razón por la cual algunas enfermedades se resisten a ser curadas quizás la
encontremos en las profundidades de nuestra mente.
La relación entre nuestros pensamientos y nuestro cuerpo cada vez está
siendo más reconocida. Modernas
investigaciones de la psicofísica están demostrando que muchas de las
enfermedades son producidas por actitudes mentales.
Me temo que si seguimos tratando la enfermedad solamente a un nivel físico
no haremos otra cosa que desplazarla de un lugar a otro del cuerpo, o tendremos
salud hoy pero nos faltará mañana. En
el libro “La enfermedad como camino” tenemos un interesante estudio al
respecto, con consejos para actuar ante las enfermedades.
Yo
apuesto por estas modernas líneas de investigación que están descubriendo cómo
en lo más profundo de nuestra mente inconsciente existen ciertos tipos de
pensamientos que nos están robando la salud.
La moderna psicología científica está demostrando que nuestra mente
actúa de forma semejante a un ordenador. Digamos
que las enfermedades estarían producidas por códigos o profundos programas dañinos
para el sistema central que regula la salud del cuerpo.
Ojalá pronto seamos capaces de solucionar los problemas de nuestra mente
para poder beneficiar la salud de nuestro cuerpo.
Seguro que los gobiernos estarían encantados de que así fuera.
Pues las recetas de la Sanidad Social les saldrían muy baratas, ya que
solamente se le recetaría al paciente pensar de forma diferente.
LA
REENCARNACIÓN
Como acabamos de ver en los anteriores capítulos, cada creencia
espiritual trata a las enfermedades a su manera: después de deducir en su sueño
particular su origen, las presentan como si fueran cualquier otro elemento de
sus realidades virtuales espirituales. Recordemos
el concepto sobre el origen de las enfermedades que se tiene en las religiones
derivadas de las enseñanzas bíblicas, donde se afirma que la enfermedad es
consecuencia del pecado original de nuestros primeros padres.
Los creyentes en la reencarnación tampoco se quedan mancos a la hora de
inventarse el porqué de las enfermedades.
Nos dicen que son consecuencia de nuestro mal Karma, originado por la
suma de nuestras malas acciones a lo largo de nuestras innumerables vidas, que
nos las debimos pasar dándonos a la gran vida sin pensar demasiado en las
consecuencias.
Y para alcanzar la salud, según nos dicen unas u otras creencias, hemos
de sufrir alguna especie de expiación sanadora, pasando por una obligada práctica
de la virtud, sanadora también. Así
purgamos nuestros pecados, según las creencias bíblicas, y, por la gracia de
dios, nos librarnos de las terribles consecuencias enfermizas del pecado
original. Y, según la teoría de
la reencarnación, con la práctica de las virtudes nos curamos de las
consecuencias de nuestras malas vidas pasadas, compensando en ésta los excesos
que realizamos en las otras. Así
sanamos nuestro karma, reduciendo los números rojos de la deuda que tenemos con
la vida, según ellos, claro está.
Mas nuestras enfermedades no solamente pueden ser consecuencia del karma
según la teoría de la reencarnación, también pueden ser debidas a traumas
heredados de otras vidas. Si está
demostrado que los traumas de la infancia nos afectan a lo largo de nuestra
vida, ¿cómo no nos iban a afectar los de las vidas pasadas?
Y, de la misma forma que el psicólogo se esfuerza por revivir los
traumas de la infancia de sus pacientes para sanarlos, los psicoterapeutas de la
reencarnación, a través de la hipnosis, se esfuerzan también por revivir los
traumas de otras vidas de sus pacientes para sanarlos.
Por supuesto que semejante terapia no es científica ni está aceptada
oficialmente por la psicología, a pesar de que en algunos países se estudie en
las universidades. Muchos psicólogos,
profesionales de la hipnosis, creen que las regresiones a otras vidas son
imaginaciones inducidas tanto por el paciente como por el psicoterapeuta.
Aun así, las regresiones a vidas pasadas se están haciendo muy
populares, no sólo para efectuar sanaciones, sino como investigación de
nuestro supuesto pasado prenatal. La
teoría de la reencarnación ha dado respuestas, más o menos convincentes, a
muchas de las preguntas sobre nuestra existencia.
Pero también, como suele suceder, nos ha traído nuevas preguntas que
somos incapaces de responder.
Yo, como tengo por costumbre, discrepo; y no creo que la teoría de la
reencarnación nos muestre exactamente lo que realmente sucede con las almas de
los mortales. La transmigración de
las almas (al igual que el acabar en un cielo o en un infierno) no creo que sea
otra cosa que producto de viejas realidades virtuales espirituales.
Ya en civilizaciones antiguas se creía en la transmigración de las
almas, sin ponerse muy de acuerdo en el lugar de dónde venimos, ni a dónde
vamos, ni en qué nos reencarnamos después de la muerte cuando se asegura que
volvemos a este mundo; pues unos dicen que nos vamos a mundos más sutiles,
otros que pasamos a animales, o incluso a plantas.
La teoría más aceptada actualmente es que nos volvemos a reencarnar en
otras personas.
Como venimos deduciendo, las realidades virtuales espirituales
escenifican profundas fuerzas de nuestro inconsciente colectivo.
No son vanas fantasías sin justificación alguna, sino que nos muestran
facetas de nuestras profundidades de diferentes formas, como si se tratara de
diferentes tipos de sueños que nos muestran mensajes psicológicos semejantes.
Cuando dormimos, nuestro subconsciente puede escenificarnos mediante sueños
distintos una misma vivencia psicológica.
Si somos capaces de descifrar su mensaje onírico, habremos obtenido un
resultado eminentemente práctico de unos sueños.
Las realidades virtuales espirituales, aunque sean muy diferentes entre sí,
nos muestran semejantes aspectos de nuestras profundidades.
Llegar a interpretar los mensajes que nos transmiten, intentar descifrar
su sentido profundo es uno de los empeños de este estudio.
La trasmigración de las almas que proclaman muchas creencias pone de
manifiesto un anhelo intemporal del hombre, una soñada infinitud de nuestra
existencia, un revelarse ancestral contra la fatalidad de la muerte.
La infinitud temporal es reivindicada tan a menudo, y de tan diversas
formas, en los caminos espirituales, que todo parece indicar que nos pertenece
por derecho propio. En mi opinión,
las creencias que proclaman nuestra naturaleza eterna, no lo hacen únicamente
por huir del miedo a la muerte, por pretender zafarse de nuestro terrible final
corporal, como muchas personas incrédulas en el más allá afirman.
Son tan insistentes los sueños esotéricos de eternidad en los caminos
espirituales, que no cabe duda de que algo muy importante nos están mostrando
sobre nosotros, todavía desconocido.
El ser humano no ha cesado nunca de imaginar, de soñar y de creerse, la
eternidad de su vida de multitud de formas.
Conocemos muchos sueños de eternidad, pero no conocemos nuestra realidad
eterna. En las realidades virtuales
espirituales nos encontramos con muy variadas escenificaciones de nuestra
naturaleza profunda, creencias diversas con tal grado de contradicciones que nos
resulta muy difícil descifrar la auténtica realidad que las origina.
Pero, aun así, lo seguiremos intentando.
Podemos continuar nuestras investigaciones estudiando la influencia de
las realidades virtuales espirituales en nuestra vida material.
Ya sabemos que según sean tratadas por las fantasías esotéricas las
fuerzas esenciales que las originan, se obtendrán de ellas unos u otros
resultados prácticos, todo depende de la realidad virtual espiritual donde el
creyente deposite su fe. Recordemos
como el ejemplo más significativo a los milagros, muestras físicas
indiscutibles para el creyente de que su fe está más que justificada.
La creencia en la reencarnación también produce resultados
eminentemente prácticos: los efectos sanadores de las regresiones a otras vidas
son indudables para el creyente en la reencarnación, y muy valiosos para
comprender su vida actual: consecuencia de sus supuestas vidas anteriores.
Estas terapias son semejantes al psicoanálisis de los sueños, con la
diferencia de que el creyente en la reencarnación no considera sueños las
visiones que obtiene de sus vidas anteriores.
No vamos a entrar en detalles sobre las particularidades de la
reencarnación, existe abundante literatura sobre ello para todo aquel que desee
introducirse en el hipotético pasado que nos brinda.
En lo que sí vamos a centrarnos ―como
tenemos por costumbre― es en los aspectos fraudulentos de está realidad
virtual espiritual. Como en
cualquier otra fantasía esotérica, la principal trampa en la que podemos caer
es en creer en ella ciegamente, en no considerarla como lo que es: un sueño
espiritual, una escenificación de nuestras fuerzas y circunstancias ocultas.
Cuando comencé a iniciarme en el conocimiento de está filosofía quedé
fascinado por ella, pues nos ofrece ―como toda realidad virtual
espiritual― una visión muy convincente de nuestro supuesto existir antes
de nacer y después de morir. Todo
parecía encajar, mi vida era resultado de mis otras vidas pasadas, en mis
regresiones pude contemplarme en otras vidas, y encontré explicación para las
circunstancias de mi vida actual. Tan
fascinante me resultaba aquello que puse en marcha todo mi espíritu
investigador. Era necesario
afianzar lo descubierto con toda mi capacidad de indagación experimental, no
porque lo pusiera en duda, sino porque mi mentalidad siempre me ha exigido una
comprobación rigurosa del grado de ilusión o de realidad de lo descubierto.
Y
bien es cierto que no es buena idea ponerse a investigar con cierto espíritu
científico a las realidades virtuales espirituales cuando uno se encuentra a
gusto en ellas, pues acaban desmoronándose como castillos de naipes.
Siempre se le ha aconsejado al creyente que, si no quiere perder la fe,
deje a un lado la razón ante los misterios de las verdades reveladas.
Pero yo nunca pude evitarlo, y siempre fui de una realidad virtual a otra
esperando que alguna de ellas dejara de ser virtual y fuera real; mas siempre,
al final, acababa defraudado por el elevado grado de irrealidad de estas
creaciones de la mente humana.
Cuando
estudiemos los mensajes del más allá, base fundamental de las realidades
virtuales espirituales, veremos que son inducidos por impulsos psicológicos no
tan divinos ni tan reales como los considera el creyente en ellos.
Y en el caso de las regresiones a otras vidas sucede otro tanto.
Si el creyente en la reencarnación se empeña en demostrar que su
anterior vida sucedió de cierta manera, no cabe duda que todas sus regresiones
le hablarán de ella según él se la imagine.
Pero si observa fríamente los mensajes que le llegan de su hipotético
pasado prenatal, sin aferrarse a ellos ni pretender sellarlos como creencia
indudable, empezará a observar que no son otra cosa que explicaciones que
nuestra mente nos da para satisfacer nuestras ansias de explicarnos de dónde
venimos y a dónde vamos, películas de vidas pasadas que no son otra cosa que
sueños producidos por las circunstancias que vivimos en esta.
Con esto quiero decir (y siento discrepar con los creyentes en la
reencarnación) que ésta, nuestra vida presente, no es consecuencia de nuestras
pasadas vidas, sino que nuestras vidas pasadas, que nos muestran las
regresiones, son consecuencia de las circunstancias que vivimos en ésta.
Llegar a esta conclusión es muy sencillo: solamente es necesario cambiar
lo más posible las circunstancias de nuestra vida actual para observar cómo
cambian los mensajes que nos puedan llegar de nuestras vidas pasadas.
Una
buena forma de comprobarlo es cambiando de secta o religión de creyentes en la
reencarnación, si es que ya estamos en alguno de estos grupos esotéricos; de
esta forma veremos como no solamente son nuestras circunstancias individuales
las que afectan a las películas que nos llegan de nuestras vidas pasadas, sino
que también el grupo cultural al que pertenezcamos influencia sobre los
mensajes de nuestro pasado remoto que nos puedan llegar; de la misma forma que,
si nuestras regresiones son asistidas, también se verán influenciadas por la
persona que nos esté ayudando.
Estas
influencias, ya sean nuestras o de los demás, crean y recrean nuestras vidas
pasadas. Creaciones al servicio, en
muchas ocasiones, de los intereses, instintos y pasiones más miserables del
hombre. Por lo tanto, llegados a
este punto, hemos de poner otra señal de peligro en nuestro paseo por los
caminos sectarios. La cultura de la
reencarnación, como cualquier otra cultura religiosa o esotérica basada en una
realidad virtual espiritual, puede convertirse en una peligrosa trampa, donde
oscuros intereses de grupo o individuales se disfrazan de virtuosismos
espirituales, engañando a los creyentes.
Veamos
unos ejemplos prácticos: si se pertenece a un grupo de creyentes en la
reencarnación, las noticias que nos lleguen sobre nuestras vidas pasadas, ya
sea a través de nuestras propias regresiones o de los mensajes que nos
transmitan los videntes del grupo, estarán influenciadas por las creencias
espirituales del grupo, es decir: si
en el grupo se practica algún tipo de chamanismo ―por ejemplo― sus
miembros serán indios reencarnados de antiguas tribus, importantes brujos de
otras épocas que han venido a esta vida para volver a reunirse y volver a
intentar salvar al mundo, ya que se conoce que antes no lo consiguieron.
Esto, como se podrá comprender, afianza más los lazos de hermandad
sectarios, ata a sus miembros entre sí, pues se considerarán eternos compañeros
de viaje en el tiempo siempre unidos a través de la Historia.
Por lo tanto, la ideología de la reencarnación les ha venido como
anillo a dedo a las sectas por lo que puede llegar a reforzar la unión entre
sus miembros. Tampoco es
infrecuente que se visualicen en sus regresiones lazos familiares entre ellos en
otras vidas. Si me piden que
levante acta de las personas que se han declarado familiares míos en otras
vidas, no sería capaz de hacerlo debido a su elevado número.
Claro está que si ahora alguien viene diciéndome que es un antiguo
primo mío, que convivió conmigo allá por el medievo, y que le devuelva los
maravedíes de oro que me prestó por aquella época, no puedo sino tomármelo a
broma. Pero no es una broma.
La persona novata en estas lides, o aquella que lleva años creyendo en
la reencarnación sin realizar minuciosos análisis comparativos, se cree a pies
juntillas todo lo que le dicen y todo lo que visualiza.
Y es realmente impresionante recibir la noticia de que una persona, a la
que no conoces de nada, haya sido tu padre en tu vida pasada, o tu madre o tu
hermano o tu cónyuge; y a partir
de ahí no es difícil imaginarse todo tipo de manipulaciones emocionales que se
pueden realizar sobre quienes practican esta creencia.
Veamos
otros ejemplos: Cuando no le caes
muy bien a alguno de los miembros de este tipo de sectas, enseguida visualizará
alguna faena que le hiciste en otra vida, y así tendrá un pretexto más que
suficiente para desahogar su furia contra ti.
Él dirá que se siente iracundo contigo por aquello que le hiciste en el
siglo quince; pero la verdad es que esa historia no es otra cosa que un sueño
de su mente, mejor dicho: una pesadilla, producto de sus oscuras pasiones.
Y,
cuando la situación se produce a la inversa, no es menos molesta:
Se te puede acercar una persona a la que le caes muy bien, pero a la que
no conoces de nada, con intenciones de intimar contigo, con el pretexto de que
en la pasada vida fuisteis familiares muy íntimos o incluso cónyuges.
Claro, como esa visión la ha tenido él, o ella, siguiendo un método
infalible, o le ha sido revelada por uno de los importantes videntes del grupo,
uno no puede por menos que callarse. Lo
malo es cuando esa persona, por haber sido tu cónyuge en otra vida, por
ejemplo, se siente con el derecho de continuar siéndolo en ésta.
Incluso te puede llegar a decir que fuisteis Romeo y Julieta, y se siente
con pleno derecho a pedirte que continuéis vuestra vieja historia de amor que
la Historia se empeñó en truncar. Si
estas libre de compromiso, y esa persona te resulta agradable para vivir una
aventura amorosa, adelante, no hay problema para vivir la fantasía, pero si
tienes ya una pareja con la que no deseas romper, o la persona que te hace la
proposición esotérico-sexual te cae gorda, la situación puede ser bastante
embarazosa y molesta.
Esto
parece un chiste, pero no lo es. Nos
sorprenderíamos del elevado número de personas que se creen la reencarnación
de Romeo o de Julieta.
Insisto
en que estas creencias resultan muy impresionantes para quien se inicia en
ellas, además de ser un método de seducción y de captación de adeptos.
Es habitual que al recién llegado a la secta se le convenza de que es la
reencarnación de alguien importante, con facultades extraordinarias, un histórico
personaje relacionado con la vía espiritual que siga la secta.
Si se practica el chamanismo indio americano, te pueden decir que eres
Toro Sentado, porque te han visto, los videntes, en el pasado, en la estepa
americana junto a Caballo Loco. Pero
si la secta practica las creencias tibetanas, los videntes te verán en el siglo
doce caminado por las heladas cumbres del Himalaya como algún importante lama.
Y así podríamos continuar hasta el infinito.
La persona a la que le comunican semejantes noticias, por un lado se
siente sorprendida, pero por otro se siente halagada, engrandecida, seducida por
la idea de ser alguien importante, pues rara vez se le dirá que es una
reencarnación vulgar, ya que el hecho de estar en esa secta, formada por
“elegidos”, justifica que sea una reencarnación importante destinada a
continuar la obra que inició siglos atrás.
Muy
a menudo, para descubrir este tipo de engaños, es necesario andar durante
bastantes años por los caminos esotéricos, cambiar de grupos sectarios y no
cesar de investigar al respecto. Tengamos
en cuenta que la teoría de la reencarnación está basada en religiones
orientalistas de gran prestigio, y existen abundantes escrituras antiguas y
modernas destinadas a apoyar la veracidad de esta creencia.
Incluso se estudia en universidades de países donde abundan los
creyentes en la reencarnación, y donde se demuestra mediante minuciosos
estudios la veracidad de esta teoría. Por
nuestra parte solamente añadir, como ya venimos diciendo, que toda realidad
virtual espiritual afecta muy directamente a nuestra realidad, y que en todos
los casos es muy fácil encontrar señales en nuestro mundo de lo que creemos
sucede en el otro.
Insisto
en que la reencarnación no se trata de otra cosa que un sueño esotérico.
Cuando ya uno se ha cansado de vivirlo, y se ha aburrido de creerse ser
extraños personajes del pasado, entonces se despierta y se vuelve a ser la
persona normal que siempre se ha sido en el presente.
EL DESTINO
A quienes creen en la reencarnación y en el karma no les cabe duda de cuáles
son las fuerzas que dirigen nuestro destino: Las circunstancias de nuestro
nacimiento, el haber nacido en una familia rica o pobre, viene impuesto por la
severa ley del karma. Si has sido
bueno en tu vida anterior nacerás rico, y si has sido malo, nacerás pobre.
(Esto nos hace sospechar que está teoría fue una creación interesada
de los ricos de la antigüedad oriental, pues según se deduce de ella son poco
menos que santos).
Otras tendencias más modernas adscritas a la reencarnación están
empezando a devolver la libertad al individuo, y aseguran que el hombre siempre
es libre de elegir su destino, incluso antes de su nacimiento.
Aseguran que antes de nacer elegimos lugar, país y padres donde
reencarnarnos; siempre para beneficio de nuestra evolución espiritual,
naturalmente, pues, según dicen, somos espíritus puros antes de ser carne
mortal.
Yo
no consigo imaginarme esta situación prenatal, me da la sensación de que les
iba a resultar muy difícil a los ángeles, encargados de la distribución de
las almas por los cuerpos de recién nacidos, atender a todas las demandas de
los espíritus a la hora de escoger unas familias u otras; pues es de suponer
que unas serán muy solicitadas, mientras a otras no las querrá nadie.
También hemos hablado de que nuestro destino puede estar escrito en las
estrellas, sobre todo para aquellos que creen en la astrología.
Y no podemos olvidar que nuestro destino está sobre todo en manos de
dios, dirigente supremo de la vida de todo creyente religioso.
Aunque cuando dios tiene un representante en la tierra, un importante
mediador suyo, ya sea un gurú o un sumo sacerdote, será en sus manos donde
estará el destino de sus seguidores.
Vamos, que, después de conocer todo lo que puede influir en nuestro
destino, resulta muy difícil saber porqué nacimos aquí o allá, o qué
fuerzas son las que dirigen los pasos de nuestra vida y deciden el momento de
nuestra muerte. Aunque para los
creyentes eso es pan comido: según la realidad virtual espiritual en la que
crean, su destino estará dirigido por unas fuerzas o por otras, por una
divinidades o por otras, incluso por unos demonios o por otros.
De tal forma que al creyente le queda muy poco de libertad para dirigir
su futuro.
El
ateo tiene más suerte al respecto, pues, aunque no se sienta totalmente libre
para hacer con su vida lo que quiera, al menos no siente las limitaciones de los
creyentes. Pero, aunque la persona
religiosa tenga menos libertad, también le corroerán menos dudas respecto a su
destino, pues si éste está en manos de dios, no tiene que preocuparse por
nada: dios proveerá.
El elevado grado de sugestión que alcanzan los creyentes propicia que
estén convencidos de que su destino está en manos de aquello que consideran
influye directamente en sus vidas, ya sea un dios, una energía o un
conglomerado de dioses y energías, o un gurú.
Los bienes de la vida son concedidos por las deidades o fuerzas
benefactoras de la realidad virtual espiritual en la que se crea, mientras que
los males sufridos serán producidos por la ira de los dioses, por fuerzas
oscuras o demonios malignos, o sencillamente se considerarán pruebas divinas.
Lo sorprendente de esta situación estriba en que cuando una persona se
convierte en creyente de una realidad virtual espiritual, no sólo será a
partir de entonces cuando las fuerzas, dioses o demonios incluidos en su nueva
fe, influenciarán en su destino; sino que, además, la persona, al recordar
toda su vida, reconocerá cómo esas nuevas entidades, o energías que acaba de
conocer, estuvieron siempre presentes en su vida pasada, e incluso antes de
nacer. Y lo más sorprendente todavía
sucede cuando se pierde la fe en todo eso que se cree, y se vuelve a depositar
la confianza en otra realidad virtual espiritual diferente.
Entonces, todo en lo que se creía anteriormente pierde su poder sobre
nosotros, y se vuelve a realizar el mismo proceso anterior, reconociendo que son
nuevas fuerzas, nuevos dioses o demonios, los que ahora determinan nuestro
futuro e influyeron en nuestro pasado. Claro
está que si este proceso se repitiera varias veces más, uno empezaría a
sospechar que su destino es más bien cosa suya que de otras cosas en las que
uno quiera creer. Pero esto no es
frecuente que suceda, ya que no es habitual cambiar muy a menudo en la vida de
religión o de camino espiritual.
En los ámbitos más intelectuales, la psicología científica está empeñada
en demostrarnos que actuamos como ordenadores y que nuestro destino responde a
los programas de nuestra mente. Modernas
tendencias de esoterismo psicológico ―sin base científica alguna, claro
está― afirman que desde el momento en que nacemos, incluso ya desde el
período de gestación, estamos siendo moldeados por las circunstancias que nos
rodean, y programados por los pensamientos que recibimos de nuestro entorno.
Estas hipótesis pretenden demostrar que ya tanto el feto como el bebé,
aunque no sepan idioma alguno, ya nos entienden a la perfección.
De hay que tengamos a infinidad de modernas mamás hablando con su bebé,
incluso con el que todavía no ha nacido, enviándole pensamientos positivos
para que su hijo acabe siendo una persona radiante, programada en positivo para
ser feliz desde antes de su nacimiento.
No
cabe duda de que estas modernas tendencias prometen.
Solamente añadir al respecto por mi parte que el pensamiento positivo no
es un pensar desnudo, ha de estar impregnado de sensaciones positivas.
Con esto quiero decir que si un bebé está escuchando de su madre frases
positivas mientras ella está sufriendo por una u otra causa, seguro que el bebé
estará recibiendo con más claridad lo negativo del sufrimiento de su madre que
lo positivo del mensaje de sus palabras.
Estas modernas tendencias que nos dicen que nuestro pensamiento moldea
nuestro destino, forman una de las hipótesis más serias que explica porqué
nos suceden las cosas. Desde las
enfermedades, hasta cualquiera de las circunstancias que nos rodean, aseguran
ser producidas por nuestros pensamientos más profundos.
Lo problemático de esta creencia radica en saber cuáles son los
pensamientos negativos y en cambiarlos por otros positivos.
Yo he estado durante años realizando diferentes test para intentar
descubrir los pensamientos que moldearon mi vida y la continúan moldeando, y
una vez obtenidos los resultados de los test, iba sustituyendo los pensamientos
negativos por sus opuestos positivos. Estuve
hasta un mes trabajando en la desprogramación de cada pensamiento negativo
importante, escribiendo a diario su opuesto positivo unas treinta o cuarenta
veces para intentar cambiar esa especie de código negro que me estaba haciendo
la puñeta durante toda mi vida, y realizando a la vez ejercicios de meditación
y de respiración para integrar el cambio en la personalidad.
Vamos
a poner un ejemplo típico: nuestros padres se pasaron toda nuestra niñez diciéndonos
que somos niños malos, afirmación que durante toda nuestra vida se ha
confirmado, pues no hemos podido evitar continuando haciendo trastadas ni aun
siendo adultos. Una vez hallamos
descubierto este código, habremos de crear el contrario e iniciar un largo
proceso de desprogramación. Para
anular el pensamiento negativo “ yo soy malo” habríamos de pensar muy a
menudo y muy profundamente: “ yo soy bueno”, y, en teoría, nuestra vida
habrá de cambiar en un sentido positivo. Pero
solamente en teoría, pues si bien parece ser cierto que estos pensamientos
dirigen nuestro destino como si fueran códigos de nuestro profundo ordenador
personal, también es cierto que no es nada fácil cambiarlos.
No
voy a negar que todo el trabajo psicológico que durante años realicé de esta
forma no haya producido cambio alguno en mi vida.
Cierto es que se produjeron notables cambios en las circunstancias que me
rodeaban y sobre todo en mi comportamiento, siempre en un sentido positivo.
Pero lo que damos en llamar negativo no cesa de manifestarse en mi vida
de una forma o de otra. Es como si
cuando limpiáramos una capa de nuestras profundidades apareciera la siguiente
tan sucia como la anterior. La
limpieza parece no terminarse nunca.
Nuestra forma de ser profunda y las circunstancias que rodean nuestra
vida, si es cierto que se forman a través de un programa mental, este programa
fue introducido en nuestra niñez en las profundas capas todavía vírgenes de
nuestro cerebro y con una notable carga emocional.
Es un programa base muy difícil de cambiar cuando se es una persona
adulta, pues nuestra mente ya está formada y estructurada, y cualquier
información que ahora le introduzcamos difícilmente penetrará hasta donde están
esos pensamientos básicos. Los
esfuerzos por cambiarlos puede interpretarlos nuestra mente como otros datos
superficiales más a procesar, entre la tremenda cantidad de información que un
adulto procesa durante cada día de su existencia.
Para
solucionar este problema de profundización, muchas de estas nuevas
psicoterapias esotéricas que se esfuerzan en desprogramar los pensamientos
negativos, están haciendo uso de lo divino para meter los nuevos códigos en un
ambiente devocional, sabiendo las propiedades de programación tan
extraordinarias que los ambientes sagrados proporcionan,
adecuados para creerse todo lo que haga falta y todo lo que se nos ponga
por delante, en este caso: pensamientos positivos que deberán de cambiar
nuestra vida.
Otras
técnicas de desprogramación utilizan meditaciones al estilo Yoga para hacer
penetrar los códigos positivos. Vamos,
que se están haciendo esfuerzos extraordinarios para intentar ser un poco más
felices. Y todo lo que se haga al
respecto será poco, pues me temo que no sólo será necesario llegar a las
profundidades individuales de cada persona, sino que habrá que alcanzar el
inconsciente colectivo de nuestra especie, donde creo que residen códigos
mentales que nos están fastidiando desde que existimos como raza humana.
Mientras
tanto, hasta que demos con los todos los comandos del programa que dirige la
vida humana, muchas personas continuarán echando mano de las artes
adivinatorias para intentar saber que les depara el destino.
LAS
ARTES ADIVINATORIAS
Desde los orígenes de la Historia el hombre no ha cesado de intentar
adivinar lo que le deparaba el futuro. No
había civilización antigua que no contara entre sus individuos con algún
brujo o adivino, con alguna pitonisa, o con profetas o clarividentes que se
dedicaran a predecir lo que se avecinaba. Y
cuando ciertas religiones intransigentes alcanzaron un gran poder social,
persiguieron y castigaron a los adivinos incluso con la muerte, solamente
consiguieron que se continuase con las prácticas esotéricas de adivinación en
la clandestinidad. La persistente
curiosidad que el hombre siempre ha tenido por conocer el devenir de los
acontecimientos, ha permitido que lleguen hasta nuestros días un gran número
de rituales adivinatorios ancestrales. Actualmente,
entre los más famosos, tenemos las cartas del tarot y la lectura de las manos.
Otros que se usaron bastante hasta hace poco fueron la famosa bola de
cristal y los mensajes de algún médium en trance a viejo estilo de la
sacerdotisa del oráculo de Delfos.
Existen
otras muchas formas de predecir el futuro que no nos vamos a detener ni en
mencionar, pues no creo que tenga demasiada importancia el sistema que se siga
para practicar la adivinación. Los
soportes físicos sobre los que se realizan estas artes esotéricas, ya sean
unas cartas o una bola de cristal, son un mero pretexto para llevarlas a cabo.
La esencia del trabajo adivinatorio la lleva la persona que lo realiza,
indistintamente del método que utilice.
Aclarar
también que aunque estamos hablando de artes de la adivinación, en realidad no
son tales, ya que si lo fueran habrían terminado hace mucho tiempo con los
diferentes juegos de azar y loterías de todo el mundo, pues hubiese sido pan
comido llevarse los primeros premios de estos juegos o sorteos a los
profesionales de la adivinación si en realidad fueran adivinos.
Todavía
no conocemos forma alguna de saber el futuro con precisión matemática.
Podemos hacer cálculos de probabilidades para aproximarnos a dar en el
clavo, pero sin lograr exactitud alguna. Algo
que también sucede cuando se trata de adivinar el futuro de una persona o
grupos de personas. Por todo
lo que llevo observando por estos caminos de lo esotérico, he llegado a la
conclusión de que estas predicciones las realiza el profesional de la adivinación
―indistintamente del método que utilice, repito― efectuando a un
nivel inconsciente un cálculo de probabilidades de futuro.
Digamos que a través de sus sentidos extrasensoriales observa hacia
donde se dirige esa persona que le ha encargado le aclare su futuro, lee en la
mente de su cliente las circunstancias más importantes que le rodean y las
fuerzas y directrices que van a determinar su destino, y de esta forma predice
su futuro; es como si la mente inconsciente del adivino se pusiera en contacto
con la mente inconsciente de la persona que hace el encargo de la adivinación y
obtuviera así sus conclusiones, reveladas a través de la lectura e
interpretación del soporte físico que se utilice para la adivinación, ya sean
unas cartas o una bola de cristal. Y
cuando se trata de adivinar el devenir de un grupo o sociedad, el intuitivo
inconsciente del futurólogo realiza ese cálculo de probabilidades observando
el inconsciente colectivo de ese grupo o sociedad.
Por
lo tanto, la función de la persona que práctica este tipo de adivinaciones es
esencial, el nivel de su inteligencia intuitiva irá en proporción con sus éxitos,
y las limitaciones de su conocimiento irán en proporción con sus fracasos.
Esto hemos de tenerlo siempre en cuenta, incluso cuando nos encontremos
ante complejos cálculos astrológicos. El
ser humano es de una complejidad asombrosa, y todo este tipo de adivinaciones de
su futuro no suelen incluir en sus cálculos de probabilidades a toda la gama de
factores que el ser humano puede estar viviendo.
Las predicciones se realizan en las dimensiones más comunes humanas,
como son la económica, emocional, relaciones, salud, etc.
Pero existen otras, como las derivadas de la espiritualidad, que se le
escapan al adivino, pues es imposible que llegue a conocer en toda su vida las
infinitas vivencias que puede experimentar el alma humana.
Con esto quiero decir que habitualmente una predicción de futuro se
realiza basándose en cálculos de probabilidades de magnitudes básicas
conocidas de los seres humanos. Pero
como todavía existe mucho por descubrir de nosotros, serán esas facetas
desconocidas las que acaben haciendo fracasar la exactitud de las predicciones
del más adivino entre los adivinos.
Los videntes del futuro más atrevidos, en su esfuerzo por perfeccionar
el mapa de las magnitudes que influyen sobre el destino del ser humano, incluyen
en sus cálculos de probabilidades a ciertas fuerzas ocultas del hombre que
ellos han llegado a conocer bien a base de creer en ellas y de vivirlas; pero en
vez de que sus predicciones se perfeccionen con su aportación esotérica, lo
que suele suceder es que éstas acaban muy influenciadas por esas mismas
propiedades ocultas que han desarrollado, lo que les lleva a cometer todavía
errores mayores en sus predicciones de futuro.
Esto es semejante a lo que sucede cuando las predicciones se realizan en
el seno de las realidades virtuales espirituales, mundos imaginados donde sucede
todo lo importante que le puede suceder al ser humano, para el creyente en
ellos, naturalmente. Lo malo es que
para quien no cree en ellos, su influencia es prácticamente nula e inservible
para predecir su futuro.
Entre
este tipo de vaticinios místicos sobre el destino que nos aguarda podríamos
distinguir a los optimistas, que nos pronostican un futuro lleno de luz y de
felicidad por la futura victoria de dios sobre las fuerzas de las tinieblas; y a
los pesimistas, que serían los partidarios de los tradicionales vaticinios de
las catástrofes apocalípticas. Este
tipo de predicciones son las que más abundan en el seno de las sectas,
entremezclándose muy a menudo los vaticinios optimistas con los pesimistas,
mostrándonos un futuro medio feliz y medio trágico, donde las catástrofes se
suceden a la vez que de ellas son salvados los elegidos y transportados a un
mundo feliz.
En próximos capítulos nos centraremos más en el estudio de estas
intentonas de predecir el futuro, e indagaremos en las fuerzas o intereses que
influyen en las predicciones.
LOS
PODERES SOBRENATURALES
No cabe duda de que un gran porcentaje de las personas, que frecuentan
los ambientes esotéricos, lo hacen buscando desarrollar facultades
extraordinarias, impulsados por unas ansias de notoriedad o por una ambición de
poder. Estos instintos tan
materiales es frecuente encontrarlos en los ambientes más espirituales.
Es habitual que la persona sectaria, cuando recibe iniciaciones esotéricas
y despierta su percepción extrasensorial, acabe creyéndose ser una persona
renovada, diferente, con poderes extraordinarios, fuera de toda vulgaridad;
aunque en realidad continúen siendo tan vulgar como antes.
La situación es tan ridícula como pensar que ya somos un profesional de
una carrera universitaria por el mero hecho de que nos han dado un título, sin
que nos hayamos pasado varios años hincando los codos estudiando la profesión.
Esto sucede a menudo en las sectas, sus miembros se convierten de la
noche a la mañana (en ocasiones por la gracia de dios) en personas
extraordinarias, reencarnaciones de personajes históricos, o en superdotados
por el mero hecho de pertenecer a la secta.
Los años de experiencia que toda especialización exige no son
necesarios, pues, cuanto menos se sepa, más limpios estaremos de contaminación
intelectual y más rápidamente alcanzaremos el extraordinario destino que nos
espera. Lamentablemente, esto
solamente sucederá en el seno de la realidad virtual a la que la secta esté
afiliada, en su ensoñación particular, muy alejada de la realidad.
Cuando un sectario hace gala de sus facultades extraordinarias en nuestro
mundo, habitualmente hace el ridículo, pues en nuestro mundo no tenemos el
mismo sistema de valores que tienen en el suyo, y no vemos sus portentos como
los ven ellos.
Sin
embargo, no se cesa de buscar facultades o poderes “reales” que impacten en
nuestro mundo materialista, cosa que tienen bastante difícil los fanáticos del
ocultismo espectacular, pues en nuestro mundo gobiernan en gran medida las
ciencias, y a éstas es muy difícil engañarlas.
Lo más extraordinario que alcanzan a hacer ciertos profesionales del
ocultismo espectacular es a doblar cucharas, a imitar a los santones faquires, o
ha realizar portentos circenses semejantes.
No
vamos a negar que los hechos paranormales existen, la parapsicología los
estudia y tipifica. Pero de ahí a
que podamos controlarlos y podamos ejercer un poder continúo sobre los demás
haciendo uso de ellos, eso es algo que por ahora sólo sucede en las películas.
La
creencia de que los miembros de las sectas esotéricas poseen poderes
sobrenaturales es algo que, mientras a los sectarios les enorgullece, a la mayoría
de la gente les llena de temor. Amparado
en el ocultismo, el sectario se engrandece ante los demás, más que por la
evolución de su grandeza interior, por el miedo que los demás sentimos ante su
mundo desconocido. Vuelvo a
insistir en la necesidad de conocer al detalle todo lo que sucede en las sectas
para que la información supere al miedo, y se vaya acercando a la normalidad la
relación de las sectas con el resto de la sociedad.
Si
bien es cierto que no se ha cesado nunca de intentar conseguir poderes sobre los
demás, no creo que nunca se haya alcanzado éxito alguno excepto sobre personas
muy influenciables. También he de
reseñar que no tengo mucha información del resultado de estas intentonas
porque nunca me interesé en ellas. Desde
los comienzos de mis andares por estos mundos de lo oculto, fui advertido del
peligro que suponía centrarme en desarrollar poderes paranormales para
ejercerlos sobre los demás. Soy un
amante de la libertad, y siempre tuve muy claro que según uno se comporta con
los demás, así ellos se comportarán contigo; por consiguiente: si deseaba ser
libre, tendría que respetar la libertad de los demás.
Parece ser que estamos muy unidos en el fondo, y todo lo que hagamos al
prójimo revierte en nosotros tarde o temprano.
Los únicos beneficios que he buscado en la aplicación de mi saber esotérico
han sido para mejorar mi salud y mi bienestar general, y considero que mis éxitos
al respecto son muy parecidos a los que puede obtener cualquier persona con
entusiasmo por mejorar su bienestar utilizando otros medios; por lo que nunca me
pasó por la cabeza la habitual locura del fanático en estas lides de pregonar
a los cuatro vientos sus descubrimientos sanalotodo.
No voy a negar que siempre me fascinaron ciertos poderes sobrenaturales
como pudieran ser los milagros o el elixir de la eterna juventud, asuntos que
trataremos más adelante.
Por lo tanto, no puedo hablar por experiencia propia de experimentos de
poder sobre los demás, no los conozco. No
sé practicar ningún tipo de magia, ya sea blanca o negra, para influir en mi
prójimo. Más, a pesar de mi
inexperiencia, vamos a continuar analizando los poderes sobrenaturales,
intentando descubrir las fuerzas psicológicas o espirituales que dan vida a
poderosas realidades virtuales esotéricas.
MAGIA BLANCA Y MAGIA NEGRA
Se llama magia blanca a la que practican los magos del espectáculo,
diestros en realizar trucos para aparentar que realizan portentos que en
realidad no realizan. También se
llama así a la magia realizada a través de poderes sobrenaturales que no
perjudican a nadie, e incluso hace el bien, como en el caso de los milagros.
Y la magia negra es aquella que, a pesar de utilizar también los poderes
sobrenaturales para hacer el bien, muy a menudo perjudica a alguna persona o
personas, animales o cosas, directa o indirectamente.
Estas
tres formas de magia, a pesar de estar tipificadas, se entremezclan
habitualmente. Los magos de espectáculo
son los únicos que no hacen uso de los otros dos tipos de magia, sus
actuaciones se resumen a engañar al público lo mejor posible, todos lo
sabemos, y nos encanta que hagan bien su trabajo.
Sin embargo, en los otros dos tipos de magia, se presume de que no tienen
truco, y en muchas ocasiones lo tienen, a la vez que también se convierten muy
a menudo en un espectáculo. Además,
estos dos tipos de magia, blanca y negra, se entremezclan habitualmente aunque
se anuncien que son de una sola clase. Por
ejemplo, es frecuente observar en un mago o secta, que dice invocar
exclusivamente a las fuerzas del bien, como manejan o son manejados por fuerzas
del mal. Así como también nos
encontramos con magia negra que hace uso de fuerzas del lado oscuro del ser
humano para hacer el bien, aunque no sea bien vista popularmente en el mundo
civilizado por el temor que despiertan sus rituales con connotaciones
violentas u obscenas.
Jugar a buenos y malos, aunque lo hayamos hecho siempre, ya estamos
empezando a ser mayorcitos para dejar de hacerlo.
Los malos siempre tuvieron algo de buenos, y los buenos siempre tuvieron
algo de malos. Si bien es cierto
que la magia negra sacraliza los más bajos instintos y pasiones del hombre,
también es cierto que sus practicantes no son tan negros como los pintan.
Me da la impresión de que todavía nos queda mucho rechazo de aquél que
se nos inculcó hace siglos hacia las brujas.
Como también da la impresión de que los creyentes en las religiones
blancas, dedicados a potenciar las virtudes del hombre, creen ciegamente que
todo lo que sucede en su seno de su creencia esta inspirado por el bien divino,
cuando en realidad, cometen en muchas ocasiones más barbaridades contra las
personas que los practicantes de magia negra.
En
mi opinión, no está suficientemente clarificada esta diferenciación entre las
magias que hacen uso de poderes sobrenaturales, de hecho creo que no existe tal
tipificación. En la antigüedad no
existía esta diferenciación de blanco y negro para los rituales y para las
magias. Esto sucedió cuando
creamos a los dioses omnipotentes, creadores de todas las cosas y supuestamente
portadores del bien infinito, fue entonces cuando separamos el bien del mal, a
dios del demonio. Así apareció
una magia divina y otra demoníaca, una magia blanca y otra negra.
Pero antes de que esto sucediera, en las civilizaciones antiguas el bien
y el mal aparecían entremezclados frecuentemente, en ocasiones como dos caras
de una misma moneda. Innumerables
dioses convivían en una sana competencia, unos mejores que otros, unos más
perversos que otros, unos más exigentes o más permisivos que otros.
Y no era de extrañar encontrarse en un mismo altar a un dios benevolente
junto a un malvado dios demoníaco, un dios de imagen llena de belleza y otro de
aspecto terrible; cuando no era el mismo dios el que en unas ocasiones se
mostraba monstruoso y en otras hermoso. Esto
todavía podemos observarlo en las imágenes de antiguos templos que no han sido
arrasados por la cristiandad o por el Islam.
Todavía quedan cultos politeístas en Oriente y en algunos otros lugares
de la Tierra donde no se impusieron ideologías religiosas totalitarias
aniquiladoras de todo dios que fuera el suyo.
Allí permanecen los dioses como siempre fueron, en convivencia unos con
otros, como estaban en el Panteón romano antes de que los cristianos arrasaran
todo tipo de idolatría, o como estaban en la Caaba antes de que Mahoma los
expulsara de allí.
Es
necesario comprender estas formas ancestrales de adoración para observar
adecuadamente en nuestra evolución espiritual.
Nuestros antepasados no tenían el concepto del bien y del mal como
nosotros lo vivimos hoy en día, ellos vivían sus impulsos internos
descarnadamente, con una sinceridad pasmosa.
Los dioses que adoraban eran reflejo de esos impulsos y, por lo tanto,
todo hay que decirlo, eran más lógicos que los dioses infinitos eternamente
benéficos. Las filosofías o
religiones que basan sus creencias en los dioses totalitarios tienen muchos más
problemas para ser comprendidas por el pueblo que las religiones politeístas.
Tanto es así que allí donde se impusieron las religiones totalitarias,
el pueblo continuó adorando a sus viejos dioses en la clandestinidad, o
disfrazados de santos, como en el caso de Sudamérica.
Y en Europa, podemos observar como el pueblo llano adora a sus santos
locales, como si fueran sus dioses antiguos.
Esta forma de idolatría disimulada es un residuo de una forma de adoración
ancestral, consentida por los poderes religiosos al no haber podido extirparla
totalmente del pueblo.
En
las diferentes realidades virtuales de las diferentes religiones cristianas se
consintieron con una mayor o menor permisividad estas mezcolanzas religiosas,
permitiéndose una adoración velada a los viejos dioses benéficos, ahora con
nombre de santos. Pero con lo que
nunca transigieron las huestes cristianas fue con los rituales de adoración a
las deidades malignas (según el concepto cristiano del bien y del mal) o a
aquellas que eran buenas en unas ocasiones y perversas en otras.
El concepto del mal de las religiones derivadas de la hebrea,
representado por el demonio, había sido arrojado a los infiernos desde el
pecado original, y toda forma de adoración al mal debía de ser por obligación
herética: es imposible concebir para un creyente en la Biblia que dios se pueda
sentar al lado del demonio y recibir los mismos honores de adoración.
Durante muchos siglos se persiguió brutalmente esta ancestral forma de
idolatría, recordemos las terribles persecuciones obsesivas de la Inquisición.
Las brujas eran quemadas vivas por practicar sus rituales de magia, que
se empezó a llamar negra a pesar de que llevaba miles de años con tonalidades
multicolores.
Mas
aquello que pueda suceder en una determinada realidad virtual espiritual, en
este caso en la bíblica, por mucho que se pretenda imponer por la fuerza, puede
no corresponderse con lo que realmente está sucediendo en el interior del
hombre. No se puede imponer un
determinado sueño esotérico negando la validez de todos los demás que
difieran de él. La mente humana
seguirá soñando con todo aquello que represente su realidad aunque se nieguen
por la fuerza ciertos aspectos del sueño.
¿Quién puede controlar por la fuerza a los sueños?
¿Quién puede decirnos lo que hemos de soñar?
Es imposible controlar lo que la Humanidad sueña en forma de realidades
virtuales espirituales. Y, sobre
todo, es imposible reprimir un sueño repetitivo, porque todo sueño repetitivo
nos está denunciando algo importante que está sucediendo en el interior de
nuestra mente.
Por
mucho que las religiones de origen hebreo expulsaran al mal de lo sagrado, en el
mundo continuaba el mal ejerciendo su reinado como siempre lo hizo, y los
pueblos que no se contaminaron de ideología bíblica continuaron adorándolo,
como siempre lo habían hecho. El
mal era escenificado en sus realidades virtuales espirituales, en sus sueños
esotéricos particulares. Rituales
de sacrificios de animales o de seres humanos, que a nosotros nos pueden
resultar intolerables e incomprensibles, para estos pueblos eran una forma de
adoración al mal, semejante a los rituales de adoración de los dioses del
bien, pues en muchos casos el bien y el mal eran encarnados por un mismo dios.
Y
en aquellos lugares de la Tierra donde la hegemonía cristiana se había
implantado, apareció una forma nueva de adoración clandestina opuesta al
ritual más significativo del nuevo régimen religioso, a la misa cristiana.
Con la misa negra se devolvió su dimensión sagrada al mal que le había
robado el cristianismo. La magia
negra surgió como revolución contraria al sistema religioso dominante, en ella
se adoran y se invocan esas fuerzas que, por mucho que intentamos desterrar de
nuestra realidad, continúan existiendo en el mundo muy a pesar nuestro.
En
Oriente, también existió la influencia casta y pacifista del budismo, que restó
protagonismo al gran número de dioses del Olimpo hindú agresivos u obscenos.
La
magia blanca es la que todos conocemos, en las escuelas nos enseñaron que la
practicaban los santos de nuestro calendario.
La magia negra es la gran desconocida, donde se adoran en rituales a
deidades, fuerzas o entidades, de realidades virtuales creadas con esos impulsos
internos de nuestro lado oscuro.
No
he practicado ni he asistido a ninguna forma de ritual de magia negra.
Como la mayoría de los ciudadanos occidentales mis preferencias
espirituales han estado siempre teñidas de blanco.
Pero esto no quita para que en este estudio sobre las sectas nos
interesemos por el negro, más que por conocer las características de los
rituales de magia negra ―hay abundantes libros al respecto―, por
llegar a descubrir las fuerzas de nuestro lado oscuro que toman cuerpo en estos
rituales.
Sigmund
Freud también polarizó nuestros principales impulsos internos en dos
tendencias principales que podrían corresponderse con la clasificación de las
magias blanca y negra; estos impulsos él los llamó eros y tánatos, instinto
de vida e instinto de muerte, impulso creador e impulso destructor.
Una bipolaridad que podría explicar la diferenciación de las dos magias
sino fuera porque son dos impulsos internos inseparables en la realidad de
nuestro mundo: Toda pulsación de
vida lleva, aunque sea en germen, programada su muerte; y toda pulsación de
muerte lleva, aunque sea en germen, algún tipo de vida.
Nuestra
civilización occidental se ha inclinado hacia la creatividad, obviando los
impulsos destructores e incluso negando que sean innatos en el ser humano.
Esta idealización “blanca” de la humanidad, por un lado nos está
haciendo desarrollar la creatividad hasta limites insospechados, pero, por otro
lado, estamos ignorando al mal como realidad humana, lo que nos está causando
ir de sorpresa en sorpresa y de frustración en frustración cada vez que el mal
se manifiesta en nuestra sociedad o en nuestras vidas.
No
estaría nada mal empezar a interesarnos por llegar a conocer estas fuerzas de
nuestro lado oscuro, ocultarlas o negar su existencia no sirve de ayuda para su
erradicación. Con esto no quiero
decir que ahora nos dediquemos a asistir a misas negras o a rituales de vudú.
Las creencias en estas realidades virtuales espirituales, como en el caso
de las de color blanco, no ayudan en mucho a conocer la realidad de los impulsos
internos que las mueven, pues los disfrazan de tal manera que es muy difícil
reconocerlos. La observación de
todos esos rituales ha de ser imparcial y objetiva, sin fanatismos, centrándonos
en descubrir las esencias que los provocan.
Es un buen método para llegar a conocer nuestro lado oscuro.
Si
observamos nuestra reacción ante un ritual sagrado inca o azteca donde se
sacrificaba a un individuo como ofrenda a los dioses, no nos costará mucho
descubrir nuestro rechazo ante semejante asesinato.
No estamos acostumbrados ni educados para observar fríamente esos
rituales sangrientos. Los
sacrificios humanos eran algo bastante frecuente en la antigüedad, eran algo de
dominio público. En la actualidad
prácticamente han desaparecido, perseguidos por la ley han sido sustituidos por
los sacrificios de animales. Nuestra
censura y condena es absoluta y la vivimos de forma natural, sin ser muy
conscientes de cómo hace unos cuantos cientos de años unos seres humanos vivían
el asesinato como algo natural y sagrado. Calificamos
de costumbres religiosas bárbaras y salvajes a esos rituales sangrientos, pero,
en mi opinión, solamente eran manifestaciones naturales del instinto
destructivo del hombre, encarnado en unos dioses iracundos sedientos de sangre y
de muerte.
Puede
pensarse que el hombre civilizado ha superado en su evolución estos instintos.
Yo no estoy muy de acuerdo con ello.
Las cárceles están llenas de asesinos, y si el asesinato no estuviera
perseguido por la ley, sería el pan nuestro de cada día.
Más adelante trataremos en este estudio con más detalle la violencia.
Aunque
nosotros no creamos en esos dioses terroríficos, si algún ancestral creyente
en ellos levantara la cabeza, se espantaría del caro tributo que en su opinión
estamos pagando a sus dioses por no adorarlos.
Tributo que se cobran en los sangrientos accidentes de tráfico o
laborables, o en los asesinatos, masacres comparables con las producidas en las
guerras o desastres naturales que ellos vivían.
Casi seguro que nos comunicaría la necesidad de, según sus creencias,
adorar sus terribles dioses para que no continuasen masacrando nuestra población.
De esta forma ellos pensaban que calmaban la sed de sangre de las fuerzas
del mal. Nosotros no lo creemos así,
pero todavía no hemos encontrado la fórmula para evitar que el mal siga
bebiendo nuestra sangre y se siga cobrando su tributo de víctimas aunque no
hagamos ya sacrificios humanos.
Son
esas fuerzas destructivas, instintos del lado oscuro humano, las que tienen
cabida en la magia negra y mueven los hilos de sus dioses.
Sin embargo, en la magia blanca se consideran instintos pecaminosos que
debemos de reprimir. No cabe duda
de que la magia blanca esta diseñada para facilitar la convivencia pacífica
entre nosotros. Pero, insisto,
aunque hallamos escogido el camino de la blancura espiritual, no debemos de
olvidarnos de nuestro lado oscuro; zona sin luz de nuestro interior porque la
hemos arrojado a las profundidades de nuestro inconsciente colectivo; y, aunque
no la veamos, vemos el mal nuestro de cada día que nos muestra como sigue tan
vivo como cuando estaba representado en los altares.
Las
realidades virtuales de las vías esotéricas de magia negra, como se puede
comprender, están llenas de seres espeluznantes, dioses medio animales, medio
hombres; el mismo demonio es uno de ellos.
Las deidades del vudú, de la Macumba, de los rituales chamánicos,
suelen ser espíritus de la naturaleza, muchos de ellos de animales que se
encarnan en los danzantes al ritmo trepidante de los tambores sagrados.
Sin
embargo, las realidades virtuales de magia blanca ―todos las
conocemos― están representadas por dioses todopoderosos, reyes únicos,
rodeados de santos y de hermosos ángeles benéficos, puros, vestidos de blanco,
entonando alabanzas al ritmo de cánticos celestiales.
Tantos
unos como otros dioses o entidades espirituales se encarnan en sus devotos
creyentes. Los blancos siempre empeñados
en hacer el bien y evitando en lo posible hacer el mal, aunque en ocasiones no
dudan en hacerlo cuando se trata descargar la ira divina sobre los herejes.
Los negros, al estar impulsados por los instintos más primarios humanos,
por sus pasiones, no dudan en hacer el mal para beneficiar a alguno de sus
devotos. La ira, la venganza y las
luchas por el poder mueven los hilos de las oscuras fuerzas ocultas negras.
Algo que también les sucede a los blancos, pero no tan descaradamente,
ya que lo disimulan muy bien.
El
mal de ojo es la fuerza negativa de la magia negra que más popularidad ha
alcanzado. Los especialistas en el
mal de ojo se están forrando; por un lado cobrando para echarlo sobre quien les
paga para que lo hagan, y, por otro lado, quitándoselo a quien siente que se lo
han echado, y también les paga. Se
está haciendo tan famosa esta maldición que muchas personas, obsesionadas con
ella, en cuanto les duele la cabeza, o tienen algún otro achaque, ya piensan
que les han echado el mal de ojo. Es
una maldición que atemoriza y obsesiona en exceso.
Su poder de dañar creo que radica más en el miedo de las personas, que
en el propio poder de las fuerzas utilizadas para hacer el mal.
Yo, lo siento, no puedo dar detalles de cómo se produce ni de como se
contrarresta ―hay muchos especialistas que han escrito sobre ello―,
nunca he presenciado un ritual para echar el mal de ojo sobre alguien, y si me
lo han echado encima, yo no me he dado cuenta.
En mi ignorancia puedo deducir que se trata de la mala leche que tenemos
los humanos condensada y arrojada sobre alguien para enfermarlo; algo semejante
a lo enfermos que nos puede poner estar durante días en el trabajo o en la
familia conviviendo con alguien que nos tiene ojeriza.
Ese es el único mal de ojo que conozco, nada desdeñable por otra parte.
Como también es nada desdeñable el mal de ojo que echan algunos
religiosos magos blancos sobre quienes consideran herejes.
Ese tipo de mal de ojo blanco, apoyado por la ira divina de los grandes
dioses de “infinita bondad”, ha causado muchos más muertos que el típico
mal de ojo de la magia negra.
Para
el hombre moderno, el mayor atractivo de la magia negra, y quizás el único,
son las orgías sexuales que en muchas ocasiones ponen el punto final en los
rituales. Pero ese es un tema que
lo dejamos para el capítulo siguiente.
EL
SEXO
Como acabamos de comentar en el capítulo anterior, la magia negra ha
conservado la ancestral costumbre de finalizar ciertos rituales de adoración
populares con orgías sexuales. El
sexo casi siempre estaba incluido en los rituales sagrados de nuestros
antepasados, no solamente como relaciones humanas, sino como fertilidad de la
tierra, sexualidad de los animales e incluso de otros elementos naturales
asexuados por naturaleza, como puede ser el sol la luna o las estrellas.
El sexo y la violencia estaban casi siempre presentes en las realidades
virtuales espirituales de nuestros antiguos.
Sus fiestas populares eran muy a menudo a la vez que sagradas, sexuales,
incluyendo algún tipo de sacrificio; en su espíritu religioso se manifestaba
tanto el placer como el dolor, podía adorarse a la diosa de la fertilidad así
como a algún dios sediento de sangre, representante de los impulsos de muerte,
que exigía alguna víctima, ya fuera humana o animal.
Como
venimos afirmando, el hombre antiguo vivía todas sus dimensiones unidas, y las
manifestaba en sus rituales. Todavía
quedan residuos de estas celebraciones religiosas en lugares alejados de nuestra
civilización, donde sucede toda esta mezcolanza de impulsos humanos que a
nosotros nos pueden parecer contradictorios.
Nuestra cultura ya no admite mezclar la religiosidad con el sexo ni con
la violencia, en nuestra mente no cabe tal fusión, aunque en nuestra vida se
continúen manifestando mezcladas tal y como el hombre las ha vivido siempre.
Al igual que sucedió con la violencia, la implantación de las
religiones castas y pacifistas hicieron desaparecer el sexo de las fiestas
religiosas en nuestra civilización. La
sexualidad se convirtió en algo dedicado exclusivamente para la procreación, y
las orgías desaparecieron de los rituales sagrados.
Esto produjo una escisión en las vivencias de las fiestas populares, ya
no se podía vivir unido placer y religiosidad, pues el placer se convirtió en
vicio incompatible con lo sagrado. En
consecuencia, las fiestas se
dividieron en religiosas y profanas. El
hombre siguió viviendo sus dimensiones orgiástica y religiosa por separado.
Durante las festividades religiosas, en las iglesias se adoraba al dios
monoteísta y a sus santos y mediadores, y, fuera del templo, el pueblo, continuó
viviendo su dimensión orgiástica en la clandestinidad de las noches de las
fiestas. Esto lo podemos observar
hoy en la mayoría de nuestras festividades religiosas: durante el día suceden
los ritos religiosos en los que se predica la virtud, mientras por la noche gran
parte del pueblo se dedica a vivir el vicio.
Es muy difícil erradicar de los pueblos costumbres ancestrales, siglos
de rigurosos decretos religiosos represores no lo han conseguido.
Cada
fin de semana se santifica con rituales sagrados castos, y, a su vez, el pueblo,
en especial los jóvenes, viven su orgía sexual en el sábado noche.
La única diferencia que existe entre las modernas orgías populares y
las ancestrales, es que éstas se realizan a escondidas, no son públicas, y
tampoco se viven como un ritual sagrado. Me
pregunto si habrá más diferencias entre aquellos pueblos ancestrales danzando
al ritmo de la percusión de los tambores sagrados en las horas previas a la orgía
ritual, en torno a los menhires, tótems fálicos o diosas de la fertilidad, y
los bailes de nuestros jóvenes al ritmo del rock o del bacalao en las horas
previas a las orgías privadas que cada cual vivirá en el sábado noche.
He
de confesar que la mitad de los años, aproximadamente, que permanecí en el
interior de las sectas, fueron en vías castas, donde el sexo quedaba relegado a
una mera función fisiológica de escasa importancia e incluso molesta para el
caminar espiritual. La opción de
la magia negra nunca me resultó atractiva, la paz espiritual que buscaba nunca
esperé encontrarla en esos rituales donde tienen acceso tanto hervor de pasión
humana. También he de reconocer
que en esos años, a pesar de huir de las pasiones en mi caminar espiritual,
estas no cesaron de hervir en mis profundidades.
Exceptuando una corta época de un año, nunca se me calmaron del todo
las ganas sexuales, y los enamoramientos se me sucedían uno tras otro
intentando romper mis anhelos espirituales más castos.
Hay
que tener siempre en cuenta, y esto conviene no olvidarlo, que cuando uno
practica una vía espiritual efectiva que lo pone en contacto con los elixires
emitidos por la experiencia sagrada, si ésta es de una buena calidad, tendrá
como ingrediente inevitable a la belleza. La
armonía espiritual es siempre hermosa. Ahora
imagínense ustedes una comunidad sectaria, embriagada por los elixires divinos,
formada por gente embellecida por una especie de santidad compartida; en ese
ambiente las ganas de enamorarse los unos de los otros no cesan de producirse.
En unos sencillos cursillos espirituales de fin de semana, donde lo
sagrado se manifieste con calidad
―repito― nos convertimos en personas radiantes, y no resulta
extraño descubrir entre esas personas que nos acompañan al príncipe azul o a
la princesa rosa de nuestros sueños. La
atmósfera sagrada se convierte así en un notable afrodisíaco, gracias a sus
propiedades embellecedoras y liberadoras
de toda represión, sexuales en muchos casos.
No es de extrañar que muchas doctrinas religiosas hayan impuesto la
castidad a sus seguidores, de esta forma intentan no perturbar la paz espiritual
con algún que otro desmadre pasional, algo que no siempre consiguen.
En aquellas sectas que la castidad no es impuesta, es habitual que los
amoríos sorpresa se den muy a menudo.
No
está nada mal estar avisado de estas sorpresas que nos puede dar la vida en los
ambientes sectarios. Uno puede ir a
un cursillo espiritual buscando aprender la paz de espíritu, y se puede
encontrar sumergido en una aventura amorosa que puede hacerle perder la poca paz
de espíritu que ya tenía antes de ir al cursillo.
Pero, como dice el refrán, para muchas personas: “sarna con gusto no
pica”.
Incluso
es frecuente encontrar en las sectas a ligones profesionales que, conociendo las
propiedades afrodisíacas de las drogas sagradas, consiguen que las novatas
sectarias caigan rendidas en sus brazos, hechizadas por el brillo de su mirada
celestial. Unos ojos que ven a
dios, son unos ojos que enamoran. Lo
sorprendente es que, entre tanta divina mirada, la fuerza del sexo consiga que
acabemos mirando aquello que sonrojaría a los castos dioses que habitualmente
adoramos.
No
hay que subestimar ni tomarse a broma esto que estoy diciendo.
Las probabilidades de enamoramiento en los ambientes sagrados son muy
elevadas. Si usted no tiene
inconveniente de que le suceda o incluso lo encuentra atractivo, no hay
problema; pero si usted es una persona con un compromiso de pareja estable,
casada, en incluso con hijos, y una familia que no desea perturbar en absoluto,
queda advertida del riesgo que corre en esos ambientes “espirituales”.
Se lo digo por experiencia. Si
no se desea dar paso al enamoramiento, con estar vigilante para que no se
produzca, es suficiente. Al fin y
al cabo, si usted es mujer, y ha creído ver al príncipe azul de sus sueños en
alguno de sus compañeros de secta o de cursillo espiritual, le puedo
garantizar, con muy pocas probabilidades de equivocarme, que ese príncipe azul
se volverá a convertir en rana en cuanto terminen los efectos del seductor
carisma que ahora le envuelve. Esto
es algo que también se lo digo por experiencia: yo he pasado de príncipe a
rana y viceversa en muchas ocasiones en mi vida.
A
pesar de no ser un hombre apolíneo, la belleza espiritual me ponía tan
atractivo en ocasiones y estaba tan rodeado de mujeres hermosas, que terminaba
por ligar más que si me hubiera ido el fin de semana de fiesta profana en vez
de cursillos espirituales. Conscientemente
no era un ligón profesional, pero inconscientemente no puedo negar que lo
fuera. Mi voluntad de castidad
sucumbía muy a menudo ante los encantos “espirituales” de alguna de mis
divinas hermanas. Durante los años
que duraron mis intenciones de castidad, fui asaltado en innumerables ocasiones
por la sorpresa del enamoramiento. Mi
añorada paz espiritual era perturbada por uno de los impulsos humanos más
intensos que podemos vivir. La
verdad es que, en aquellos años, siempre sentía que mi dimensión sexual no
terminaba de integrarse en mi paz espiritual, pues mi sexualidad seguía
pidiendo guerra.
Exceptuando
las vías espirituales que dedican sus cursillos espirituales a poner cilicios
en sus deseos más animales, la vivencia de lo sagrado escarba en el fondo de
las personas, la paz espiritual libera las represiones, y una sexualidad
reprimida puede estallarnos en las mismísimas narices en los momentos más
tranquilos y sagrados de nuestro caminar espiritual.
Durante muchos años no supe acomodar al bienestar espiritual de mi casta alma lo que bullía en mi cuerpo. En los comienzos de mis últimos diez o doce años de caminar por las sectas, coincidiendo con la explosión de un gran número de diversidades de métodos de realización espiritual, encontré ciertas vías que prometían fundir la armonía del alma con la del cuerpo, en las que se podía vivir el impulso sexual unido a lo sagrado. Métodos que, sin ser magia negra, prometían divinizar la sexualidad a la vez que humanizaban el espíritu. Así que, después de tantos años de represión, aquella noticia me alegró el alma, y el cuerpo también, naturalmente.
CASTIDAD
O PROMISCUIDAD
A casi todos los occidentales, que ya rondamos por los cincuenta, se nos inculcó desde la infancia que el sexo era algo pecaminoso y que la espiritualidad estaba inevitablemente unida a la castidad. Tanto es así que una persona con fuertes impulsos sexuales nunca podría ser elevadamente espiritual, así como una persona espiritual nunca podría ser muy sexual. Durante los años que creí cierta esta incompatibilidad, entre sexo y espíritu, padecí la lucha interna entre estas dos manifestaciones interiores. Ya en mi adolescencia y parte de mi juventud, en el seno del catolicismo, estas dos fuerzas luchaban por sobrevivir en mí, cada una a expensas de la otra. Fueron varios años santiguándome con la mano derecha mientras con la izquierda me masturbaba (metafóricamente hablando, por supuesto). Cuando el sexo, ya fuera de pensamiento o de obra, me hacía perder la gracia de dios, no crean que corría a confesarme para recuperarla, bebía de mi sexualidad, o de la mujer que estaba dispuesta a compartir su sexualidad con la mía, hasta saciarme; y después de harto, confesaba mis pecados contra el sexto mandamiento; y vuelta a empezar. La auténtica castidad solamente la viví entre los diecisiete y los dieciocho años, fue a causa de una explosión de amor entre yo y Jesucristo. Reconozco que nunca he vivido nada igual. Se trataba del amor místico del que tanto nos han hablado nuestros santos, en cada oración diaria bebía del amor divino y acababa embriagado de dios. Estuve a punto de meterme monje trapense; únicamente lo impidió la idea de que aquella gloria no podía acabar encerrada en una celda de clausura. No sé cuanto más me hubieran durado esos éxtasis diarios en un monasterio. Llevando una vida normal no me duraron ni un año. Aquella sensacional sublimación de la libido terminó en cuanto mis vivencias inferiores volvieron a elevarse. Y en mí quedó el recuerdo de una experiencia que no he dejado de buscar por todos los rincones sectarios a los que he tenido acceso. El amor místico, devocional, es una de las mayores delicias que puede vivir un ser humano. La búsqueda de esa felicidad perdida, y el intento por mejorar mi salud por otros caminos diferentes de los oficiales, me hicieron conocer nuevas vías esotéricas y religiosas, lo que produjo indirectamente mi pérdida de fe en el catolicismo.
Sumergido en semejantes movidas
espirituales, mi vida continúo por unos cauces normales, dentro de lo que cabe.
Mi capacidad de amar se unió a mi sexualidad, y me enamoré de una mujer
por primera vez, allá por los veintidós años.
Conocí el amor pasional y todo el contexto de las otras pasiones que no
son amor y que lo suelen acompañar. Fueron
estas pasiones negativas las que destrozaron esa relación que no me duró ni
dos años. Fue una ruptura muy
dolorosa, quedé destrozado. Esto
provocó que me refugiara de nuevo en las ideologías espirituales castas como
único remedio para intentar recuperar la salud del alma.
Convencido de que las mujeres me volvían loco, aposté por la cordura y
me refugié en la soltería. Ese
desengaño amoroso se unió a mis otras inquietudes que me impulsaban a buscar
nuevos rumbos de vida espiritual. Durante
diez años no volví a acariciar a una mujer con sensualidad.
Como ya he contado, un gurú oriental me echó una mano para recuperar la
salud del alma. Entre dos o cuatro
horas de meditaciones diarias me ponían en contacto con mi cielo interior y
mantenían a raya los impulsos sexuales que no cesaban de llamar a la puerta.
Muy a menudo tenía que abrirles y darles una masturbación para calmar
su hambre. Al hacer todo lo posible
por mantenerme fuera de todo contacto erótico, conseguí que mis pies no se
fueran tras ninguna mujer, aunque no podía evitar que mis ojos se fueran tras
ellas.
Me tomé tan a pecho lo del celibato que, aunque en esos años me enamoré
varias veces, no había diosa humana capaz de llevarme a la cama; mi intenso
propósito casto siempre me ponía alguna zancadilla donde tropezaba y me impedía
llegar al lecho del amor.
Después
de esos diez años, fortalecido espiritualmente, decidí abrir la puerta de mi
dormitorio a la mujer y dar rienda suelta a las fuerzas que llevaban tanto
tiempo reprimidas. Fueron doce años
los que estuve con la puerta abierta, y fueron cuatro mujeres, una detrás de
otra, naturalmente, las que compartieron mis venturas y desventuras sexuales y
emocionales. Ninguna de ellas duró
más de tres años en mi íntima compañía.
Al principio todo me sucedió un poco por sorpresa, después estuve
buscando métodos de ayuda a la pareja; pero, ni sofisticadas terapias psicológicas,
ni las poderosas bendiciones divinas, pudieron evitar que esos cuatro intentos
de construir una relación feliz y duradera se convirtieran en cuatro fracasos.
Hoy,
mi familia y mis amigos más próximos, se preocupan por mi futuro emocional y
me preguntan cómo van mis amoríos; yo les contesto que no tengo tiempo para
esos menesteres, pues estoy escribiendo un libro.
Lo que no tengo muy claro es si no tengo pareja porque no tengo tiempo
para relacionarme porque estoy escribiendo un libro, o si estoy escribiendo un
libro como pretexto para no tener pareja.
Lo que sí es cierto es que escribir este libro me está ayudando a
comprender mi vida. Puedo entender
que es muy difícil, para una persona acostumbrada a una espiritualidad de
calidad, acostumbrarse a vivir en pareja, cuando ello implica vivir plenitudes
amorosas a la vez que tormentos dolorosos.
Aunque mi caso por supuesto que no es exclusivo.
El gran número de personas que rompen sus compromisos o se divorcian no
lo harán por motivos muy diferentes a los míos.
En el mundo de la pareja se pueden llegar a vivir tales miserias humanas
que muchas veces es mejor deshacer el nido donde se incuban antes de que acaben
con nosotros. Yo y las mujeres que
fueron mis parejas no conocimos otro remedio para nuestros males que la ruptura.
Admiro
a esas personas que soportan estoicamente sus miserias compartidas y consiguen
mantener viva su relación a través de los años.
Y admiro también a esas parejas que se animan a buscar en los mundos de
las sectas esa plenitud que no les da la vida.
Yo no lo he conseguido a pesar de haber estado sumergido en varias vías
espirituales que prometían mejorar las relaciones de pareja.
No es mi intención descalificar a todos esos métodos prometedores, a lo
mejor mis fracasos se deben a que inconscientemente me gusta cambiar de pareja a
menudo; visto de esa forma, mi vida amorosa es todo un éxito.
Sean
cuales sean los intereses que a una persona le lleven a intentar mejorar sus
relaciones amorosas, hoy en día existe una gran variedad de sectas que incluyen
entre sus enseñanzas la forma de mejorar la vida en pareja.
Las enseñanzas van desde las vías que aconsejan la castidad más
absoluta para mantener en virginal bendición divina el casto matrimonio, hasta
las vías que aconsejan un desmadre total sexual, para liberar lo reprimido y
poder así, según ellas, alcanzar el vuelo que nos llevará al cielo.
Las vías que fomentan la promiscuidad, muy acordes con la liberación
sexual de los últimos tiempos, nos dicen que la represión sexual es un obstáculo
para alcanzar la divinidad. El
poder creativo de dios lo consideran un poder sexual a lo grande que mantiene la
vida en continuo florecimiento. Nos
aconsejan vivir el sexo intensamente, incluso la promiscuidad a las personas que
viven en pareja, para soltar todo deseo reprimido, vivir la esencia de dios y
liberarnos del peso enfermizo de la represión que nos está impidiendo alcanzar
la realización espiritual. Según
esta teoría ningún reprimido puede alcanzar a dios, la realización del amor
carnal la consideran un paso previo indispensable para llegar a amor divino.
Y algo de razón seguro que tienen, ¿quién, por muy ateo que sea, no ha
sentido alguna vez el sexo como algo divino?
Evidentemente,
los seguidores de estas dos vías opuestas se ponen verdes lo unos a los otros:
los castos condenan a los infiernos a los lujuriosos, y los lujuriosos condenan
a los castos por faltos de amor, sexual, se entiende.
Yo no he pertenecido a secta alguna practicante de estos dos extremos.
Vivir en pareja y en castidad, para mí creo que hubiera sido imposible.
Si conseguí durante diez años no acostarme con mujer alguna fue porque
puse tierra por medio entre ellas y yo. Sin
la distancia, mi casta voluntad se hubiera desmoronado como un castillo de
naipes. Y tampoco estuve inmerso en
vías de promiscua sexualidad, siempre se me antojaron como un desmadre sexual
muy poco conveniente para ayudarme a equilibrar el desmadre que yo llevaba
dentro. Si relacionándome
sexualmente con una mujer ya me volvía loco, me resultaba impensable hacerlo
con más.
Las vías que escogí tenían unos programas de psicoterapia y de yoga
―de los que ya hablé en el capítulo sobre el destino― que incluía
alguna deidad o mediador. Uno hacía
ciertos test para saber cuáles eran las limitaciones o represiones que tenía
que liberar, después buscaba los patrones que debería de adquirir para
perfeccionarse y los afirmaba a menudo como si fueran mantras.
Y a la vez que uno realizaba la desprogramación psicológica, hacía
ciertos ejercicios respiratorios para ayudar a desbloquear la represión, y se
invocaba a la deidad que se adorase en la escuela esotérica para que echase una
mano en el empeño.
No
le voy a quitar importancia a los positivos efectos que esos trabajos de
crecimiento personal hicieron sobre mí; pero, lo que es cierto es que no
consiguieron que yo tuviera éxito en conseguir una estabilidad duradera en mis
relaciones de pareja.
Sin embargo, son muchas las personas que acuden a las sectas en busca de
ese cambio milagroso que les dé la felicidad.
Normalmente cada miembro de la pareja piensa que es el otro el que tiene
la culpa de los males de la relación, pero en estos grupos de trabajo, de
profundización psicológica, se deja bien claro que cada cual es el único
responsable de su vida en pareja. Uno
no puede por menos sorprenderse cuando investiga concienzudamente las causas de
sus frustraciones amorosas, y se encuentra de frente con que son producto de
patrones psicológicos, inconscientes a menudo, que atraen las mismas
situaciones frustrantes a lo largo de nuestra vida si no somos capaces de
cambiarlos. En mi caso, por
ejemplo, después de la primera pareja o de la segunda, podría insinuar que la
culpa de las rupturas fueron suyas y no mías, pero después de cinco intentos
serios, cuyas rupturas se produjeron de forma similar, uno empieza a sospechar
que cada cual llevamos siempre en los bolsillos los mismos billetes de lotería
que nos terminan por tocar a lo largo de nuestra vida.
Por consiguiente, aunque uno no consiga todo lo que se propone metiéndose
en esas sectas, o grupos de terapias spico-espirituales, siempre se aprenden
cosas muy importantes. Y si uno
cree en la reencarnación, y se hace viejo aprendiendo, sin realizar sus sueños
de pareja, no hay porqué desanimarse, será en la otra vida, con un cuerpo más
joven, cuando podamos continuar nuestros estudios y poner en práctica lo
aprendido. (Quien no se consuela en
estos caminos del espíritu es porque no quiere).
Y respecto a los peligros particulares que nos podemos encontrar en las vías
castas, recordar que la represión es una bomba de relojería que nos puede
estallar en cualquier momento. Muy
pocos doctores en psicología nos recomiendan la castidad cuando hay en el
cuerpo ganas de transgredirla, su estricto cumplimiento nos hace correr el
riesgo de producirnos serios
trastornos en la personalidad. Muchos
menos riesgos corremos siguiendo las doctrinas del libertinaje sexual, liberar
nuestras fantasías sexuales es más sano desde el punto de vista psicológico
que reprimirlas. Y sobre los
riesgos de contagios indeseados, tampoco hay que preocuparse; algunos de los gurús,
de esas doctrinas libertinas, dan preservativos a sus devotos junto con el
incienso para los rezos. Quizás lo
más preocupante sean esos niños de dios que casi rozan la prostitución en su
empeño por llevarnos al amor divino a través del amor humano, sexual para más
señas.
Pero no todo en los caminos espirituales es tan promiscuo ni tan casto,
la mayoría de las sectas se encuentran entre los dos extremos, tratando la
sexualidad dentro de unos márgenes más normales.
Sin embargo, sin querer alarmar a nadie, yo no bajaría la guardia.
En la mayoría de las sectas de aparente normalidad sexual pueden suceder
situaciones muy poco normales. Recordemos
que toda atmósfera sagrada es afrodisíaca y que la mayoría de las sectas
tienen unos valores humanos diferentes a los de la sociedad; y, por muy normales
que aparenten ser, el tratamiento que dan a las relaciones sexuales no suele ser
muy normal. Aquella persona que
tenga al cónyuge en alguna secta, no estaría de más que investigase el grado
de permisividad sexual de la doctrina que sigue su pareja.
En las sectas que tienen un alto grado de promiscuidad entre sus
miembros, el riesgo de infidelidades es elevado.
Y en las que se prodigan abrazos besos y caricias como muestras de amor
fraterno, no es infrecuente que se conviertan en muestras de amor erótico entre
personas que simpaticen sexualmente. La
atracción de la belleza espiritual se puede convertir muy fácilmente en
atracción sexual. Tampoco conviene
olvidar que, cuando se cambia de religión o de creencias, los matrimonios
realizados por rituales anteriores no son válidos.
Es frecuente que en la secta se anule las uniones anteriores y se hagan
otras nuevas. No vaya a ser que nos
consideremos casados con nuestro cónyuge mientras él se sienta divorciado o
casado con otra persona.
Por
todas estas causas no están del todo injustificados los temores que puede
experimentar quien tiene a su cónyuge metido en una secta, sobre todo si en esa
secta se enseña a practicar el sexo de los dioses.
EL
TANTRA O LA ALQUIMIA SEXUAL
Como venimos observando, es habitual encontrarnos ofertas de doctrinas diametralmente opuestas que nos ofrecen las mismas glorias divinas. Uno de los ejemplos más sorprendentes lo tenemos en lo referente al sexo: unas vías nos dicen que para llegar a dios hemos de ser castos, y otras nos dicen lo contrario. Y lo más sorprendente es que las dos opciones funcionan, la experiencia mística se produce tanto siguiendo una opción como la otra. Si preguntamos a un adepto de cada una de ellas, los dos nos hablarán de su vivencia de dios, muy parecida la una de la otra. Los dos llegan al mismo destino aún siguiendo caminos con direcciones opuestas.
Algo que pude comprobar en mi vida, pues, tanto en lo vivido intentando seguir las directrices de la castidad, como en lo vivido siguiendo las directrices de la libertad sexual, pude observar su eficiencia como caminos de aproximación a lo divino; aunque ninguno de los dos me condujo al sublime cielo prometido excepto en momentos puntuales.
Seguro que los creyentes en cada una de estas vías estarán pensando que fui yo el único responsable de mi fracaso cuando seguía su camino particular. Aunque si escucho a los castos cuando me hablan de la promiscuidad, me dirán que no fui yo el culpable de no vivir a dios plenamente en la libertad sexual, pues, según ellos, eso es imposible siguiendo ese camino. Y si escucho a los liberales místicos del sexo, me dirán que si no encontré a dios en la castidad es porque eso es imposible, a dios no se le puede encontrar sin vivir la sexualidad, pues dios es ante todo eso: sexo.
Así que, harto de tantos consejos contradictorios, y después de comprobar que tanto un método como otro no eran perfectos, continué con mis investigaciones por otros derroteros, encauzando mis pasos hacia una sexualidad muy especial y mucho más prometedora que las anteriores. Se trataba del tantra, del sexo de los dioses, también llamado alquimia sexual.
Esta divina forma de hacer el amor no recomienda huir ni de la castidad ni de las relaciones sexuales cuando se desea encontrar a dios, incluso considera necesario tanto a la castidad como al erotismo, y propone para realizarse espiritualmente vivir un sexo extraordinario donde se ha de hacer el amor castamente a la vez que sensualmente. Se trata de un estilo de amor platónico con erotismo incluido sin dejar de ser platónico.
Para nosotros los occidentales es tan inconcebible esta sexualidad que dudo si podré explicarla y hacerme entender. En primer lugar diré que no es un invento de reciente creación, es una sexualidad muy antigua, nos la encontramos en muchos de los ambientes más sagrados de nuestros antepasados, en especial en Oriente.
Hablando en plata, se trata de realizar el coito sin llegar al orgasmo. Las teorías alquimistas dicen que de esta forma el fuego sexual no se apaga, y se emplea como energía calórica para hacer hervir el matraz de la alquimia interior que convertirá en oro todo el pesado plomo de nuestra naturaleza. Las teorías tántricas nos dicen que es la única manera de elevar a la sagrada serpiente Kundalini hasta más allá de la coronilla y alcanzar así el nirvana. Otras teorías afirman que así se controlan las fuerzas animales pasionales. Y otras aseguran que esta forma de realizar el acto del amor es una garantía de permanencia del enamoramiento entre los amantes, pues siempre los mantiene hambrientos al uno del otro. Además, también se considera un método anticonceptivo natural (si se consigue realizar la hazaña, claro está).
Así que, ni corto ni perezoso, después de encontrar una pareja que estaba dispuesta a gozar esa sexualidad especial conmigo, nos pusimos manos a la obra: Exigiéndole a mi amada la quietud necesaria —cuando era necesaria—, pude conseguir no moverme del lugar donde debía de estar y así superar la primera fase donde otros fracasan. Era indispensable no derramar la copa sagrada. Después, sazonado el método con ciertas meditaciones, solamente me quedaba esperar que el sexo de los dioses me proporcionara la divinidad prometida.
Menos mal que fueron unos pocos meses de espera, porque, si llego a esperar más, a lo mejor ahora no lo estaría contando. No solamente la prometida divinidad no llegó nunca a invadirme, sino que además me entraron unos impresionantes ataques de nervios que de poco acaban conmigo. La enorme cantidad de energía psíquica acumulada saturó mi sistema nervioso. Mi poca tranquilidad interior, hirviendo en el matraz de la alquimia, en vez de convertirme en oro, me convertía en un manojo de nervios. En aquellos meses estuve sumido en un insoportable borboteo nervioso, desazonado interiormente. Tanto es así que instintivamente no se me ocurría otra cosa para calmar aquel fuego, y mis nervios, que acudir a la masturbación para vaciarme del combustible que me estaba convirtiendo en un cohete sin rumbo.
No dejaba de ser cómico: tanto esfuerzo por no derramar la copa sagrada en pareja, para después acabar vaciándola yo solito. Así acabaron mis intentos tántricos. Después de aquello no me cabía duda de que aquel sexo de dioses debía de ser precisamente para los dioses y no para los humanos. Algunos expertos en el tema seguro que piensan que me faltaban iniciaciones. Pero consultadas las mujeres que vivieron experimentos similares con hombres más iniciados que yo (no pregunté a muchos hombres, ya que no solemos ser muy sinceros cuando de reconocer nuestros fracasos sexuales se trata), me comunicaron que la mayoría de las veces no se pasaba de la primera fase de contención y fallaba el natural anticonceptivo. Por consiguiente, y como consecuencia, vinieron al mundo ―y me imagino que continúan viniendo― muchos hijos producto del derrame del sagrado matraz alquímico.
Otras
personas, que superaron la primera dificultad y lo intentaron durante más
tiempo que yo, acabaron destrozadas interiormente, en manos de expertos en
psicología que después intentaron curar sus graves quemaduras en el sistema
nervioso. Estos hechos provocaron
importantes denuncias en contra de las sectas que practicaban esta sexualidad.
Incluso muchas de las personas que la vivieron, y acabaron
desequilibrados interiormente, denunciaron a las sectas donde la habían estado
practicando.
Aún
así, todavía hay quienes predican los beneficios de su práctica y la
consideran indispensable para realizarse espiritualmente.
Yo no me alcanzo a creer que le pueda funcionar correctamente a alguna
pareja, pero si el río suena será porque algo de agua lleva, aunque sea poca.
No voy a descalificar totalmente este método de realización,
con avisar de los peligros que conozco por experiencia yo ya estoy
cumpliendo con el principal propósito de este libro.
Los
fanáticos de este exótico método sexual (casi siempre hombres) lo consideran
tan esencial, para todo desarrollo espiritual, que incluso afirman que todos los
grandes maestros espirituales lo practicaron como técnica indispensable para
conseguir alcanzar las alturas que alcanzaron.
Todos los grandes mediadores, incluido Jesucristo ―faltaba más―,
tenían una amante o una esposa con quien vivir el sexo sagrado.
A Jesucristo ―como no― le tocó en suerte a Magdalena.
Nada mejor que una santa prostituta para vivir el divino erotismo.
Y
les voy a contar un secreto: la gran pirámide de Keops no es un monumento
funerario, es en realidad el escenario sagrado donde el faraón, el hombre-dios,
sufría su particular proceso alquímico practicando el sexo divino, de
faraones, naturalmente. En la cámara
de la reina se las tenía que ver con la sacerdotisa (supongo que sería una
experta reina del sexo), quien le ayudaría a practicar la sexualidad sagrada
que lo terminaría en convertir dios definitivamente.
Si no superaba esta prueba final, no alcanzaría la inmortalidad.
Está claro que hasta los faraones fracasaron en sus intentos, pues se
quedaron aquí, en sus tumbas, hechos unas momias por no haber conseguido ese
sexo divino que les hubiera convertido en inmortales.
Yo
no puedo negar que, a pesar de lo vivido en mis propias carnes, todavía me
continúa fascinando esta sexualidad. Las
eróticas figuras de las fachadas de los antiguos templos tántricos de la
India, y muchos grabados antiguos orientales de elevado erotismo, nos hablan de
este sexo sagrado, que continúan fascinando a muchos de quienes las
contemplamos. Si prestamos atención
a esas imágenes comprobaremos que nos están mostrando algo extraordinario: sus
cuerpos están realizando el coito, u otro tipo de tocamiento eróticos, en
posturas que nos transmiten una elevada sensualidad, lujuria u obscenidad, como
queramos calificarlo. Sin embargo,
en sus rostros no aparece gesto lujurioso alguno, sus semblantes nos transmiten
una belleza espiritual suprema, una paz que nos puede parecer incompatible con
lo que están haciendo con sus cuerpos. Esas
imágenes nos están diciendo que existe una sexualidad donde es posible tener
el cuerpo viviendo un fuerte erotismo y la mente en santa beatitud.
Es como hacer el amor sin deseo, sin pasión erótica, a la vez que
vivimos el erotismo como espectadores, sin identificarnos con él.
Aunque
nos parezca extraño, creo que muchos de nosotros hemos vivido aspectos esa
especial sexualidad, al menos momentáneamente, cuando no lo pretendíamos y la
vida nos sorprendía dándonos ese regalo.
Me voy a remitir a esos momentos mágicos de nuestra vida, cuando hacíamos
el amor con la persona de la que estábamos enamorados, invadidos de un
extraordinario enamoramiento, de un embeleso sublime, supremo, casi sagrado;
embriagados por la divinidad que envuelve a los amantes.
Mientras nuestros cuerpos realizaban todo tipo de obscenidades, nosotros
permanecíamos en el cielo, casi ausentes de lo que sucedía en la tierra,
conscientes de un divino erotismo. Momentos
en los que, por ser la felicidad tan plena, desaparece el deseo animal de los
amantes. Aunque los
cuerpos no cesen de copular, nuestra atención permanece fija en la
divina virginidad que vemos en los ojos de nuestra amada o de nuestro amado.
Son los éxtasis de los enamorados, embriagados por el más poderoso de
los afrodisíacos, por el amor, por la gloria de amarse.
Éste es el único sexo que me ha llevado al cielo, sin secta ni doctrina
de por medio, el que viven los amantes cuando están llenos de divinidad, por
muy ateos que sean.
El
sexo que predica el tantra o la alquimia sexual se me antoja que no puede ser
muy diferente al sexo natural del pueblo, pero del que se ha suprimido el
orgasmo para intentar apartar a la bestia lo más posible del nido del amor.
Supongo que al hacer esto se intenta mantener durante largo tiempo la
magia mística de forma semejante a como la intentan mantener los amantes
adictos al amor platónico. En teoría
es un sexo fascinante, pero solamente en teoría.
Yo al menos, no he podido comprobar en la práctica los beneficios de
suprimir el orgasmo asiduamente.
Siento
no poder dar más detalles esenciales al respecto.
Espero que todas estas explicaciones hayan servido para dar una idea
aproximada de esta famosa forma de sexualidad en los caminos sectarios.
Una teoría que continúa fascinado por lo que promete, aunque resulte
casi imposible alcanzarlo.
Continuemos
nuestra andadura sin perder el entusiasmo investigador, aunque nos encontremos
con muchas incógnitas que todavía no podamos resolver.
Existen otros factores, tan importantes o más que el sexo, que
condicionan nuestro bienestar. Con
orgasmos o sin orgasmos, la mayoría de las veces, no podremos evitar que la
gloria del amor se nos escape de las manos cuando más la estamos disfrutando,
robada por las bestias de las pasiones: celos, instinto de posesión y de
manipulación de la persona amada, deseos exigentes, violencia sin razón que
nos convierte en enemigos de la persona que más queremos... Pasiones que nos
atacan a traición robándonos nuestro tesoro más preciado.
LAS
TRAICIONERAS PASIONES
Las pasiones son intensas pulsaciones psicológicas que se manifiestan en
el ser humano. Existe una
variopinta gama de estas fuerzas psíquicas.
Pero no todas suelen estar integradas en la personalidad de los
individuos ni en los sistemas éticos de las sociedades, aún me atrevería a
afirmar que la mayoría se encuentran ocultas, reprimidas, prohibidas, bullendo
en el inconsciente, hasta que nos estallan como volcán que irrumpe en erupción
cuando menos lo esperamos.
Como toda pulsación psicológica, las pasiones se reflejan en las
realidades virtuales espirituales. En
nuestra cultura occidental, quizás fue en la mitología griega donde mejor se
escenificó el hervidero de pasiones humanas.
Pero ahora tenemos a dioses mucho más educados en nuestra civilización,
y las pasiones negativas para la convivencia han sido transferidas a los
demonios, arrojadas a los infiernos, y al pobre pecador con ellas.
Censuradas,
las fuerzas que no deseamos vernos se nos han ubicado en lo más profundo de
nuestra inconsciencia. Y desde allí
suelen hacer fracasar los más denodados esfuerzos por vivir en armonía, ya sea
con nosotros mismos o con los demás. En
el mundo de las sectas, así como sucede en cualquier otra forma de agrupación
social, pasiones no gratas para la convivencia se empeñan en romper o en
transgredir los sistemas de valores éticos que cualquier sociedad se impone a sí
misma. Por ello son prohibidas, se
menosprecian o se ignoran. Construimos
sensacionales proyectos de vida feliz sin contar con ellas, no las integramos en
nuestra personalidad ni en nuestra sociedad por su cariz anárquico; mas ellas
continúan irrumpiendo sorpresivamente en nuestras vidas, aguándonos la fiesta
cuando más la estamos disfrutando.
Por un lado necesitamos a las pasiones, pues contienen la fuerza de
nuestra vida; una vida sin pasión es una vida gris; pero, por otro lado, muchas
de ellas son como animales de tiro sin domesticar, fuerzas salvajes que nos
avergüenzan.
En el mundo de las sectas resulta hasta cómico, por no decir dramático,
observar cómo sus miembros se esfuerzan por implantar la práctica de la virtud
en sus sociedades, para que tarde o temprano el intento acabe fracasando
estrepitosamente por haber sido atacado por pasiones ajenas al programa básico
doctrinal.
Me
da la sensación de que las sotanas o túnicas que gustan de llevar los miembros
de las sectas o de las religiones tienen como principal misión la de ocultar
las oscuras pasiones que se esconden tras ellas.
Ya en el capítulo anterior hemos hablado del peligro que conlleva la
castidad al reprimir pasiones de origen sexual.
Es típico en la historia de las sectas
castas que el sumo sacerdote acabe ligándose con la discípula más exuberante
y virginal, sacudiendo con el escándalo a una agrupación enfocada en un
virtuosismo casto. Como venimos
advirtiendo, la atmósfera sagrada propicia los enamoramientos, y las pasiones
de origen sexual estallan en los ambientes más castos.
La
atmósfera sagrada escarba en el interior del ser humano y saca al exterior todo
lo que llevamos dentro. Y como
normalmente no conocemos las pasiones que habitan en nuestro interior, no
estamos avisados de lo que nos espera cuando nos sumergimos en un proceso
evolutivo espiritual. La sorpresa o
el susto no hay quien nos lo quite, en especial si las pasiones que nos
sorprenden son de carácter violento, sobre todo si llevamos años practicando
una doctrina pacifista.
Mas
no habremos de preocuparnos, las sectas tienen capacidad suficiente para asumir
y disimular las pasiones que surgen en su seno contrarias a sus doctrinas.
Pongamos unos ejemplos habituales: si el sumo sacerdote o el gurú de
turno se ha beneficiado a una casta adepta virginal, no ha sido por una
incontrolable pasión, ese desliz llegó a suceder porque en otra vida
―pasada, claro está― fueron marido y mujer, y ahora vuelven a
encontrarse. De esta forma se calma
el escándalo y la vida sectaria continúa con normalidad.
Y cuando se produce un adulterio, es porque otra relación de otra vida
ha venido a perturbar el compromiso de ésta.
Y otro tanto sucede con las terribles pasiones de carácter violento: los
impulsos violentos en el seno de las sectas suelen estar justificados por algún
tipo de cruzada salvadora en contra de alguna fuerza, sociedad o persona
considerada demoniaca. Sectas y
religiones con doctrinas tremendamente pacíficas han protagonizado en la
Historia una extrema violencia, pero siempre basada en justificaciones
convincentes para los creyentes.
E
igualmente sucede con otras miserables pasiones humanas, como son los celos, la
envidia, el odio, la ambición, el exacerbado egoísmo, la sed de poder, el
instinto de posesión, de territorialidad, etc.
Todas estas vergüenzas humanas, negros instintos animales la mayoría de
las veces, se pasean bajo las túnicas o las sotanas por los ambientes
sectarios, como bajo las ropas de cualquier otra agrupación humana, disfrazados
para engañar a los demás, y para engañarnos a nosotros mismos cuando no
estamos dispuestos a reconocerlas.
Hasta
cierto punto es natural que se oculten los defectos, sobre todo cuando no se
sabe que hacer con ellos. Lo que ya
resulta intolerable es que encima se presuma de ellos, se ensalcen e incluso se
pretendan convertir en virtudes. Esta
aptitud camaleónica la podemos encontrar en individuos pedantes o en pomposas
organizaciones diestras en vanagloriarse de sus miserias.
En las sectas es muy común encontrarnos con grandes defectos humanos
ensalzados hasta las más altas cotas de la virtud, consecuencia de creerse los
falsos efectos milagrosos de ilusorios elixires divinos, capaces de convertir,
por la gracia de la sugestión, un defecto en una virtud.
Los borrachos de dios se creen perfectos, las drogas divinas los hace
felices, y por ello se creen superiores a los demás, diferentes, santos; pero
sencillamente son borrachos inconscientes de sus miserias humanas.
Ni la drogadicción mística, ni las iniciaciones, ni la perfección
sacramental, por decreto divino, nos liberan de las pasiones.
Si observamos a quienes se creen libres de ellas, comprobaremos como esas
personas continúan con sus defectos, como antes, o mucho peor, pues ahora difícilmente
tendrán remedio, ya que los afectados no reconocerán sus pasiones como suyas.
Es
habitual observar en las sectas como el ansia de virtud ciega a quienes quieren
conseguirla a toda costa, y para ello no dudan en ponerse medallas de virtudes
en sus sotanas o túnicas cuando bajo ellas continúan bullendo oscuras y
prohibidas pasiones. Esto es
realmente grave: Sociedades
destinadas a propiciar el perfeccionamiento del ser humano convertidas en
escuelas diestras en disimular las miserias humanas, en nidos de imperfecciones
disfrazadas de virtud, de tal manera que al confundir una cosa con la otra
propician el crecimiento del mal en vez del crecimiento del bien.
La
atmósfera sagrada que se vive en las sectas saca a la luz nuestras miserias; y
es habitual que el sectario, el fanático, no sea capaz de reconocerlas, de
asumirlas e intentar afrontar un cambio real en su interior; por lo que opta por
el camino más fácil, por disimularlas, e incluso por justificarlas.
¿Cuántas sectas o religiones con un notable carácter pacifista han
protagonizado casos de violencia extrema, justificada la mayoría de las veces
por sentirse brazos justicieros de la ira divina o argumentos semejantes?
¿Cuánto odio encontramos en los caminos del amor espiritual?
¿Cuánto sexo en los caminos más castos?
Siento
no poder presumir de medallas de virtud, siempre que me las pusieron las arranqué
de mi pecho. Nunca pude soportar
presumir de perfección o de virtud cuando mis defectos, mis imperfecciones y
mis pasiones campan a sus anchas por mi interior.
Por
los caminos sectarios hay que ir siempre con lupa, una actitud detectivesca nos
puede alertar del fraude y descubrirnos que nos están o nos estamos engañando
a la hora de sopesar nuestro progreso espiritual.
Es muy fácil confundir el auténtico fuego divino con las luces de neón
que produce nuestra propia sugestión o la sugestión del grupo en el que
estemos trabajándonos.
La
auténtica radiación sagrada hace emerger en nuestra vida lo que en realidad
somos y todo lo que pulula por nuestros interiores.
Y es habitual encontrarnos con las pasiones más oscuras y prohibidas que
nos podamos imaginar. Las
comunidades sectarias, por muy altas metas que se propongan, son nidos de las más
viles pasiones; y aún diría más: cuanto más alta fijen su mirada, menos verán
las vilezas que se produzcan en sus niveles inferiores y más los padecerán.
Esto es algo semejante a lo que les sucede a los enamorados: el amor
extrae de la persona todo lo que lleva dentro, incluido lo que no es amor.
La sorpresa de los enamorados, así como de los adeptos a las sectas,
suele ser morrocotuda, las pasiones les pillan a traición, habitualmente cuando
mejor se encuentran disfrutando de las mieles divinas, ya sean en la pareja o en
los caminos espirituales. Después
vendrá el tratamiento que se les dé. Es
típico de muchas personas no querer reconocer sus defectos y echarle la culpa
de sus consecuencias al otro miembro de la pareja o a alguna otra persona o
circunstancia. Y en las sectas no
es muy diferente. Como el mundo
sectario es intocable, incluidos sus componentes, hay que inventarse a alguien
que cargue con las culpas de las consecuencias de nuestras pasiones negativas.
Así nació la peor creación virtual de todos los tiempos: el demonio,
malvado personaje al que se le achacan todos los males de este mundo.
En él se encarnan todas las maldades de la Humanidad, y de él se sirven
sus creyentes para no reconocer sus maldades como suyas.
En
la actualidad son en especial las pasiones de carácter violento las más
rechazadas por nuestra conciencia y prohibidas por la sociedad.
Para nuestro espíritu civilizado, y para una buena convivencia, nos
resultan tan negativas en nuestros sistemas de valores que somos capaces de no
reconocerlas aunque nos estemos comportando violentamente a diario.
Es
muy importante el reconocer nuestras pasiones ocultas para evitarnos sorpresas,
cuanto más las conozcamos mejor evitaremos que tanto en una vida normal como en
los mundos sectarios nos cojan a traición.
Detengámonos
a estudiar una de las más importantes pulsaciones psicológicas de la
Humanidad.
LA
VIOLENCIA Y EL INSTINTO DE MUERTE
Para estudiar la violencia en el ámbito de las sectas, en primer lugar
habremos de saber de qué estamos hablando.
Si estamos intentando realizar un estudio serio, no podemos trasladar a
estas páginas toda la polémica, la confusión y las contradictorias opiniones,
que sobre la violencia existen hoy en día en los ambientes culturales.
Para evitarlo vamos a inclinarnos por las
teorías que más serias nos parecen al respecto, y las que precisamente
mejor nos pueden ayudar a explicarnos las manifestaciones de violencia que
suceden tanto en nuestra vida cotidiana como en el interior de las sectas.
Vamos a aportar nuestro granito de arena al gran debate sobre la
violencia inclinándonos por las teorías que la definen como un importante
impulso psicológico innato en el ser humano y en toda forma de vida.
Desde
el momento en que todo ser vivo comienza su existencia, corre el riesgo de ser
devorado ―especialmente cuando es una cría― por otro ser que
habitualmente se alimenta de él. El
pez grande se come al chico, y en el mundo microscópico de los microorganismos
sucede otro tanto. En los mamíferos,
especie animal a la que pertenecemos, tenemos los ejemplos más claros para
nosotros de la importancia de la violencia para la supervivencia.
Ya sea para comer o para evitar ser comido, para cazar o para evitar ser
cazado, todo mamífero tendrá que hacer uso de su agresividad para sobrevivir.
Es una ley básica natural. La
violencia es esencial para la supervivencia, está muy relacionada con la
muerte, y a su vez con la alimentación de los seres vivos.
La Naturaleza proporciona a todo ser vivo un instinto agresivo para
evitar ser comido, que en la mayoría de los casos se convierte en instinto
asesino cuando se necesita cazar para comer.
Un instinto con tanta violencia con resultado de muerte que lo damos en
llamar el instinto de muerte. Un
instinto que lleva a matar o a morir según el papel que le toque realizar a
cada partícula de vida. Un
instinto que da fuerzas para matar al ser vivo que hace el papel de asesino, y
hechiza al que le ha tocado ser la víctima.
Un instinto tan aterrador para la conciencia del hombre que habitualmente
preferimos olvidarlo, a pesar de que él no se olvida de nosotros.
Las
personas que vivimos en los países desarrollados, nos hemos desnaturalizado
hasta el extremo de no necesitar la violencia para comer o para evitar ser
comidos, por lo que no tenemos ni una vivencia ni una visión muy clara de lo
que es la violencia y la muerte en su estado natural.
Sin embargo, aunque ya no lo necesitemos ni para comer ni para
defendernos de las fieras que nos consideran comida suya, el instinto de muerte
permanece activo en nosotros, y, cuando no nos mata de puro viejos, nos acaba
matando de otras maneras, a la vez que salpica nuestra vida social con multitud
de manifestaciones agresivas.
Al
retirarle al instinto violento sus objetivos principales, él sigue actuando por
otros derroteros vinculados con su función primordial.
La agresividad humana destinada por la Naturaleza para defendernos de las
bestias y para la caza, al verse desprovista de propósito principal, se centra
en otros objetivos, no sin cierto descontrol y caos.
Las guerras ―manifestaciones de la locura humana― casi
siempre han sido a causa de la lucha por el territorio, muy vinculado con el
alimento, con el poder que garantiza el sustento y la riqueza.
Hace muchos siglos que los humanos dejamos de pelearnos con los animales
para sobrevivir, pero no hemos cesado de hacer guerras entre nosotros, luchamos
a muerte para conseguir el poder, no ya sobre los animales, sino sobre los demás
seres humanos, imponiendo la ley del más fuerte, en definitiva la ley de la
selva. Pulsaciones agresivas que
hoy nos avergüenzan y ya creemos erradicadas de nuestra cultura, aunque, en mi
opinión, todavía andan por nuestros interiores.
La ley del más fuerte continúa vigente en nuestra sociedad, disimulada
en nuestro modernismo.
Las diferentes formas de violencia que observamos en nuestra sociedad son
desviaciones de la función principal de un instinto básico destructivo que, en
su estado natural, acaba matando antes de que lleguen a viejos a la mayoría de
los seres vivos. A excepción del
hombre, la mayoría de seres vivos no llegan a viejos, pues se los acaban
comiendo sus particulares depredadores en cuanto empiezan a perder sus defensas.
De esta forma la Naturaleza mantiene siempre jóvenes a sus criaturas.
Una terrible ley de vida que no conviene olvidar.
Necesitamos
recuperar la visión del instinto de muerte, aunque nos aterrorice, si deseamos
continuar adentrándonos en los misterios de nuestra naturaleza.
La muerte es la manifestación suprema de violencia, pues toda violencia
llevada hasta el final conduce a la muerte, es el definitivo acto de violencia,
aunque se muera en paz. La muerte
siempre sobreviene por una agresión. Visto
fríamente, morir comidos por un tigre es semejante a morir comidos por los
gusanos o por un virus que nos quita la vida, aunque para nosotros no signifique
lo mismo. La muerte es el
definitivo acto de violencia que nuestra bendita madre Naturaleza depara a toda
forma de vida. Lo que llamamos una
muerte natural es un acto tan agresivo para la vida como lo es un asesinato, por
mucho que a nosotros nos parezca diferente.
A pesar de que en muchos casos nuestra cultura diferencia la muerte de la
violencia, en realidad son la misma cosa, lo que damos en llamar violencia es un
proceso de muerte, inacabado en unos casos o terminado en otros.
Toda
muerte es una agresión a la vida, y toda forma de violencia es una aproximación
a la muerte. La violencia y la
muerte son dos consecuencias, dos manifestaciones de un mismo instinto que porta
toda forma de vida, el instinto de muerte.
Una fuerza destructiva que lucha contra otros instintos creadores de vida
ganado siempre la batalla.
Este
brutal instinto, hasta que mata a cada uno de los seres vivos, compite con el
instinto sexual. De hecho los dos
actúan en toda forma de vida y crean un asombroso juego de fuerzas opuestas: un
instinto dedicado a crear la vida y otro a fomentar la muerte.
Nuestra cultura a uno lo define como el bien y al otro lo define como el
mal. Freud ya nos indicó que el
juego de la vida en nuestro mundo se realizaba entre dos fuerzas: el instinto de
vida y el instinto de muerte, eros y tánatos; por un lado la vida no cesa de
crearse y de recrearse, y por otro lado la misma vida no cesa de matarse.
Pulsaciones de vida y pulsaciones de muerte juegan constantemente con los
seres vivos, un juego que siempre tiene el mismo final para cada vida
particular: será con un jaque mate como la muerte ganará la partida a toda
forma de vida. El envejecimiento
será el paciente asesino que concluirá la partida a favor de una muerte que
damos en llamar natural, cuando ésta no ha llegado antes por otras causas que
solemos llamar violentas. El
proceso del envejecimiento y las enfermedades provocan una autodestrucción
impulsada por el instinto de muerte, artífice del punto final de toda forma de
vida que se ha librado de ser destruida por otras causas.
Es
muy importante para nuestro estudio tener una visión clara de este importante
instinto muy poco reconocido en nuestra cultura.
Se trata de una fuerza que nos induce a morir o a matar, a herir o a
enfermar, a envejecer y a morir. Es
una misma fuerza instintiva muy poderosa que nuestra cultura ha disimulado y
disgregado en diversidad de aspectos, probablemente por el terror que nos
produciría reconocerla integra, tal y como es.
Cuando, por ejemplo, diferenciamos una muerte violenta de otra que nos
parece que no lo es, es debido a conceptos culturales.
El instinto de muerte no hace distinciones, mata sin más, está
programado para matar. Es una
pulsación agresiva que atenta contra nuestras vidas, ya sea de una forma o de
otra, convirtiéndonos en víctimas mortales ya sea de una forma que nos parezca
violenta o no nos lo parezca.
Esta
visión general de la violencia nos va a servir para entender que, a pesar de
todo lo que estamos luchando los seres humanos evitar ser agredidos, a pesar de
haber aumentado la edad media vida, este importante instinto sigue haciendo de
las suyas en nosotros, matando a muchos miembros de nuestra especie antes de lo
que quisiéramos.
Aunque
ya no seamos perseguidos por fieras que nos consideren su comida, ni tengamos
enemigos mortales que atenten contra nuestra vida, y vivamos una paz social
envidiable, el número de fallecimientos en nuestras sociedades civilizadas,
antes de que la muerte por envejecimiento se produzca, continúa siendo
alarmante; no ya causados por animales agresivos ni por asesinatos o por
guerras, ahora son los accidentes o las nuevas enfermedades quienes los
provocan. Es como si tuviéramos
siempre que pagar una cuota de muerte anticipada a la vida aunque vivamos en
paz. El instinto de muerte, cuando
no te mata, te induce para que te mates; para muestra observemos como realizamos
hechos que perjudican nuestra salud con toda la naturalidad del mundo, sin ser
conscientes de que estamos atentando contra nuestra vida.
Hábitos perniciosos como el tabaquismo o el alcoholismo son claras
muestras del instinto autodestructivo. El
elevado número de suicidios delatan que la violencia autodestructiva continúa
en nuestras ejemplares sociedades. Y
en los accidentes laborales, de tráfico, o en los deportes de riesgo, nuestros
jóvenes encuentran la muerte o quedan inválidos de por vida como si fueran víctimas
de una guerra.
La
atracción por el riesgo de muerte que sienten los jóvenes viene impulsada por
el instinto violento, que, como todo instinto, en la juventud se manifiesta con
elevada fuerza vital. Una elevada
afluencia de bioenergía enerva todo organismo cuando se satisface un instinto.
El cuerpo humano se llena de vitalidad cuando se satisface el instinto
sexual o el instinto violento; si el miedo o la educación no provoca una
represión que bloquea el fluir de energía, naturalmente.
Muy
pocas veces se habla de la muerte como una fuerza instintiva.
Nosotros vamos a hacerlo, pues es una forma de sintetizar las fuerzas de
nuestro lado oscuro que nos ayudará a comprender los hechos más tenebrosos que
nos vamos a encontrar en nuestro paseo por el interior de las sectas.
Sin entender que el instinto de muerte es una fuerza más poderosa que
los instintos que fomentan la vida, nunca podríamos entender las barbaridades
que suceden tanto en las sectas como fuera de ellas, no podríamos entender las
guerras ni los suicidios colectivos. Por
ello habremos de realizar el esfuerzo extra de mirar aquello que no queremos
ver, aunque para ello tengamos que hacer de tripas corazón.
Al
hombre civilizado le cuesta reconocer que la violencia y la muerte son fuerzas
instintivas de todo ser vivo, en especial cuando nos referimos a nosotros, a los
seres humanos. Porque cuando
hablamos de la vida de los animales o de las bacterias podemos entender que la
violencia y la muerte sean parte esencial de su supervivencia.
Pero, cuando hablamos de nosotros, de nuestra vida, a la muerte ni la
vemos, o no queremos verla; y con la violencia nos sucede otro tanto.
Esta
actitud “civilizada” nos ha creado un gran problema, pues ―sin ánimo
de asustar a nadie―, tanto la violencia como la muerte, se rigen por leyes
naturales como las leyes físicas, son fuerzas instintivas.
Al negar su existencia en nosotros, al no querer ver esas fuerzas
naturales, las hemos arrojado a la inconsciencia, donde nos hemos creado un
terrorífico territorio oculto lleno de fuerzas destructivas y autodestructivas
que nos negamos a reconocer. Son
muy pocos los estudiosos de la mente humana que después de penetrar en nuestro
lado oscuro anuncian los horrores que han visto.
Prefieren dejarnos en la inopia antes de arriesgarse a que cunda el pánico.
Prefieren que sigamos preguntándonos el porqué de nuestras desdichas, o
echando las culpas de nuestros males a diestro y a siniestro, antes que decirnos
la oscura verdad de la naturaleza humana.
Sin
embargo, aunque nadie nos hable de nuestro principal mal intrínseco, lo podemos
ver sus manifestaciones. Por
ejemplo, las horas que un televidente medio se pasa al día viendo violencia ya
nos denuncia la existencia de un atractivo instinto destructivo en el hombre.
El instinto de muerte es tan seductor como el instinto sexual,
especialmente cuando dichos instintos están reprimidos.
No echemos la culpa a las programaciones televisivas porque tengan
excesivo terror o violencia. Cuando
en las pantallas de televisión se proyectan tan gran número de películas
violentas es a causa de la demanda de la audiencia. Un
éxito cinematográfico o literario se debe habitualmente a que evoca aspectos
ocultos que bullen en el interior de las personas.
Nos fascina nuestra violencia interna.
Nuestro instinto de muerte, y el pánico que nos provoca, palpita ante la
escenificación cinematográfica de las fuerzas de nuestro lado oscuro.
En
nuestro estudio vamos a llamar a esas fuerzas las fuerzas del mal, las fuerzas
asesinas, las que nos llevan a la muerte; son los impulsos psicológicos que no
queremos ver, que censuramos. Donde
podemos incluir todo tipo de agresividad, de tendencias autodestructivas, de
atracción por la muerte, de instintos asesinos, etc.
No
vamos a detenernos a analizar minuciosamente cada uno de ellos, pues nos desviaría
demasiado de la meta que nos hemos propuesto en nuestro estudio.
Vamos a dedicar unos pocos capítulos a iluminar nuestro lado oscuro,
enfocando nuestra atención en nuestra sociedad, antes de continuar penetrando
en las sectas.
Ya
sabemos que toda fuerza humana, que no es reconocida por los seres humanos, se
proyecta con suma facilidad en las realidades virtuales espirituales.
Por lo que no nos costará deducir que las fuerzas del mal nos las vamos
a encontrar muy a menudo en los caminos espirituales, disfrazadas de lo que
caprichosamente haya querido vestirlas el inconsciente de los creyentes.
Actitud
camaleónica que no solamente atañe a las sectas, pues en nuestro mundo, en
especial en las sociedades desarrolladas, también gustamos vivir los carnavales
de la vida. Así que, antes de
criticar casa ajena, vamos a echar un vistazo a la nuestra.
EL
PACIFISMO
Solemos hablar de las sectas como si su fiesta no fuera con nosotros,
pero nuestro mundo no sería como es sin ellas.
Aunque nos duela, y no seamos creyentes, somos hijos de las sectas, en
especial de aquellas que alcanzaron el poder.
El no matarás y el amarás al prójimo, por ejemplo, son preceptos
antinaturales, contrarios al instinto de muerte, que ha heredado nuestra cultura
de antiguas sectas religiosas que consiguieron extender sus mensajes
espirituales por todo el mundo. Ideologías
espirituales blancas que nos ofrecen una visión de la vida diferente a la cruda
realidad, creencias con las que hemos creado un mundo irreal en nuestra mente
colectiva (tal y como sucede en las sectas).
En
el capítulo sobre la visión explicamos que los seres humanos somos capaces de
ver mundos diferentes los unos de los otros aunque estemos mirando lo mismo.
El filtro de selección de preferencias de nuestro cerebro nos hace ver
exclusivamente aquello que hemos elegido ver.
Gozamos de la belleza del mundo natural observando la belleza de las
flores, por ejemplo, pero no somos conscientes de la terrible violencia que
viven las plantas entre ellas. El
arbusto más insignificante, incluso el que produce las flores más hermosas,
lucha a muerte con las otras plantas que le rodean por la conquista del
territorio. Toda planta intenta
extenderse y reproducirse de tal forma que no duda en ahogar a todas aquellas
que se le pongan por delante. Sus
raíces luchan a muerte en el subsuelo por la conquista de los nutrientes del
territorio subterráneo, y sus ramas no dudan en acaparar toda la radiación
solar que les sea posible; elevándose y extendiéndose hasta donde les permite
su constitución, matando a cualquier otra planta que no es tan fuerte como
ella, privándole del alimento subterráneo o sumiéndola en la sombra.
La
idílica idea de la Naturaleza pacífica se ha extendido tanto que apenas se
reconocen los terribles dramas que sufren los seres vivos a causa de las drásticas
leyes naturales. El pacifismo
imperante en nuestra cultura nos ofrece una visión de la Naturaleza al estilo
Walt Disney. Admiramos los aspectos
amorosos del mundo de los animales, pero obviamos la violencia que viven.
Gozamos contemplando el gran amor de una hembra por sus crías, pero no
vemos el terrible drama que esa misma hembra provoca en otros animales cuando
para alimentarse se come a las crías de otra familia animal, tan amorosa como
la suya.
Y
cuando se trata de vernos a nosotros, al ser humano, hacemos otro tanto.
Corremos un tupido velo sobre la violencia que encarnamos.
Ni nos damos cuenta que hemos matado a esas dulces crías de nuestros
amorosos animalitos cuando nos comemos los deliciosos cochinillos asados
―por ejemplo― o nos hacemos un sencillo huevo frito.
No hay por qué avergonzarse de nuestras pulsaciones de carácter
violento. Los seres humanos
pertenecemos a la especie de mamíferos dominantes, depredadores supremos de la
tierra. En mí siento en ocasiones
los impulsos violentos y asesinos de mi raza, soy un miembro de la especie
animal más depredadora y destructora del planeta, y no me avergüenzo de ello
(aunque también es cierto que no me hace sentirme orgulloso).
Este reconocimiento me permite, entre otras cosas, no ir culpando a los
demás de los males de este mundo. Es
típico de la persona que no asume su instinto violento el ver muy a menudo
exclusivamente la violencia en otras personas, en quienes ―según su opinión―
no saben controlar sus instintos animales.
Esta
negación de un instinto tan vital en nuestra sociedad provoca una importante
represión en el ser humano. El
auge del pacifismo en la actualidad agrava nuestra condición de reprimidos.
Estamos asfixiando el instinto violento como nunca lo hemos hecho antes.
La llegada de la democracia ha provocado que el pueblo dictamine la
extirpación de todo tipo de agresión física.
Hoy nadie desea volver a sufrir una nueva guerra.
El miedo del pueblo a ser agredido físicamente se ha impuesto en la política.
La paz es implantada por decreto aunque la guerra permanezca en nuestras
entrañas. A nuestro instinto
agresivo solamente le permitimos estimularse contemplando filmes violentos, como
lo haría cualquier reprimido sexual que solamente se permitiera excitarse
mediante la pornografía.
No
vamos a negar los beneficios del pacifismo que todos estamos disfrutando, ni que
tenga un origen sincero y profundo en el alma humana; puede incluso que la paz y
el amor sean unas fuerzas espirituales de mayor intensidad que lo es la
violencia. (Eso es algo que
estudiaremos en los últimos capítulos). Lo
que no es correcto es que la paz y el amor se intenten imponer en nuestro mundo
ocultando y negando la existencia de la violencia como intensa pulsación psicológica
humana. No es digno de nuestra
cultura echar tierra sobre la violencia como lo estamos haciendo, queriendo
enterrar ya de paso a los que consideramos violentos.
Para intentar desenmascarar semejante ocultación, no vamos a perder de
vista a la violencia en el resto capítulos que nos quedan, intentando
explicarnos su origen y la multitud de formas que adopta.
Si no vemos la realidad de nuestro lado oscuro, el poder destructivo que
esconde, nuestro pacifismo continuará siendo de una fragilidad espantosa.
Mas,
aunque frágil, insisto en que no podemos negar los beneficios que nos está
aportando la represión de la violencia para el tipo de convivencia pacífica
que hemos elegido vivir en los países desarrollados.
Aunque sea una represión inconsciente, aunque sea
una forma de engañarse, nos ha servido para disfrutar la vida olvidándonos
de aquello que nos la quiere amargar. Sin
embargo, ya es hora de mejorar nuestra relación con este instinto que se nos
antoja tan desagradable, pues toda represión conlleva su tributo enfermizo, y
en este caso, aunque suene a sarcasmo, estamos privándonos de una vida
saludable por reprimir nuestros instintos de ataque contra la vida.
Los
terapeutas más conscientes de este drama, que nos está tocando vivir,
denuncian que la mayoría de las enfermedades del hombre moderno son
producidas por la represión de su agresividad.
Resulta hasta cómico observar en ciertos gabinetes de terapias a sus
pacientes, personas normales, intentando descargar su agresividad dando golpes
con porras de goma o tirándose cojines. Admirables
pretensiones de liberar lo reprimido; vanos intentos en aquellas ocasiones en
las que una fuerte pulsación agresiva pide el derramamiento de sangre.
Los
países desarrollados vivimos una gran fiesta cuando comenzamos a liberarnos de
la represión sexual, fue algo que hicimos con mucho gusto y placer, sobre todo
los jóvenes; fue toda una explosión festiva de vida la que sacudió a nuestras
sociedades. Ahora, sin embargo, con
la violencia lo tenemos mucho más crudo: si liberáramos nuestro instinto
violento también viviríamos una explosión de vida, pero sería una vida
corta. La violencia engendra
violencia. Una pequeña llamarada
de violencia, si no se apaga a tiempo, puede provocar un incendio de dimensiones
insospechadas, una reacción en cadena que, gracias al poder de los modernos
armamentos, generaría una masiva destrucción, a un nivel universal, que tardaría
en traernos la muerte mucho menos de lo que tarda en afectarnos la represión de
la violencia. Para muestra la última
guerra mundial.
No
tenemos solución fácil al problema de la represión de la violencia, en
realidad no tenemos, todavía, ninguna solución válida.
Por ahora no se nos ocurre otra cosa que construir cárceles y más cárceles
para encerrar a aquellos que no tienen fácil reprimir su agresividad.
Las otras soluciones más aceptadas, que se proponen para erradicarla, se
basan en la premisa de que la violencia no es un poderoso e incontrolable
instinto innato en el ser humano. La
idea de que somos seres civilizados, muy por encima de cualquier animal, capaces
de domesticar a la fiera que llevamos dentro, es la base del pacifismo.
Sin embargo, la Historia nos muestra lo contrario: que somos la especie más
destructora del planeta, y la única capaz de volverse contra sí misma masacrándose
sus individuos masivamente, tal y como lo hemos hecho en tantas guerras.
Los
expertos militares y los políticos más conscientes bien saben que un exceso de
pacifismo en un país puede dejarle desprotegido, a merced de agresiones venidas
de fuera. Pero aun así se insiste
en que la agresividad de la Humanidad es adquirida por circunstancias que se
pueden evitar fácilmente, como por la educación; no se tiene conciencia de la
imponente fuerza del instinto violento. Y
es que el pacifismo está de moda. Se
considera a la violencia como un instinto animal, como si no fuera nuestro, a
pesar de que los seres humanos siempre hemos demostrado ser más animales que
los animales. Nuestros bebés
tienen unas rabietas de tal virulencia que no se dan en ninguna cría de otro
ser vivo, y nuestros acogedores nidos familiares se convierten a menudo en algo
mucho peor que nidos de víboras. La
violencia doméstica salta a las páginas de los medios informativos a diario.
La guerra de los sexos es otra manifestación más de nuestra exuberante
violencia. Así como el sadismo o
el masoquismo tampoco se dan en ninguna otra especie con el ensañamiento que se
dan en la nuestra. Y el odio que
podemos llegar a sentir es el sello principal del mal que es capaz de generar
nuestra raza. Somos sin lugar a
dudas la especie con más violencia del planeta.
También es cierto que somos la especie que más está luchando por
erradicarla.
Por
mucho que se nos tache de pesimistas al leer estos capítulos dedicados a la
violencia, no estamos hablando sino de la punta del iceberg.
La violencia es un mal casi irremediable de este nuestro mundo.
Y digo casi porque siempre hay que dejar una puerta abierta a la
esperanza. Si la violencia es un
gran mal, puede que algún día encontremos una gran remedio.
En los capítulos finales hablaremos de ello.
A
pesar de la gravedad de nuestro estado, no tenemos porqué sentirnos derrotistas
al estudiar la violencia. Incluso
podemos sentirnos afortunados en los países que llevamos disfrutando décadas
de paz. Excepto para quienes están
en las cárceles, los sistemas represivos de la violencia nos han beneficiado a
la mayoría; mas hemos de ser conscientes de su carácter enfermizo y de que
toda represión de un importante impulso psicológico puede estallarnos en las
manos en cualquier momento. Teniendo
en cuenta que reprimir el impulso violento no es igual que reprimir cualquier
otro impulso humano. Su potencial
destructivo es inmenso. Continuemos
buscando nuevas formas de intentar desactivar definitivamente esta bomba de
relojería, teniendo en cuenta que no vamos a conseguir erradicar la violencia
definitivamente si seguimos disimulándola, negando su cualidad de intensa
pulsación vital en nosotros, o echando la culpa de nuestra situación a quienes
consideramos violentos.
Antes
de solucionar el problema de la violencia tendremos que ser conscientes de que
ella es tal como es. Hemos perdido
la visión de nuestra agresividad a base de soñar con mundos pacíficos.
Hemos dejado de ver comida cuando observamos cariñosamente a un animal,
incluso podemos ser miembros de alguna sociedad protectora de animales, aunque
después nos los comamos disimuladamente en sofisticados guisos culinarios.
El hecho de que ocultemos en los mataderos las masacres de animales, que
nos alimentan cada día, no nos exime de ser conscientes de las matanzas diarias
que los matarifes realizan por nosotros. Nuestra
agresividad, al ser la raza más depredadora del planeta, permanece tan vigente
como siempre lo estuvo, aunque la vistamos de pacífica civilización.
Nuestra naturaleza no permite que arranquemos de nosotros este instinto
porque es necesario para que sobreviva toda forma de vida en este mundo en su
ambiente natural. Los cachorros del
pacifismo, ante un gran cataclismo mundial que destruyera la civilización, lo
tendrían muy difícil para sobrevivir si no hicieran uso de la violencia para
cazar y así alimentarse.
Si deseamos aumentar nuestro bienestar, habremos de ser más conscientes
de la violencia que hay en todo ser humano en vez de arrojarla a la
inconsciencia y permitir que desde allí nos siga dando sorpresas desagradables.
El sumo cuidado que se está teniendo para evitar que la violencia de
nuestros jóvenes sea excitada en exceso, es semejante al férreo control
represivo de la sexualidad de siglos atrás.
Y si los ambientes más castos del pasado no consiguieron acabar con la
sexualidad, mucho me temo que los ambientes más pacíficos no conseguirán
acabar con la violencia.
No estoy diciendo que lo estemos haciendo del todo mal.
Probablemente, por ahora, no tengamos otra forma mejor de enfrentarnos a
la violencia. Lo que estoy
denunciando es la falta de sinceridad en el sistema que estamos usando para
reprimir la violencia. Se proclama
que la educación es esencial para erradicar la violencia definitivamente, algo
que no es cierto. La educación lo
único que hace es cambiar la forma de aplicar la violencia, una persona educada
es una persona que puede ser agresiva dentro de los límites de la legalidad.
Y, en mi opinión, no hay mucha diferencia entre la violencia legal y la
ilegal. Si me diesen a elegir entre
recibir un navajazo o que me amargasen el resto de mi vida a golpe de abogados,
al estilo culebrón norteamericano, no sabría muy bien con qué quedarme.
Las personas educadas, sobre todo si son adineradas y tienen poder
social, pueden ejercer una violencia dentro la legalidad más dañina que la que
ejercieron muchas de las personas que están en las cárceles.
Y esto lo sabemos todos.
Por mucho que creamos que la ley de la selva ya no gobierna sobre las
personas civilizadas, muchos sospechamos que sigue gobernando en el mundo.
La educación puede servir para negar que sigue vigente la ley del más
fuerte, para negar el poder de la violencia, para reprimirla, pero un instinto
reprimido puede estallarnos en las manos cuando pensamos que lo estamos
controlando. Nadie calma su
sexualidad ―por ejemplo― pensando que no existe la fuerza del sexo.
Nadie calma su hambre pensando que no necesita comer.
Nadie calma su agresividad pensando que no es violento.
Todo instinto pide manifestarse en su función, este educado, reprimido o
negado.
La
sinceridad de nuestros ancestros al respecto no dejaba lugar a dudas, en sus
actividades religiosas no cesaba de aparecer la muerte mediante rituales
violentos, incluyendo los sacrificios humanos.
Aquellas gentes reconocían el aspecto asesino de la vida y le rendían
culto exigido por sus dioses. Después,
a medida que nos fuimos civilizando, nos alejamos de esa sinceridad natural, y
elegimos ser más pacíficos, y nos engañamos creyendo en realidades virtuales
espirituales que condenan la violencia aunque ella siga reinando en la vida.
Pero,
aunque nuestra pacífica religiosidad haya conseguido disimular las fuerzas de
nuestro lado oscuro, no ha podido evitar que continúen representadas allí
donde se manifiesta la atmósfera sagrada.
Recordemos que la experiencia sagrada extrae de nosotros “todo” lo
que llevamos dentro, y en el caso de la violencia, por mucho que deseemos no
verla, también es representada en los mundos espirituales.
Las vías esotéricas o religiosas más pacíficas contienen en sus
verdades reveladas todos los aspectos violentos reprimidos, ya sea el aspecto
agresivo, el de víctima, la autodestrucción, o el pánico que todo ello
produce. Pero son escenificados de
tal forma que aparecen aparte de nosotros, como si esa violencia no fuera
nuestra, sino de dios a través de su ira divina, o de su amenaza apocalíptica,
o del demonio a través de la maldad infernal, o como consecuencia de un karma
irremediable. Así, las fuerzas de
nuestro lado oscuro quedan reflejadas en las realidades virtuales espirituales.
Los lugares y personajes tenebrosos de los que nos hablan las religiones,
al igual que las leyes implacables espirituales, fueron creados por nuestras
tenebrosas realidades internas.
Y
conviene recordar que el hecho de no creer en el demonio, o en cualquier
realidad violenta espiritual, no nos libra de nuestra maligna realidad.
Aunque en la actualidad hayamos conseguido disimular nuestro lado oscuro,
sus fuerzas estén muy disimuladas por las ideologías blancas, el pacifismo
reine en nuestro mundo, y nos sintamos muy orgullosos de él; no olvidemos nunca
que esas pasiones o instintos destructivos permanecen al acecho dispuestos a
darnos algún que otro disgusto atacándonos por sorpresa.
Olvidemos
por un momento el empeño generalizado de echar tierra sobre el lado oscuro de
la existencia, donde reside el instinto de muerte, nuestro instinto de muerte en
especial, porque será precisamente ese instinto el que termine por echar tierra
sobre nosotros.
Aunque
no seamos creyentes, vivimos afectados por el ímpetu predicador de las
religiones blancas que durante siglos condicionaron nuestra cultura.
La mayoría de nosotros soñamos con alcanzar estados felices donde
solamente reina el bien, cuando en realidad sigue hirviendo el mal en nuestra
sangre. El gran mediador pacifista
de nuestra civilización, Jesucristo, se desgañitó por inculcarnos el amor a
los demás y el rechazo a la violencia, pero no pudo evitar que sus seguidores
protagonizaran sangrientas agresiones a lo largo de la Historia.
Mas he de reconocer que algo hizo, pues, de no ser por su ideología
religiosa, probablemente no hubiera sido posible nuestro progreso en los últimos
siglos. La paz que nos ha inducido
a vivir el cristianismo, su influencia en nuestros valores éticos, ha sido
fundamental para crear ese ambiente necesario donde creció nuestro progreso.
Aunque haya sido una paz conseguida a través de la represión de la
violencia, bienvenida sea. Probablemente
otras religiones u otras vías espirituales, utilizando diferentes métodos, no
lo hubieran hecho mejor.
Añadir
que la represión de la violencia, a un nivel individual, en muchas ocasiones no
alcanza cotas de extrema gravedad, pues los impulsos vitales violentos suelen
encontrar salidas por los sitios más inesperados por mucho que se les intente
encerrar. La Naturaleza es muy
sabia. El pacifismo de aquellas
personas que se consideran pacíficas, sorprendentemente, casi siempre esconde
algún escape de agresividad contra quienes ellas consideran personas violentas.
SECTAS
TERRORISTAS
A diferencia del resto de animales del planeta, los seres humanos, debido
a nuestra inteligencia, necesitamos encontrar una explicación racional a los
instintos irracionales que nos pueden llegar a hervir en las entrañas.
Habiéndonos negado hace siglos a considerarnos tan animales como los
animales, intentamos racionalizar las pulsaciones psicológicas más oscuras de
nuestra mente. Tan importante es esto para nosotros, seres inteligentes, que si
no encontramos razones que nos justifiquen los impulsos irracionales, nos las
inventamos.
En lo referente al sexo, como todos ya lo hemos reconocido como fuerza
natural innata de todo ser vivo, no necesitamos justificar su práctica, lo
hacemos sin más, y con mucho gusto. Pero
con el impulso psicológico de la violencia lo tenemos mucho más crudo, ya que,
como no lo aceptamos como impulso natural, necesitamos casi siempre
justificarlo. Y para ello nada
mejor que inventar enemigos para satisfacer “razonablemente” la necesidad de
agredir. Necesitamos alguna razón
para atacar, para eso somos seres inteligentes.
Algo que no es problema, pues nuestra inteligencia se pone muy a menudo
al servicio de la satisfacción de los instintos más insospechados.
A lo largo de este libro venimos recalcando la peligrosidad que existe
tanto en las sectas, como en las religiones, como en cualquier otra vía esotérica
o espiritual, a la hora de engendrar agresividad hacia quienes no creen en lo
que ellos creen y hacia quienes no sienten lo que ellos sienten.
Los más altos valores del espíritu humano caen por tierra muy a menudo
a causa del instinto de la violencia. Grupos,
sociedades, religiones o sectas dedicadas a las más altas metas de la
espiritualidad, convertidas en incubadoras de agresividad.
No hace falta extendernos demasiado en las causas de la violencia
terrorista de los creyentes, ya hemos visto la mayoría en anteriores capítulos,
importantes semillas que pueden crear sectas terroristas de origen religioso;
aunque todavía nos quedan otras causas por estudiar también importantes.
La principal causa que justifica los ataques es la “creación del
enemigo”. Los patrones típicos
enfrentados son el del creyente contra el infiel, el del santo contra la persona
endemoniada, el de la persona religiosa contra el hereje, etc.
Dándose muy a menudo la circunstancia de que cada bando de la contienda
califica a las personas del bando contrario de herejes endemoniados mientras
ellos se consideran santos creyentes.
En la Historia tenemos multitud de ejemplos de grandes contiendas bélicas
por estas insensatas causas. Y en
la actualidad todavía tenemos que padecerlas.
No cabe duda de que creer en dios, además de ser una creencia ilusoria,
es muy peligroso; pues cuando se tiene fe en un dios cualquiera, a la vez se
piensa que las personas que no creen en él son despreciables infieles, seres
inferiores porque no conocen la verdad, cuando no temibles demonios herejes que
hay que borrar de la faz de la Tierra.
El terrorismo religioso es muy peligroso porque el fanático creyente no
cree que está haciendo mal alguno ni agrediendo a su prójimo, él piensa que
está matando demonios; puede ni llegar a ver el daño que hace, su vista está
más puesta en el paraíso prometido, o en su cegador dios, que en la sangre que
derrama cuando está degollando a sus víctimas.
Los adeptos de una secta terrorista religiosa bendicen estas matanzas.
Sus sangrientas actividades son sagradas, benditas por su sádico dios de
turno. Y no estoy hablando de
dioses extraños, hablo también de “él” que todos conocemos en los países
occidentales. Todos han bendecidos
guerras, santas cruzadas contra los infieles.
Y el hecho de que ahora vivamos en paz en los países civilizados, no
debiera de hacernos olvidar que nuestro imperio occidental se construyó a golpe
de guerras santas, y que todavía existen países o grupos religiosos que
intentan continuarlas por su cuenta, descontentos con los resultados de aquellas
sagradas contiendas. Pensamos que
las guerras santas ya no van con nosotros, que la violencia religiosa es cosa de
delincuentes terroristas, cuando en realidad esta es una guerra en la que
llevamos milenios implicados.
La
justificación de la violencia subyace en las creencias religiosas.
No hay forma mejor de justificar el ataque al prójimo que a través de
la fe en dios, aunque éste sea un
dios bondadoso. ¿Cuántas matanzas
de infieles ha dirigido el mismo dios que decretó el no matarás?
Rara es la batalla religiosa del pasado en la que cada uno de los
contendientes no se sentía apoyado, inspirado y bendecido por su pacífico dios
particular. Y mira que ha habido
batallas y guerras santas a lo largo de la Historia.
Y, repito, aunque presumamos de un flamante pacifismo, no nos engañemos,
todavía estamos en guerra, santa para más datos.
Los
fanáticos terroristas religiosos, que nos pueden estar amargando nuestra gozosa
paz, se consideran seres celestiales, santos salvadores de su pueblo destinados
a defender la gloria divina; mientras que a nosotros nos consideran seres
infernales, miembros de un imperio opresor demoníaco.
Actitud beligerante con muchos siglos de historia.
El
terrorista religioso está usando los patrones de comportamiento de muchos de
nuestros héroes históricos, de aquellos santos guerreros que haciendo uso de
la espada lucharon contra los infieles opresores.
No podemos calificar a nuestros santos del pasado, que sembraron el
terror entre las líneas enemigas de los infieles, como admirables héroes
celestiales, porque pusieron los cimientos de nuestras naciones; y a los
terroristas religiosos, que perturban nuestra paz en la actualidad, calificarlos
de despreciables locos fanáticos porque intentan desestabilizar nuestro
imperio, cuando están haciendo lo mismo que hicieron nuestros santos héroes
históricos. No podemos ser tan
interesados en nuestros juicios, nuestro nivel cultural exige una objetividad
histórica más exigente, tanto para comprender el pasado como el presente.
La
mayor parte del terrorismo religioso tiene su base en el tercer mundo, unido
casi siempre a reivindicaciones políticas o sociales.
El terrorismo surgido en los países subdesarrollados todavía puede
continuar apoyándose en ideales revolucionarios dignos de morir por ellos.
El hambre y la libertad de un pueblo siempre ha merecido la pena una
revolución, una lucha armada para conseguir unos derechos humanos dignos para
la población.
Cuanto
más nos esforcemos en extender los derechos humanos por todo el mundo, menos
motivos tendrán los grupos terroristas para continuar con su revolución.
En
el tercer mundo están viviendo una etapa de su historia semejante a la que
nosotros vivimos hace siglos, su etapa de evolución histórica lleva varios
siglos de retraso con respecto a la nuestra.
La forma de actuar de sus líderes es semejante a la de muchos de
nuestros grandes personajes históricos. Sencillamente
están imitando el comportamiento de nuestros héroes, de aquellos
revolucionarios terroristas, santos mártires en ocasiones, que derrocaron a un
viejo imperio y consiguieron crear nuestro nuevo mundo a partir de sus cenizas.
Si
no somos capaces de ver nuestro pasado histórico con objetividad e
imparcialidad, mal vamos a comprender nuestro presente.
Si nosotros somos los civilizados pacifistas, a nosotros nos corresponde
dar el primer paso de acercamiento. Es
una larga distancia a recorrer, pero alguien tiene que empezar por reducirla
para intentar solucionar el problema del terrorismo
religioso. Utilizando métodos
represores tenemos muchas probabilidades de acabar como acabaron tantas
civilizaciones masacradas por el terrorismo religioso-político.
Quizás sea la unión de la política con la religiosidad la fuerza
humana más destructiva. No hay
nada más peligroso que un guerrero creyente en que su dios le ha concedido el
derecho a matar para “salvar” a su pueblo.
Y no digamos lo peligroso que resulta para todo el mundo un ejército de
estos “iluminados” guerreros. En
sus manos cayeron grandes imperios. Y
conviene recordar que en la actualidad el imperio somos nosotros.
No
es de extrañar que temamos a las sectas y usemos todas nuestras “armas
pacifistas” contra ellas. Los
medios de comunicación no cesan de machacarlas.
Vano empeño de intentar derrotar a un tipo de asociaciones que siempre
tuvieron la fuerza de mover el mundo.
Con
Estados Unidos a la cabeza, los países desarrollados occidentales formamos un
grupo imperialista condenado frecuentemente por dirigentes religiosos de países
subdesarrollados. Nuestro régimen
de libertades lo observan como un peligro para sus estrictas normativas
religiosas. Somos demonios de un
libertinaje infernal. Para ellos
está justificada la guerra santa. Y
a nosotros sólo nos queda defendernos y demostrarles que no somos demonios.
Para ello no hace falta que tengamos que vestirnos de santos, con dejar
de comportarnos egoístamente con el tercer mundo, dejando de llevarnos la mayor
tajada de la tarta mundial, y acogiendo dignamente a los países
subdesarrollados en nuestro sistema, será más que suficiente.
Aunque
puede que no sea fácil dejar de ser los egoístas materialistas que siempre
hemos sido, pero es necesario hacerlo para que nos empiecen a quitar de la
cabeza los cuernos que muchos creyentes religiosos del tercer mundo nos han
puesto. Si no lo hacemos, es
posible que sus ataques destructivos acaben con nuestro sistema.
Nos va a salir más barato empezar a repartir nuestras riquezas con los
pobres de este mundo antes de esperar sentados a que nos las quiten.
La
diferencia de clases es nido de conflictos sociales y de violencias
revolucionarias terroristas. El
capitalismo, aunque es capa de elevar el nivel de vida de los ciudadanos de los
países desarrollados, tiene dificultades para enriquecer al tercer mundo.
Todo lo que hagamos a favor de reducir las diferencias sociales entre países,
lo haremos a nuestro favor para reducir el riesgo de atentados.
Si ayudamos a las gentes del tercer mundo a conseguir los derechos
humanos, reduciremos tremendamente el riesgo del terrorismo tanto religioso como
político. La igualdad social es
esencial para la paz social. Cuando
el pueblo tiene pan y libertad es menos propenso a dejarse enganchar por
violentos fanatismos religiosos. En
cuanto el desarrollo económico llega a un país se vacían los conventos.
Pero,
aunque nos esforcemos por implantar en el mundo un régimen de igualdades
sociales, conviene recordar que las religiones crean enormes desigualdades entre
los hombres. Las creencias
religiosas crean diferencias de clases tan peligrosas como las diferencias de
clases sociales. Las elites de
elegidos por diferentes creencias no han cesado de generar contiendas bélicas
entre pueblos de status sociales semejantes.
Aunque no haya reivindicaciones económicas y políticas de por medio, el
fanatismo místico por sí solo también puede convertir al creyente en un
terrible kamikaze deseoso de morir mártir matando al enemigo demoníaco, ganándose
así el paraíso eterno; toda una terrorífica gloria.
Podemos
observar, incluso en las religiones pacifistas, en las bases de sus creencias,
una agresividad racista, contra aquellos que no pertenecen a su religión,
condenándolos al infierno por ser incrédulos de su fe; y salvándose ellos,
por su fe, también, naturalmente. Esta
agresividad ideológica religiosa genera por parte de quien no la comparte, o
comparte otra diferente, una postura defensiva u ofensiva contra la ideología
que lo califica de persona no digna; generándose por estas causas temibles
enfrentamientos que masacraron a los pueblos a lo largo de la Historia de la
Humanidad, ya sea por luchas entre clanes sectarios o entre naciones de
religiones diferentes.
Un ejemplo lo encontramos en la historia del pueblo hebreo.
Desde que comenzó su historia hace miles de años, no ha cesado de verse
inmiscuido en contiendas bélicas. A
pesar de considerarse el pueblo elegido, ha vivido a lo largo de su existencia
persecuciones y masacres terribles. El
holocausto que padeció en la segunda guerra mundial se engendró sobre la base
de las diferencias raciales entre clanes religiosos o esotéricos,
Hitler intentó borrar del mapa a esta raza milenaria impulsado por
ideales racistas elaborados en el seno del clan sectario esotérico al que
pertenecía.
En la actualidad, conscientes de las terribles consecuencias que toda
discriminación de este tipo puede acarrear, en los países desarrollados
estamos esforzándonos por ser más permisivos con las diferencias raciales o
religiosas. Estamos llegando al
punto de considerarnos todos iguales, aunque seamos de diferentes razas o
sigamos diferentes credos. Ahora
bien, dudo mucho, que los creyentes religiosos también estén dispuestos a
considerarnos a todos iguales. La
mayoría de las realidades virtuales espirituales crean enormes diferencias
entre aquellos que creen en ellas y las viven, y entre quienes no creemos ni las
vivimos. Las verdades reveladas son
sistemas tremendamente racistas. Necesitarían
cambiar sus cimientos y ampliar sus cielos particulares para hacernos un hueco a
quienes no creemos en ellos. Arduo
trabajo que puede concluir con una gran desilusión para el creyente, pues
cantidad de personas vulgares, que se convirtieron de la noche a la mañana en
miembros de alguno de los clanes de elegidos para salvar al mundo, tendrían que
volver al vulgar montón donde estamos los demás, y eso puede defraudar un
poco.