Abandonamos los sombríos capítulos dedicados a la violencia y a la
muerte para adentrarnos en la fuerza de la vida.
Dejamos nuestro desconocido lado oscuro y entramos en la luz de la
esperanza, zona también apenas conocida.
Si ya hemos reconocido que los demonios y los infiernos son
proyecciones del propio mal humano, ahora nos queda reconocer que también los
dioses y los cielos son proyecciones del gran bien que asimismo albergamos en
nuestro interior. Dos tendencias
tan contrarias que resulta muy difícil comprender que se hallen unidas.
Nos falta un supuesto que nos explique cómo es esto posible.
Al final del libro intentaremos encontrarle una explicación.
Ahora centrémonos en reconocer nuestro gran bien interior manifestado
en los dioses. No voy a usar
tantos capítulos en este empeño, como he usado para intentar mostrar el mal
que albergamos, porque el cometido principal de este libro es el de mostrar
los peligros. Así que
resumiremos en unas pocas páginas nuestro oculto poder benefactor.
Podríamos
definir a los milagros como aquellos fenómenos paranormales que benefician a
aquella persona o personas que los experimentan.
Mientras que el resto de fenómenos paranormales provocan anormalidades
perniciosas o sin sentido en nuestra realidad, el milagro provoca también
anormalidades pero con resultados beneficiosos.
Su capacidad de sanar a los enfermos es uno de sus mayores logros.
Si
en las realidades virtuales espirituales se manifiestan todos nuestros
impulsos psicológicos, incluido el instinto de muerte como acabamos de ver,
no podía faltar en ellas nuestro poderoso impulso de vida, aquel que nos hace
vivir y se mantiene en lucha constante contra la muerte.
Dicha pulsación vital se manifiesta de forma especial en los milagros,
ellos son el poder de los cielos manifestado aquí en la tierra, son el
remedio celestial contra las enfermedades y contra la propia muerte; el
milagro es incluso necesario en todo caminar espiritual, pues puede
contrarrestar el poder destructivo del instinto de muerte que tan a menudo se
cuela en las realidades virtuales espirituales.
Probablemente
sean los milagros la manifestación más palpable y poderosa en los mundos
espirituales de nuestras ganas de vivir.
Son un canto a la vida que no falta en ningún camino que se precie de
divino. La atmósfera sagrada
impone su poder de armonía y realiza hechos portentosos.
Su poder no sólo cura las peores enfermedades sino que incluso vence a
la muerte, la resurrección de algún muerto es un logro del que no se priva
toda entidad espiritual de cierta categoría, pues el milagro de resucitar a
los muertos es lo que precisamente da categoría a los personajes
espirituales. De ahí que siempre
haya algún muerto ―o medio muerto― resucitado en toda historia
sagrada particular de los grandes personajes espirituales.
Llegados a este punto es necesario recordar el contenido del capítulo
“Creer o no creer, dos extremos de una variable”, pues los milagros han
sido siempre y siguen siendo motivo de grandes debates sobre si suceden en
realidad o son producto de la imaginación calenturienta de los creyentes.
Aunque, si hemos permanecido atentos a todo lo que hemos sido testigos
en nuestro paseo por las sectas, ya debiéramos de tener claro que la realidad
y la ficción se entremezclan en los caminos espirituales de tal forma que nos
puede llegar a resultar muy difícil saber cuando los hechos son reales y
cuando no lo son. No voy a negar
la gran cantidad de fantasías que se desencadenan en torno a los milagros,
pero tampoco voy a negar sus efectos en nuestra dimensión física.
Una de las propiedades más valiosas de la atmósfera sagrada, cuando
se impregna de una densa paz espiritual, es la de armonizar nuestro organismo
y de equilibrar nuestro sistema nervioso; su poder terapéutico es innegable,
y no es de extrañar que en su seno se realicen curaciones milagrosas.
La atmósfera milagrosa puede provenir de cualquier realidad virtual
espiritual, de cualquiera de sus energías divinas, de sus santos personajes
del otro mundo o de sus representantes en éste.
Los grupos sectarios que estamos estudiando son expertos en generar esa
atmósfera sagrada, y, por lo tanto, los milagros están a la orden del día
en las sectas. La mayoría de las
veces el milagro se realiza invocando al espíritu divino o a algún gran
personaje espiritual, como por ejemplo a Jesucristo; recordemos que fue un
gran milagrero, y que continúa siéndolo según sus seguidores.
Según los evangelios podríamos deducir que Jesús consiguió estar
tan impregnado de vibración sagrada que los milagros sucedían a su alrededor
digamos que por contagio.
Si
la enfermedad puede transmitirse por contagio, yo no veo razón alguna para
que la salud no se pueda transmitir también por contagio; cuando una persona
disfruta de una radiante salud, seguro que a su lado nos sentimos más sanos
que cuando estamos al lado de un aquejado enfermo.
Y si esa persona irradia una salud divina, como pudo ser en el caso de
Jesucristo, no es de extrañar que a su paso la gente se curara por mero
contacto.
Conviene
anotar que todo milagro contiene un efecto propagandístico innegable, una
publicidad de cara a glorificar a la divinidad de donde procedan o a la
realidad virtual espiritual desde donde se originan.
Los milagros, a pesar de que muchas personas no creen en ellos, han
sido la principal herramienta de todo proselitismo, fuegos artificiales
anunciadores de la buena nueva de los creyentes, pancartas anunciadoras de las
glorias divinas, carteles propagandísticos que en muchas ocasiones hicieron
un uso exagerado del milagro para aumentar la publicidad de sus milagreros
dioses.
El
milagro sirve para otorgar realidad divina a las realidades espirituales y a
sus personajes, y para terminar de convertir en creyente a todo aquel que no
lo es. El grito de: ¡milagro!,
¡milagro!, ha sonado por todo el mundo desde hace miles de años, ha
ensalzado a los creyentes que pasaban desapercibidos en la sociedad y ha hecho
temblar a los no creyentes; pues no es una buena papeleta no estar del lado de
un dios que hace milagros, no vaya a hacer el milagro de borrar del mapa a
todo aquel que no le adore.
Y
es que, en ocasiones, el milagro no está destinado totalmente a hacer el
bien, sino que también puede hacer el mal.
Todos conocemos el ejemplo típico de cómo las fuerzas divinas
perjudican a las huestes de infieles que persiguen al pueblo elegido.
Yo no creo que se pueda considerar a estos casos milagros, aunque las
historias sagradas de las diferentes religiones nos relaten estos
acontecimientos. Los más
sobresalientes fueron aquellos casos en los que los milagros ayudaba a
inclinar la balanza de las batallas a favor de los creyentes.
Sin embargo, hubo casos en los cuales los dos grupos enfrentados en la
contienda bélica eran religiosos adoradores de dioses diferentes, y los
narradores de ambas historias sagradas nos relatan sus respectivos milagros,
haya sido uno de ellos el derrotado o el otro.
El vencedor cuenta que fue su dios quien les ayudó a ganar la batalla
con gran manifestación de su poder, y el derrotado también dará muestras de
la gloria de su señor asegurando que gracias a su gran poder continúan con
vida, pues no fueron masacrados totalmente por sus enemigos “de milagro”.
Los
milagros han sido objeto de gran manipulación por los pueblos religiosos
―y continúan siéndolo―, fueron una de las armas psicológicas
favoritas para atacar o amedrentar a los enemigos.
Tanto es así que no solamente se hicieron uso de ellos en las
historias sagradas. En los
relatos de nuestros cronistas históricos no faltan los actos milagrosos de
santos o de divinidades venidas del más allá para cambiar milagrosamente el
desenlace de importantes batallas, proporcionándoles unas victorias a los
creyentes en unas contiendas bélicas que por lógica tenían perdidas.
Estas manipulaciones interesadas todavía continúan realizándose en
los países subdesarrollados, ensalzando la ayuda milagrosa de su dios contra
los demoníacos enemigos.
A
pesar de tanta paja en torno al tremendo fenómeno de los milagros, he de
reconocer que siempre he estado muy interesado por el tema.
En mi pasear por los mundos sectarios me esforcé por estudiar el fenómeno
en sí, retirando toda la parafernalia que en torno a él siempre se produce,
labor que me llevó arduo trabajo, pues siempre hay en torno a los milagros
tal cantidad de exaltados adornos propagandísticos, y de resoluciones fanáticas,
que en muchas ocasiones en muy difícil llegar hasta ellos y comprender lo que
sucedió en realidad.
Voy a confesar que yo hice un curso de milagros.
Por supuesto que no lo terminé, pues los alumnos más aventajados que
yo, que ya lo habían terminado, estaban repitiendo el curso, algunos por
segunda vez y otros por tercera y por otros por cuarta; parecía ser que
alcanzar la suprema espiritualidad necesaria para obtener el favor de los
milagros no era cosa fácil. Todo
el curso estaba enfocado en alcanzar esa sublime espiritualidad, y, como no se
daban clases prácticas para enseñar a realizar milagros, desistí de
realizar el esfuerzo.
El milagro suele producirse causado por una intensa influencia de una
realidad virtual espiritual en nuestra dimensión física.
Mis investigaciones en torno a los milagros se centraron siempre en sus
propiedades curativas, creo que es una de las funciones más prácticas y más
dignas de todas las que son capaces de realizar las deidades o fuerzas del más
allá. Lástima que siempre se
realizan según el capricho del azar, o, mejor dicho, según la voluntad
divina. Los creyentes, por muy
creyentes que sean, no son capaces de manejar a su antojo el poder de los
milagros, siempre se invoca el poder de dioses, de espíritus divinos o de
santos personajes muertos hace siglos. El
creyente solamente puede pedir el milagro, y después esperar a ver si se le
concede. El grado de devoción y
de fe influye notablemente en la concesión del portento, según aseguran los
expertos; pero no existe, que yo conozca, garantía alguna para que se
realicen los milagros.
A
un nivel de experiencia personal siempre me interesó la facultad sanadora de
los milagros. Observando mi
propio organismo, y buscando incesantemente unas causas menos caprichosas de
los milagros, llegué hace años a la conclusión de que mi salud mejora en la
medida que soy capaz de bañar mis vibraciones personales con la armoniosa paz
proveniente de una atmósfera sagrada de calidad.
Esto puede parecer sencillo, pero no lo es, pues las atmósferas
sagradas de calidad casi siempre provienen de algún personaje o energía
divina de las realidades virtuales espirituales, o de algún mediador vivo que
las transmite por contagio, como por ejemplo los grandes gurús hindúes; y
las ideologías, doctrinas o rituales que obligatoriamente se han de aceptar,
para que las atmósferas sagradas se manifiesten, pueden llegar a crear en los
individuos que las experimentan tales conflictos internos que pueden hacerlos
enfermar más que lo que la atmósfera sagrada es capaz de curar.
Por
esta razón, una de mis últimas intenciones espirituales se centra en
conseguir obtener la atmósfera sagrada sin necesidad de ninguna conflictiva
mediación religiosa o esotérica que la produzca.
Sería todo un logro obtener la atmósfera milagrosa así, sin más,
sin complicadas creencias ni rituales, y sin padecer la difícil convivencia
sectaria que nos puede complicar la vida.
Y
es que, en especial las personas entraditas en años, algo tendremos que hacer
para intentar mantener alejadas de nosotros a las enfermedades.
Yo, al menos, tengo claro de que para ello necesito un milagro.