Este capítulo es el más importante de entre los dedicados
especialmente a advertir de los peligros que encierran las sectas.
Los suicidios colectivos son uno de los mayores peligros que se ocultan
en los grupos de trabajo espiritual. Habitualmente
se culpa a un líder o a una doctrina de estos desgraciados hechos, sin
detenerse a estudiar las causas de por qué sucedieron.
Con la sencilla explicación de que se les lavó el cerebro a los
miembros de la secta, que acabaron suicidándose, ya se pretende justificar la
tragedia. De esta sencilla forma
consentimos en dar por comprendidos unos hechos que son mucho más complejos
de lo que creemos.
La primera causa de suicidio no hemos de buscarla en nada
extraordinario. Como ya hemos
comentado en otros capítulos, la mayoría de las religiones o de caminos
espirituales ya inducen a menospreciar la vida e incluso a dañarla.
Recordemos los virtuosos actos mortificadores de su cuerpo que los místicos
tiene por costumbre llevar a cabo, y el anhelado martirio que muchos de ellos
ansían.
No deberíamos subestimar esta enorme atracción que muchas de las
sectas, e incluso religiones oficiales, experimentan hacia la autodestrucción.
La dura represión de las pasiones del cuerpo, como medio para alcanzar
las virtudes espirituales, puede llevar a anular totalmente la vitalidad de
nuestro organismo. El síndrome
del martirio en Occidente viene impulsado por el anhelo imitador de nuestro más
importante maestro espiritual. Tan
grande es este anhelo imitador, que los estigmas de la pasión de Cristo
continúan apareciendo en numerosos individuos.
Existe una especie de sed por conseguir la expiación al estilo más
puro y duro cristiano. Y como
ahora los sistemas policiales de los países desarrollados no crucifican, como
hace dos mil años a los revolucionarios religiosos o políticos, las personas
que intentan revivir aquellos gloriosos tiempos no dudan en crucificarse a sí
mismas.
La
creencia de que no somos de este mundo incita a despreciar esta vida y a
valorar la vida de otro plano virtual espiritual.
Muchas personas de cierta sensibilidad espiritual sienten que no son de
este mundo, y ese sentir puede acabar en el deseo de abandonar su vida.
Sabemos
que los miembros de las sectas tienen otra visión de la realidad diferente a
la nuestra, ellos viven en su mundo particular, celestial; y la realidad en la
que vivimos nosotros, en muchos casos, se les antoja temible, demoniaca.
Esta sola creencia ya crea un suicidio virtual, un negarse a vivir en
este mundo y a disfrutarlo, un cambiar la vida de aquí por la de allí, por
la del más allá. Muchos
sectarios religiosos fijan su vida tan obsesivamente en su mundo espiritual, y
aborrecen tanto éste, que solamente necesitan una pequeña excusa para
abandonar nuestro mundo con la esperanza de alcanzar así el suyo.
Es
habitual que un sectario nos hable de su vida feliz actual y de la mala vida
que llevaba antes de entrar en la secta.
El efecto terapéutico de la atmósfera sagrada le resultó tan
efectivo que ya no sabe vivir sin él, de tal forma que puede llegar a sentir
pánico cuando vislumbra la posibilidad de volver a vivir su enfermizo o
doloroso pasado. El sectario
prefiere irse a su paraíso particular virtual del más allá antes que ser
absorbido por el mundo, antes que volver a su dolorosa vida anterior.
La
drogadicción mística también es una de las semillas que pueden ayudar a
provocar un suicidio colectivo. La
felicidad que se puede experimentar inducida por ella es en cierta forma
semejante a la que experimenta el drogadicto.
Y la idea de que en el otro mundo habrá mucho más polvo blanco
celestial, muchos más elixires divinos arrebatadores, fascina a los miembros
de estos grupos de catadores de sustancias espirituales.
Muchos de los adictos a las drogas espirituales no pueden evitar
anhelar irse de aquí, donde tan racionadas tememos las drogas divinas, y
desear una muerte que les llevará a un soñado paraíso embriagador lleno del
polvo blanco de los dioses.
Y
no olvidemos que todo esto se vive en una ardorosa confraternidad.
Los sectarios están muy unidos. Su
amor fraterno les une en sus aspiraciones.
La esperanza de alcanzar el glorioso más allá suele ser compartida
por el grupo. Y si alguno de sus
miembros puede no estar de acuerdo con ese anhelo de irse al más allá, si la
mayoría del grupo y su líder están de acuerdo, o sale corriendo de su
amoroso hogar sectario, o correrá el riesgo de ser arrastrado por la mayoría
animada a abandonar este mundo para iniciar su glorioso viaje final.
Es
aconsejable, para todo aquel que ha decidido pasearse por el interior de las
sectas, permanecer alerta en cuanto oiga alabanzas a favor de un paraíso que
exige abandonar el mundo para alcanzarlo.
Si no se comienza desde un principio retirando de nuestro huerto las
abundantes semillas de suicidio que las ideologías sectarias pueden arrojar
sobre él, correremos el riesgo de que acabe brotando un seductor instinto de
abandonar este mundo o de maltratar nuestro cuerpo, con la “sana” intención
prometedora de conseguir así la soñada vida gloriosa de nuestra alma.
Si no actuamos desde un principio censurando todo pensamiento que
atente contra nuestra alegría de vivir en este mundo o contra nuestra
vitalidad corporal, podríamos algún día sin darnos cuenta encontrarnos al
borde del suicidio.
Aunque
los suicidios colectivos en las sectas no se produzcan en número alarmante,
me atrevería a asegurar que sí es alarmante el número de las que se
encuentran al borde del suicidio colectivo por haber sido seducidas por
ideologías religiosas represoras del vivir en este mundo.
Esto es algo que siempre se ha de tener en cuenta, sobre todo cuando
los poderes de nuestra sociedad les amenacen.
Una amenaza judicial de disolución de una secta puede provocar tal pánico
en el rebaño sectario que todos los corderos pueden acabar en el fondo de ese
precipicio de muerte en cuyo borde se encuentran.
No podemos amenazar a los miembros de una secta con privarles
brutalmente de vivir sus glorias sectarias.
Los gobiernos y sus departamentos policiales han de ser sumamente
cuidadosos a la hora de tratar estos grupos o asociaciones.
Una pequeña muestra de agresividad hacia ellas puede desencadenar un
suicidio colectivo. El mundo es
uno de sus mayores enemigos, sus miembros le tienen pavor.
Los sectarios viven en su realidad virtual particular, alejados de una
sociedad que tanto les persiguió y les martirizó a lo largo de la Historia.
Un temor en cierta medida justificado, pues persecuciones de sectas en
el pasado fueron pavorosas. No es
de extrañar que se sientan temerosos de que los poderes mundanos puedan
acabar con ellos o robarles sus glorias.
No conviene bajar la guardia ante el pánico autodestructivo que
podemos generar en una secta con una sencilla redada policial; ésta podría
ser interpretada como un ataque del demoniaco mundo que tanto temen, o como un
final apocalíptico. Podría
desencadenarse tal pánico en el seno de la secta, que les llevaría tomar la
decisión de emprender un suicidio colectivo antes de caer en las garras de
los terribles poderes mundanos que prevalecen en sus calenturientas
imaginaciones.
Poderes
que, aunque no sean tan demoniacos como los presentan, en cierta manera
existen. Pues, si bien es cierto
que en la actualidad los sistemas policiales de los países desarrollados están
siendo tan benevolentes con las sectas como nunca lo han sido, hemos de
reconocer que la distribución del poder religioso no es ni equitativo ni
democrático. Raro es el país
Occidental que no permite a su religión oficial erigirse como la gobernadora
del espíritu de sus ciudadanos, concediéndole unos privilegios sociales que
suelen ser utilizados en contra de las diminutas sectas discrepantes con ella.
Si realizamos un análisis comparativo entre lo que la justicia social
permite a las religiones oficiales y a las sectas, observaremos que a las
sectas se les da mucho menos margen de libertades que a las religiones
oficiales. Los rituales que
atentan contra la salud mental o física de los individuos son consentidos por
la sociedad cuando se producen en el seno de las religiones oficiales, y
reprimidos judicialmente cuando se producen en el seno de las sectas.
Un ejemplo de ello lo tenemos en los monasterios de clausura de las
religiones oficiales: si a una secta se le ocurriera actuar de manera similar
con sus acólitos, la policía no tardaría en “liberarlos” de tan maléfico
lavado que cerebro que les estaba obligando a encerrarse hasta el final de sus
días. Sería tan grande el escándalo,
y las denuncias de las familias que tuvieran a algunos de sus miembros
encerrados en clausura serían tan numerosas, que toda la sociedad induciría
a los jueces a disolver a toda la secta.
Mientras a la vuelta de la esquina, una religión oficial, con sus
monasterios de clausura asentados en la tradición cultural, lleva siglos
haciendo lo mismo sin que nadie diga esta boca es mía.
Es
evidente que la clausura es otra de las importantes semillas del suicidio
colectivo. Es un importante paso
hacia la muerte, es un abandonar las pasionales pulsaciones de la vida, es una
forma de enterrarse en vida anticipadamente.
Es otra forma de dejarse llevar por el instinto de muerte, pues tras
todas estas semillas del suicidio colectivo de las que estamos hablando
subyace el instinto de muerte. Tenebrosa
fuerza destructiva que motiva muy a menudo gran parte de las movidas de los
mundos espirituales, mucho más a menudo de lo que se piensa.
No podría ser de otra manera: si las movidas espirituales son
impulsadas por nuestras pulsaciones psicológicas, el poderoso instinto de
muerte tendrá que ser un importante protagonista en todas las realidades
virtuales espirituales. Cualquier
persona que no tenga intención de ser atraída por la muerte antes de llegar
a la vejez, y tenga intención de estudiar en cualquier escuela esotérica,
espiritual o religiosa, habrá de estar muy alerta para no caer antes de
tiempo en un morir místico que le lleve a la tumba.
Existe
una importante creencia, muy arraigada en muchos de los caminos espirituales y
religiones, que nos asegura la necesidad de sufrir una metamorfosis para
alcanzar un auténtico cambio interior. Esta
metamorfosis se basa en la premisa de que el nacimiento del hombre nuevo nunca
podrá experimentarse en uno mismo si no muere nuestro hombre viejo, animal
para más señas. Esta creencia
supone la necesidad de matar a nuestro pernicioso ancestro, de llevarlo a la
muerte anulando sus impulsos vitales. Es
la virtuosa matanza de los vicios, de las pasiones animales, de todo aquello
que nos estorba en nuestro caminar espiritual.
Aspectos perniciosos que varían considerablemente según unas
creencias u otras, de tal forma que si una
persona conoce varias de estas doctrinas asesinas del mal que llevamos
dentro, al final no sabrá muy bien qué será lo que deberá de matar de su
interior, pues unas doctrinas le dirán que entierre unos aspectos psicológicos
y otras le dirán que entierre otros. Y
éste será un buen momento, en mi opinión, para dejarse en paz y no
emprender la matanza de aquellos de nuestros aspectos psicológicos no
recomendables por las diferentes vías espirituales, pues lo más probable que
nos pueda suceder, si emprendemos cualquier tipo de morir místico que nos
promete renacer de nuestras cenizas, como el ave Fénix, será que, al final,
en vez de provocarnos un renacimiento revitalizador, muy a menudo nos provocará
un envejecimiento prematuro, consecuencia de haber potenciado el instinto de
muerte con nuestra aptitud castradora de nuestro impulsos vitales.
¿Cuántos jóvenes místicos parecen cadáveres andantes?
El
fuerte instinto de muerte, que toda forma de vida conlleva, termina por
manifestarse de una forma o de otra en los ambientes espirituales, ya sea como
instinto autodestructor o destructor a través de la violencia hacia el prójimo.
Probablemente muchas personas no estén de acuerdo en meter en el mismo
saco el suicidio y el asesinato, como consecuencias de un mismo instinto, ya
que nuestra cultura los diferencia notablemente.
Pero en muchas ocasiones se encuentran tan mezclados que es imposible
distinguir uno de otro. Por
ejemplo: una persona decide suicidarse dejando abierta la llave del gas, y a
causa de ello se produce una explosión que mata a varios vecinos.
¿Se trata de un suicidio o de un asesinato?
Un padre mata a sus hijos en un accidente por conducir ebrio.
¿Suicidio o asesinato?
En
muchos casos de suicidios colectivos de sectas es muy difícil deducir si se
trata también de un asesinato, pues en ocasiones hay niños entre las
victimas de la masacre, incapaces con toda seguridad de elegir el suicidio por
sí mismos. Y, como en los dos
ejemplo anteriores, es muy difícil prevenirlos.
Aunque nosotros vamos a seguir intentándolo.
Sabemos
que para llegar al suicidio colectivo, la pulsación psicológica de muerte
tiene que tomar el control del grupo muy directamente.
Y, en el caso de sectas que reciban mensajes del más allá, serán
esos mensajes precisamente quienes los lleven a la muerte.
El poderoso instinto de muerte puede hablar a través de las voces del
más allá, encarnarse en los dioses o entidades espirituales e inducir al
grupo al suicidio.
Como ya vimos en el capítulo anterior, los mensajes apocalípticos están
impregnados del instinto de muerte, de un negativismo mortal, de violencia y
de tenebrosos augurios, y de un paraíso que obliga a fallecer a todo aquel
que desee llegar a él.
Muchas
de las modernas profecías apocalípticas que se generan en las sectas no
vaticinan nada bueno para todo aquel que se quede aquí en la tierra.
Esto ya induce a desear abandonar este mundo.
Incluso algunas de ellas aseguran que el apocalipsis ya ha comenzado,
la contaminación galopante del planeta es su síntoma, por lo que la estancia
en la tierra es garantía de sufrimiento.
Pavorosa idea que incita a buscar mundos mejores más allá de la
muerte.
Toda
esta tétrica ideología doctrinal está avalada por los mensajes recibidos
del más allá. Esa bendita voz
que habla al grupo a diario puede asegurar que en el otro mundo les esperan
todo tipo de dichas, y que la permanencia en este mundo ya no tiene razón de
ser. De esta forma el suicidio
colectivo tiene un alto porcentaje de probabilidades de llegar a ser una
realidad.
Esto
puede no resultar creíble para quienes no han vivido en un ambiente sectario
con mensajes recibidos del más allá incluidos.
Más insisto en el elevado grado de realidad con que se vive en estos
grupos todos estos acontecimientos, por muy extraños que puedan resultar a
quienes no los han vivido. Los
personajes del más allá que hablan con ellos son deidades muy entrañables
para estos grupos, su existencia se considera más real que la de los mismos
componentes del grupo. Eternas y
sabias divinidades que guían las vidas de los miembros sectarios, aunque el
sentido común de alguno de los sectarios discrepe con las directrices
recibidas del cielo. Pero, claro
está, la ignorancia del miserable ser humano no puede nunca equipararse con
esos seres divinos que se dignan a hablarnos transmitiéndonos su infinita
sabiduría...
Espero
que se entienda la enorme seducción que las voces del más allá ejercen
sobre el grupo que las escucha. Una
hechizo que puede inducir al suicidio. Incluso
existe una seducción emocional: esos personajes celestiales no solamente son
venerados por su sabiduría, sino que también son amados.
¿Cuántos de nuestros místicos imploraron morir para poder conocer a
su amado? Recordemos el famoso
“muero porque no muero” de santa Teresa de Jesús.
Existe
un anhelo de conocer al ser amado, al ser adorado y admirado, y podemos desear
morir cuando creemos que lo veremos después de muertos.
Algo semejante sucedió en el espiritismo: fueron muchas las personas
que buscaron comunicarse con su persona amada fallecida recurriendo a las
sesiones espiritistas que se comunicaban con el mundo de los muertos.
Y fueron muchas las personas, que después de ser convencidas de que su
ser más querido continuaba viviendo en el más allá, desearon morir para
unirse a él, o incluso se suicidaron para llevar a cabo su deseo.
Estos estados emocionales convierten el suicidio en una gozosa decisión,
al estilo de aquellos grandes amantes, que, después de fallecer uno de ellos,
el otro decide irse tras él quitándose la vida.
La muerte en estas circunstancias resulta una gozosa atracción.
El ser querido llamándonos desde el más allá puede inducirnos a
desear la muerte e incluso a provocárnosla.
Todos
estos aspectos suicidas de los que estamos hablando son las semillas que
pueden hacer brotar el suicidio en una colectividad.
Las modernas religiones extraterrestres no se libran de estas mortales
y viejas semillas que llevan matando personas durante milenios.
Tras los modernos mensajes extraterrestres también se oculta el viejo
instinto de muerte terrestre. Las
voces de los sabios extraterrestres invitan a menudo a “viajar” a sus acólitos
a sus divinos planetas. Pero como
las naves que deberían de venir a recogerlos
brillan por su ausencia, excepto en las realidades virtuales espirituales
extraterrestres, los sabios humanoides del más allá pueden llegar a inducir
a quitarse la vida a un grupo de humanos para llevarlo en sus naves virtuales,
a través de la dimensión de los muertos, al mundo extraterrestre de no sé
qué vivos.
Conviene
anotar que todos estos hechos suicidas no suceden de la noche a la mañana.
Para que una voz del más allá se gane la confianza de un grupo serán
necesario años de relacionarse con él demostrando su sabiduría, su
espiritualidad y su innegable capacidad para dirigir sus vidas.
Repito que las voces del más allá no tienen un pelo de tontas, surgen
de los niveles más profundos de nuestra inteligencia.
El grupo se identifica inmediatamente con ellas, reconoce su poder de
conocimiento; algo obvio, pues surge de ellos mismos.
La belleza de sus mensajes puede ser tan extraordinaria que difícilmente
puede considerarse una creación humana, es más fácil pensar que se trata de
un mensaje divino. Las voces se
convierten en los maestros espirituales de los grupos que las reciben, donde
nadie sospecha que tras ellas se esconde la muerte.
¿Qué devoto cristiano puede desconfiar de los mensajes del más allá
recibidos en santa comunidad y firmados por el mismísimo Jesucristo?
¿Cómo pueden llegar a sospechar los miles de seguidores de la virgen
María, que escuchan sus mensajes asiduamente, que tras los purísimos velos
de la santísima se oculta la misma fuente original de los mensajes que se
transmiten en los rituales asesinos de la magia negra?
Tras
el personaje que nos habla del más allá, sea quien sea, se oculta nuestro
lado oscuro, nuestra mente, nuestros instintos, de vida y de muerte.
El personaje que nos habla del más allá es un disfraz, un muñeco
virtual creado por nuestra mente para escenificar nuestros impulsos
interiores, los más sublimes, y los más infernales.
En
las sectas de la línea blanca no gustan de tener contacto con el diablo,
personaje ideal para que nos hable de nuestro lado oscuro.
De esta forma se intenta tener alejados a todos los males, pero, aunque
el grupo religioso no se hable con el diablo, los males hablarán de todas
formas. El mal está dentro del
ser humano, y, cuando escuchamos mensajes del más allá, ya hemos dicho que
son producto de la mente de los de aquí.
Mensajes de nuestra mente personificados en uno o en otro personaje,
que, por muy santos que sean, hablará a través de ellos el instinto de
muerte, con todo su poder de seducción, de atracción por poner fin a la
vida. Repito: no es el personaje
quien nos habla, por muy entrañable que sea, es nuestra mente profunda, con
toda su gloria de vida y con toda su terrible muerte.
Incluso puede ser dios mismo quien hable a sus devotos.
Una gloriosa comunicación celestial que puede llevarnos al más allá
en el momento en que la divina voz nos empiece a insinuar que no hacemos nada
aquí.
Todos
aquellos grupos que estén recibiendo mensajes del más allá harán muy bien
en permanecer alerta. El instinto
de muerte, por ahora, en nuestra humanidad, es mucho más fuerte que lo que
habitualmente nos creemos. Nuestras
sublimes deidades o entidades espirituales que nos hablan cada día, por muy
creadoras de vida que se anuncien, acabarán tarde o temprano llevándonos a
la muerte. Por ello conviene
estar lúcidos en todo momento en nuestro pasear por las sectas, para que,
cuando la muerte nos hable disfrazada de vida celestial, no nos pille
desprevenidos y no nos dejemos arrastrar por ella, y recordemos que
sencillamente es eso: muerte.