La pobreza ha sido un gran mal que
desde tiempos inmemorables ha padecido la Humanidad. La riqueza mundial se centraba en unos pocos individuos que
gobernaban sobre el resto del pueblo sumido en la miseria. Causa de innumerables males, la pobreza ha
visto derrocado su ancestral poderío por el reciente progreso de las
afortunadas naciones occidentales.
Únicamente en los países desarrollados hemos conseguido erradicarla de
la mayoría de la población. Este éxito
no ha sido debido a un altruista reparto de la riqueza, sino al crecimiento
económico que ha permitido a los ricos ser más ricos y a los pobres dejar de
serlo. Digamos que el desequilibrio
económico entre los individuos sigue siendo el mismo, pero, al menos, de unas
décadas a esta parte, hemos expulsado a la pobreza de la mayoría de nosotros.
Y, como comentamos en el capítulo anterior,
todo cambio social sugiere un cambio en las creencias; y viceversa: todo cambio
en las creencias estimula al cambio social.
Sabiendo que siempre se ha de superar la resistencia al cambio, incluso
cuando se trata de abandonar el ancestral y miserable hábito de vivir en la
pobreza.
Parece ser que las leyes físicas de la inercia
no solamente afectan a los cuerpos pesados; los costumbrismos sociales y las
creencias pueden atraparnos en una inercia que nos impida movernos cuando
estamos anclados en hábitos del pasado, o nos impida desviarnos o detenernos
cuando vamos en una dirección que realmente no deseamos.
Aunque todo individuo pobre desee conscientemente
dejar de serlo, existe una resistencia inconsciente provocada por las creencias
y por los hábitos tradicionales.
¿Cuántas personas que fueron pobres en su niñez o juventud continúan
comportándose como si realmente lo fueran, a pesar de que hace décadas que
dejaron de serlo?
Nuestra próspera civilización hace más de un
siglo que emprendió la imparable marcha del progreso impulsada por el
crecimiento económico. Pero los hábitos
de conducta, y en especial las creencias espirituales tradicionales, no son
capaces de cambiar a la misma velocidad.
Tengamos en cuenta que las escrituras sagradas son sistemas inamovibles
de creencias indiscutibles para el creyente, creadas en un ambiente social de
penurias económicas, afectadas por la pobreza reinante, influenciadas por ella.
Aunque parezca ridículo, la pobreza, como
cualquier otra circunstancia social, a pesar de ser aborrecible, también es
justificada por las viejas creencias que surgieron en su seno. Podríamos enumerar innumerables claves de fe
que proclaman a la pobreza como una virtud indispensable para entrar en los
cielos. Baste con recordar aquella
parte de los evangelios cuando Jesús dice que es más difícil que un rico entre
en el paraíso que un camello pase por el agujero de una aguja, o bienaventurados
los pobres porque ellos heredarán la tierra.
No existe nada reprochable en toda
persona que elija a la pobreza como camino de evolución espiritual, todos somos
libres de elegir el tipo de caminar espiritual que deseemos. Como en el caso de quienes eligen el
celibato, la clausura o el cilicio.
Ahora bien, lo que resulta intolerable es la imposición de una forma
directa, o indirecta mediante argumentos religiosos, de esos males benditos, a
un pueblo que ni los desea ni se los merece.
No es de extrañar que los pensadores de izquierdas sospecharan que esas
proclamas de virtuosismo de la miseria fueran una herramienta más, que los
poderosos gobernantes siempre utilizaron descaradamente, para mantener al
pueblo conforme con las migajas sobrantes de sus banquetes que arrojaban sobre
sus súbditos.
Básicamente, los elogios que en muchas
tendencias espirituales convierten a la pobreza en una virtud, vienen
determinados por la necesidad del espíritu de desprenderse de la materia. Todo aquél que desee alcanzar el más allá
tiene que renunciar a todo lo que lo ata al más acá. Por ello son bienaventurados los pobres de la Tierra. Pero esa práctica de la virtud no ha sido elegida
por los pobres, sino impuesta; y una virtud no elegida tiene muy poco de virtuoso.
Si bien es cierto que la riqueza puede resultar
una trampa mortal para el espíritu, más cierto es que la pobreza es una trampa
mortal para el cuerpo, pues produce una indigna muerte prematura no deseada por
nadie. La mayoría de los pobres de la
tierra, si son virtuosos, es porque están más cerca del otro mundo que de éste,
pero no por evolución espiritual ni por elección libre, sino porque se están
muriendo de hambre.
Los creyentes más tradicionalistas creen que
las realidades virtuales espirituales de las que hablan las viejas escrituras,
y en las que se ha creído durante siglos, no son afectadas por los cambios
sociales; son dogmas de fe avalados por la palabra de dios que siempre habrá de
ser la misma en el pasado, en el presente y en el futuro. Muchos de ellos, en Occidente, escogen el
voto de pobreza aún viviendo en un ambiente de abundancia. Un camino tan digno como cualquier otro de
evolución espiritual, sobre todo ahora que no es impuesto por las
circunstancias sociales. Aunque he de
comunicar ―persistiendo en mi empeño por avisar de los peligros―
que he conocido casos de quienes, en su prisa por realizarse espiritualmente,
comenzaron a entregarlo todo, incluido su dinero; y en su alarde de
desprendimiento de la materia de este mundo también abandonaron su trabajo, su
única fuente de ingresos; y el único cambio que pude observar en ellos fue que,
en vez de alcanzar la iluminación, se quedaron a oscuras porque la compañía
eléctrica les cortó la luz por no pagar la factura.
Avanzadillas de modernos creyentes, ponen en
duda que la pobreza sea una virtud, incluso aseguran que es un concepto
masoquista residuo de un oscuro pasado religioso. El principal argumento que esgrimen para justificar semejante atrevimiento
se basa en que todos somos hijos del gran dios infinito, hijos del creador de
todas las cosas, dueño de todo el universo; por lo tanto somos hijos del ser
más “rico” de la creación. ¿Cómo
podemos llegar a pensar que nuestro padre desea que vivamos en la miseria? Estas nuevas vías consideran que la pobreza
es un mal sueño de los hijos de un padre de riqueza infinita, una pesadilla de
la que ya es hora que despertemos y recordemos quiénes somos. Son las nuevas vías de la opulencia, donde
los ricos son los bienaventurados que heredarán la Tierra. Atractivos caminos de riquezas prometidas
para quienes los realicen. La pobreza
es un concepto, una idea de los pobres de espíritu, una forma de vivir elegida
por los condenados por su propia culpa.
En realidad ―según afirman en estas vías― somos hijos de un
padre de riqueza infinita, bondadoso y ansioso por llenarnos de riquezas
espirituales y materiales, esperando a que aceptemos sus maravillosos
regalos.
Con sólo pensar en ello a uno se le ensancha el alma (y los bolsillos). Merece la pena prestar atención a estas nuevas vías espirituales. Nuevos conceptos religiosos que pueden cambiar nuestra vida. Yo les auguro un gran éxito. La infinita opulencia divina, como cualquier otra, es muy atractiva para los pobres humanos; sobre todo si nos dan la parte del infinito patrimonio divino que nos correspondería a cada uno de nosotros.