A los miembros de las sectas se les suele considerar adictos al
fanatismo de su credo particular, enfermos de una de las drogadicciones más
perniciosas. Creencia popular
semejante a la que se tiene del consumo de las drogas ilegales, mientras que
las legales se consumen sin preocupación e incluso apoyadas por la cultura
del pueblo que las acoge. Situación
similar a la que padecen los adictos a los juegos de azar, buscadores
enfermizos de la buena suerte, que la sociedad compadece mientras por otro
lado les tienta con la publicidad que se hace de los sorteos de loterías
oficiales o apuestas deportivas.
En el mundo de la espiritualidad no es diferente: el consumo de las
ofertas sectarias se considera una perniciosa drogadicción, mientras el
consumo de las religiones oficiales no.
Si deseamos realizar un análisis serio sobre la adicción que se puede
dar en el mundo del espíritu, hemos de abandonar todo tipo de preferencias
culturales. Cuando se consigue
sortear los peligros que tanto abundan por los caminos espirituales, superar
la resistencia a evolucionar espiritualmente y el pánico a arrojarse al
infinito vacío celestial, la vivencia de lo sagrado implica en la mayoría de
las ocasiones un aumento del bienestar. La
paz que se puede llegar a sentir, cuando nos invade la presencia divina, es
uno de los mejores analgésicos existentes para contrarrestar los dolorosos
trances por los que puede transcurrir nuestra vida.
Cuando la santidad se siente en las venas, por haber entrado en
contacto con lo sagrado, una plenitud feliz invade al afortunado que consiguió
probar las mieles del cielo. A
partir de ahí, si la suerte se repite, tendremos a una persona adicta a las
drogas sagradas, adicta a los regalos de los dioses.
Los contrastes que
experimenta nuestro bienestar influyen de forma muy importante en nuestra
vida. La espiritualidad puede
proporcionar tan importantes aportaciones a nuestra felicidad que es muy fácil
convertimos en adictos a una vía espiritual si estamos viviendo en ella
gozosas experiencias. Está
demostrado que nuestro cerebro sintetiza drogas en nuestros momentos más
felices, como por ejemplo durante un orgasmo, de ahí que la mayoría seamos
adictos al sexo. Las endorfinas,
opiáceos generados por nuestra glándula pituitaria, nos emborrachan de
bienestar cuando la felicidad nos envuelve.
Las diferentes experiencias de lo divino nos pueden embriagar de dicha
y engancharnos, son unas de las drogas más fuertes que puede disfrutar o
padecer ―según se mire― el ser humano.
La
drogadicción espiritual, como la sexual, no tiene contraindicaciones biológicas;
es provocada por drogas que genera nuestro organismo de forma natural, no
afecta a nuestra salud sino es para mejorarla.
Sin embargo, como cuando se usan tóxicos, dependiendo de la dosis,
existen peligros para nuestra salud o nuestra vida, en este caso peligros psíquicos.
La drogadicción sexual puede convertirse en grave obsesión e impulsar
a cometer locuras, y con la drogadicción espiritual puede suceder lo mismo.
Si se llega a un elevado estado de embriaguez frecuentemente, el
borracho de dios puede actuar con un notable descontrol y caer en un
irracional fanatismo; puede convertirse en un defensor a ultranza de la fuente
proveedora de la droga mística, del cártel al que pertenezca; grupo de fanáticos
que puede entrar en guerra contra otros cárteles que, como mafias de lo
sagrado, quieren imponer por la fuerza su especial polvo blanco en el mercado
espiritual.
Las
diferencias más notables entre la adicción sexual y la espiritual se basan
en el culto, en un caso es una adoración material y en el otro se trata de un
culto espiritual. La desinhibición
sexual de nuestra civilización propicia un exceso de fluidos eróticos en
muchas personas, que pueden acabar convertidas en fanáticas defensoras del
placer sexual, en adoradoras del cuerpo.
El culto al cuerpo está muy extendido hoy en día entre la población
occidental. Sin embargo, el
exceso de las bebidas celestiales, propicia el culto al espíritu, a los espíritus
o a las deidades, y muy a menudo el menosprecio de la vida.
Recordemos el típico rechazo del cuerpo como algo pecaminoso, los
suicidios colectivos ―que estudiaremos más adelante― y las
guerras santas, que no cesamos de citar, repletas de kamikazes suicidas.
Cuando
las endorfinas las genera el sexo, creemos que los goces provienen de nuestro
cuerpo o del cuerpo de la pareja que copula con nosotros.
La felicidad sexual es un goce corporal que puede prescindir de lo
espiritual. Sin embargo, los
placeres espirituales parecen no provenir del mundo físico, aunque la
drogadicción suceda en el cuerpo. Y
al no tener limitaciones físicas la sensación de su procedencia, los goces
espirituales cubren un abanico de matices y de calidades tan amplio que nos va
a resultar muy difícil llegar a alcanzar una idea aproximada de todos ellos.
Los diferentes elixires que pueden producirse en cada individuo sumido
en el seno de diferentes atmósferas sagradas son infinitos.
Cada gurú, cada ritual, cada secta o cada religión, produce un tipo
de elixir sagrado particular en cada individuo, como si de innumerables tipos
de drogas se tratara, provocando una gran cantidad de tipos de adicciones.
Las
propiedades analgésicas y relajantes de las drogas generadas por nuestro
organismo en las vivencias espirituales son indudables.
Los mártires sin ellas nunca hubieran podido permanecer impasibles, e
incluso felices, en las torturas que les tocó vivir; la sedante paz
espiritual no falta en cualquier atmósfera sagrada.
Incluso todo parece indicar que también somos capaces de generar
alucinógenos en los trances místicos, pues la percepción sufre muy a menudo
notables cambios cuando respiramos densas atmósferas sagradas, tan notables
como que cada uno de nuestros cinco sentidos físicos puede empezar a percibir
“alucinaciones”, como ya vimos en el capítulo sobre las percepciones
extrasensoriales.
Exceptuando
las conexiones con dimensiones del mas allá infernales (pesadillas de todo
drogodependiente) y las terroríficas visiones apocalípticas, los contactos
con las glorias celestiales siempre son contactos felices, gozosos, llenos de
dicha. El alucinado que alcanza
la realidad virtual espiritual en la que cree, el sueño esotérico que le ha
tocado en suerte soñar, puede percibir gloriosas visiones celestiales que le
llenarán de felicidad; también puede oír otros dulces sonidos diferentes a
los escuchados con nuestros oídos ―como ya dijimos en el capítulo
sobre la música y la danza―; también puede oler el perfume de los ángeles,
y creer que lo está oliendo con sus narices, sin haber olor alguno en el
ambiente que le rodea; y gustar las mieles del maná celestial, sentir en su
boca una dulce sensación, sin estar gustando pastel alguno; así como también
puede sentir sensaciones en su cuerpo venidas de otro mundo, caricias divinas
de sublime amor.
Entre las más notables diferencias que la drogadicción por endorfinas
tiene con la generada por sustancias preparadas, tenemos en primer lugar que
todavía no hemos sido capaces de fabricarlas, son drogas que no se pueden
ingerir ni inyectar en la sangre, las produce nuestro organismo; y, en segundo
lugar, todavía nadie ha conseguido controlar su elaboración en nuestro
cuerpo. Drogas que no se pueden
comprar, y no hay forma alguna ―todavía― de asegurarse su
abastecimiento de por vida. Por
lo tanto, conviene dejar bien claro que toda persona enganchada a este tipo de
adicción tiene asegurado padecer, tarde o temprano, el síndrome de
abstinencia, pues no hay forma de asegurarse su abastecimiento de por vida.
Las
investigaciones farmacéuticas, a pesar de no cesar en su empeño por
sintetizar endorfinas, no lo han conseguido todavía.
Pero, aunque se consiguiera algún día, me temo que su dosificación y
la elección del tipo de droga nunca serían tan adecuadas ni tan naturales
como cuando se originan espontáneamente en cada persona.
Todo parece indicar que, en los casos en los que no se alcanza la
borrachera, el cerebro de cada individuo genera su propia droga, la adecuada
para su organismo, y habitualmente en la cantidad justa para aumentar
notablemente su grado de bienestar, y sin contraindicaciones biológicas.
Quien
prueba asiduamente las drogas de los cielos se convierte en un drogadicto de
la armonía feliz, muy difícil de sustituir con cualquier otro tipo de
inyección en nuestro cuerpo. Por
ello, el drogadicto de dios, se convierte en un buscador incansable de los
camellos venidos de arriba con la mercancía sagrada alucinógena, y no cesará
de buscar a los repartidores de la experiencia mística, a los maestros de los
rituales sagrados y de las creencias que harán segregar de su cerebro las
sustancias de la felicidad. Multitud
de mediadores aseguran repartir el sagrado polvo blanco de los cielos a
diestro y a siniestro, charlatanes en muchos casos que ofrecen lo sagrado
mezclado con venenos, sustancias divinas adulteradas con credos enfermizos,
toxinas para el alma, creencias de infelicidad.
Probablemente
sean los grandes gurús orientales en la actualidad los mejores proveedores de
experiencias divinas, son capaces de sintetizar atmósferas sagradas de una
pureza extraordinaria y de hacernos segregar como nadie endorfinas de
felicidad. Lástima que vayan
acompañadas habitualmente de tóxicos para la mente, de creencias extrañas e
irracionales, del gran fraude espiritual.
Conseguir
que nuestro cerebro sintetice en su estado puro la droga que es capaz de
generar la divinidad del hombre, es un empeño todavía no logrado, pues
siempre suele ir acompañada de sustancias intelectuales dañinas para la
salud mental. Algo semejante a lo
que sucede con la pura droga que es capaz de generar nuestra sexualidad,
delicia de placer tan a menudo intoxicada por anormalidades psicológicas.
Uno
de mis empeños de estos últimos años de mi vida consiste en intentar
generar por mí mismo, en mi organismo, en mi cerebro, las drogas espirituales
de la felicidad, sin camellos ni traficantes ni intermediarios que tan caro
nos las hacen pagar; es decir, sin dioses ni gurús, sin ningún mediador que
especule con lo que es nuestro. Y
sobre todo sin sus doctrinas o creencias impuestas.
Si nosotros creamos a los dioses, y los dioses nos proporcionan las
drogas celestiales de la felicidad, resulta evidente que nosotros somos los únicos
que deberíamos de tener el control sobre estas drogas.
Las drogas divinas las genera nuestra propia divinidad, nuestro propio
organismo, nosotros.
Más
cuando somos creyentes no lo sentimos así, creemos que la felicidad nos viene
del cielo, convencidos por la fe. Una
sola vez que hayamos probado los elixires de la divinidad a través de la fe,
puede ser suficiente para continuar buscándolos de por vida por los
territorios virtuales espirituales.
Y
si se ha vivido durante tiempo borracho de elixires, cuando estos desaparecen,
uno puede convertiste en un consumidor de todo tipo de adulteraciones
espirituales, padeciendo una penosa situación semejante a la que padece el
drogodependiente típico, consumidor de tóxicos perniciosos para su salud por
no poder adquirir la droga pura.
Pues
conviene saber que la gracia de dios sobreviene muy a menudo como por arte de
magia, y desaparece también como por arte de magia.
Cuando perseguimos los goces divinos de los dioses, conviene no olvidar
que no tenemos garantizado su abastecimiento.
En toda búsqueda de dios hemos de tener presente que podemos llegar a
encontrarlo con la misma facilidad que podemos llegar a perderlo.
La experiencia divina es una de las más escurridizas que puede sentir
el ser humano.
Si estudiamos las vidas de los santos, observaremos las fluctuaciones
del fluir divino en sus vidas y todo lo que sufrían cuando padecían el mono
de la ausencia divina.
Aunque yo no soy un santo, en mi vida he sufrido muy a menudo el síndrome
de abstinencia, así como también lo he visto padecer a otras personas compañeras
de camino. No sé como será el
mono provocado por la ausencia de continuar inyectándose droga en el caso del
drogadicto de tóxicos, pero no creo que sea muy diferente.
Cuando viví la pérdida del amor de Cristo, allá por la juventud,
padecí un mono desesperante. Y
durante el resto de los años de mi vida, en mi recorrido por las sectas, esta
situación se ha ido repitiendo con sorprendente asiduidad.
Había temporadas que conseguía beber a raudales los elixires
sagrados, seguidas de otras temporadas de desasosegada y dolorosa abstinencia.
Y en la actualidad, habiéndome negado a seguir tomando toxinas
intelectuales ―dogmas de fe ya inaceptables para mi inteligencia―
apenas soy capaz de conseguir generar las drogas de la felicidad espiritual.
Y he de reconocer que la alegría y la paz interior se han reducido
notablemente en mi vida, aunque no hasta extremos desesperantes.
Parece ser que el drogarse, de forma natural o antinatural, es típico
del ser humano en su búsqueda de la felicidad.
Si yo nunca me decidí a ingerir sustancias fue porque mi débil
organismo apenas aguantaba la ingestión de droga alguna si resentirse
demasiado. Pero las generadas por
mi propio cerebro no me provocaban daños físicos, e incluso me sentaban
bien, así que me convertí en un en un adicto a ellas, experto en
encontrarlas en densas atmósferas sagradas.
Hoy puedo dar gracias que a mi cerebro no le dio por generar
intensamente alucinógenos, a pesar de haber estado inmerso en densas atmósferas
sagradas que sumían en profundos trances alucinatorios a otras personas,
porque entonces sí que hubiera tenido problemas más serios.
No voy a negar que he tenido sueños esotéricos en suaves trances
meditativos, pero siendo consciente en la mayoría de los casos de que eran
sueños. Algo que no siempre
resulta fácil, porque todo creyente tiene cierta predisposición a creer que
son verdad.
Podemos
dudar de todo lo que vivimos por los caminos espirituales, de lo que creemos
por fe aunque no lo veamos, de los paraísos, de los infiernos, de los dioses
y de los demonios; pero cuando nos convertimos en videntes y “vemos” las
realidades virtuales espirituales, cuesta mucho creer que no son verdad.
Las creencias se han forjado de esta manera, así creamos a los dioses,
en borracheras alucinatorias; y creímos que el sagrado vino nos lo daban
ellos, los dioses, cuando en realidad se genera en nuestras propias glándulas.
Las bodegas de los divinos vinos están en nosotros, en nuestro cuerpo,
por mucho que las creamos ubicadas en los cielos y que los dioses tienen sus
llaves.
Es esencial comprender el fenómeno de la drogadicción mística para
entender como se crearon las realidades virtuales espirituales y a los
personajes que las pueblan. Las
impresiones extrasensoriales son muy fuertes bajo los efectos de las drogas,
(todo drogadicto de alucinógenos sabe lo intensas que pueden llegar a ser las
sensaciones o las alucinaciones). Y
si se repiten una y otra vez las mismas sensaciones o la misma videncia, el místico
acaba creyendo que su estado proviene de la aparición virtual, creencia que
le permitirá de ahora en adelante emborracharse con sólo invocarla mediante
algún ritual que le evoque la experiencia extrasensorial.
Ahora
podemos comprender mejor porqué las creencias se defienden con tanto ahínco,
pues de la fe depende el suministro de las drogas místicas.
En nuestra mente colectiva debe de estar tan grabado que las poderosas
drogas de la felicidad nos llegan del cielo, que, cuando dejamos de creer en
dios, lo tenemos muy crudo para acceder a ellas.
No parece haber otra forma de conseguirlas con frecuencia que a través
de la fe. Se echan en falta
cuando se decide dar el paso del agnosticismo o del ateísmo, a pesar de las
adulteraciones de insanas creencias que contienen, y de lo aleatorio de su
abastecimiento. Sería un gran
logro dar con la clave que nos permitiera sintetizar la poderosas drogas místicas
sin tóxicos credos.
Pero
todavía no lo hemos conseguido. Una
fría estadística actual nos mostraría que lo más frecuente es sentir esporádicamente
las vivencias divinas con cierta moderación en el seno de la fe, sin grandes
borracheras, en momentos que nos llenan de gozo y que desaparecen tarde o
temprano, sin provocar fuertes drogadicciones.
Muchas personas se conforman con eso y aseguran que dios no da para más,
que ellos están recibiendo lo máximo del cielo.
Pero si realizamos análisis comparativos en diferentes individuos
borrachos de dios, entre aquellos que se drogaron más de lo habitual,
observaremos que la divinidad da para mucho más y de infinidad de formas
diferentes. Las drogas divinas
que podemos generar nosotros mismos nos pueden otorgar multitud de estados
felices. En unos casos nos pueden
dar más fortaleza, en otros más alegría, más paz, más belleza, etc.
Es una lástima que todavía no se conozca método espiritual alguno
que nos ofrezca todos los beneficios que es capaz de darnos la nuestra
divinidad. Es obvio que hacen
falta más investigadores al respecto, y, sobre todo, hace falta una auténtica
revolución espiritual.