Debido a la enorme competencia entre las sectas y a la demanda social,
o quizás debido a la buena voluntad de los dirigentes sectarios (los
dirigentes sectarios también tienen buena voluntad), se está trabajando en
el propósito de mejorar las condiciones del filtro de selección de
preferencias para que el amor espiritual y el bien hagan un acto de presencia
mucho menos condicionado en nuestro mundo.
Por supuesto que esta labor es muy difícil de conseguir.
En el seno de la pareja también se están realizando grandes
esfuerzos, reprimiendo aquellos aspectos del mal más brutales que dañan en
especial a la mujer. Sin embargo,
la represión del mal no significa su desaparición.
El mal tiene una enorme capacidad de disfrazarse y de reaparecer en las
formas más insospechadas. Ya
hemos hablado de ello. Aquellos jóvenes,
y los no tan jóvenes, que creen en el triunfo del amor, y luchan por él, son
héroes inconscientes de nuestro tiempo.
Nuestra sociedad pacifista les ha ocultado su propio instinto de muerte
y no saben a qué se enfrentan. En
las sectas sí que lo saben, al menos en sus representaciones virtuales
espirituales no faltan personajes o fuerzas terroríficas que representan al
mal que anda por nuestro mundo. No
obstante, haciendo un esfuerzo por acoplarse a la moda bonachona y pacifista,
están intentando reducir la maldad de los demonios y aumentar la permisividad
y la bondad de los dioses. Es una
forma de venderse mejor al público. A
nadie hoy en día le gusta que le metan miedo ni que le presionen con
mandamientos divinos muy exigentes. Los
dioses que mejor se venden hoy son aquellos que hacen casi todo por nosotros;
al hombre civilizado le encanta que le den todo hecho.
Por ello existen auténticos expertos en crear dioses a la carta.
Cogiendo una pizca de aquel famoso dios y otra pizca de éste menos
famoso pero mucho más asequible para la mentalidad de hoy en día, cogiendo
un poco de esa vieja creencia tradicional y otro poco de esta nueva recién
llegada de lejanas tierras que se ha hecho muy famosa, etc., se están
haciendo auténticos guisados (y desaguisados, todo hay que decirlo) para
intentar dar con ese dios que esté a la medida de los nuevos tiempos.
Tiene
cierta gracia la situación, llevamos milenios bailando al son de los dioses,
y ahora queremos que sean ellos quienes bailen al son nuestro.
Y es que no cabe duda de que un dios sin seguidores no es nada; quizás
por eso, entre tanta competencia entre divinidades, ahora los dioses se
dediquen a contentarnos a nosotros en vez de nosotros dedicarnos a
contentarles a ellos.
Uno de los ejemplos más llamativos de estos novedosos cambios lo
tenemos en Jesucristo, gran mediador occidental, capaz de amoldarse a los
cambios más sorprendentes. Las
nuevas religiones cristianas nos lo presentan mucho más guapo, sin tanta
sangre chorreándole por el cuerpo.
También podemos observar como las viejas religiones cristianas se están
amoldando a los nuevos tiempos, cambiando la penosa imagen de su antiguo dios
por otra mucho más atractiva. Y
es que en nuestra sociedad consumista está demostrado que una buena imagen
vende más.
La proliferación de sectas está produciendo una competencia entre
creencias como nunca se ha dado en el mundo, y las religiones están actuando
en consecuencia. Un ciudadano de
una gran capital occidental tiene hoy en día acceso a prácticamente todas
las creencias más importantes del planeta.
Esto está produciendo una notable competencia entre ellas, y en
consecuencia las creencias empiezan a cambiarse para mejorar su calidad
espiritual. Nunca las más
importantes creencias del planeta han tenido tanta competencia, todas tenían
su territorio, sus territorios o sus países donde implantaban su hegemonía;
pero esto está desapareciendo, dando paso a una feroz competencia, en
especial en los países desarrollados. No
cabe duda de que esta novedosa situación en los ámbitos espirituales del
hombre está provocando una auténtica revolución cultural, y todo ello
gracias a las tan mal vistas sectas.
Cierto es que existen religiones o grupos sectarios que no se mueven de
donde han estado durante siglos, son los integristas, anclados en una
inamovible tradición religiosa, dispuestos en muchas ocasiones a defender con
sangre y fuego sus creencias, en clara lucha contra Satán encarnado en todas
estas revoluciones novedosas y en nuestra civilización que las permite.
La libertad religiosa no puede ser bien vista por quienes no creen
cierta otra creencia que la suya. Otras
creencias o religiones un poco más permisivas, aunque no dispuestas a
modificar sus dogmas de fe, intentan adaptarse a estos nuevos tiempos,
realizando modificaciones que no alteren sus raíces más esenciales.
Éstas son las religiones oficiales de los países con libertad
religiosa, las que se vieron obligadas a tragar los nuevos cambios y la dura
competencia que les trajo la proliferación de sectas, de creencias y
religiones nuevas.
Nunca los dioses han sido tan moldeados al gusto del consumidor.
Las leyes del mercado económico están siendo aplicadas al mercado
divino. Todo un sacrilegio.
Un divino sacrilegio, en mi opinión, pues demuestra que a dios lo
creamos los hombres a la imagen y semejanza que se nos antoja, y no viceversa.
Como vengo afirmando en este libro, tanto los diferentes dioses o
fuerzas sagradas con sus correspondientes realidades virtuales son ―y
siempre fueron, en mi opinión― creaciones de las pulsaciones psicológicas
de los grupos o fundadores que las crearon.
Y si esto se puede poner en duda, después de ver lo que está
sucediendo en el seno de las sectas actualmente, espero que ya no haya
vacilación alguna al respecto.
Y no se piense que estos dioses a la carta son deidades de poca monta.
Funcionan como cualquier otro dios con milenios de solera.
Son capaces de crear en torno a ellos atmósferas sagradas de
extraordinaria calidad y seducir al público como el dios más añejo.
Dos son las consecuencias más importantes de esta revolución
cultural. Por un lado, muchos de
los renegados de los dioses tradicionales encuentran en los nuevos dioses a la
carta algún dios a su medida. Y
por otro lado, inevitablemente, aquel que se recorre varias de estas creencias
acaba con una considerable pérdida de la fe en todas ellas, pues descubre la
manipulación del hombre en la creación de los dioses.
El creyente buscador de la auténtica creencia acaba harto de tanta
manipulación sagrada.
Quienes
todavía continúan inamovibles en sus viejas creencias, haciendo caso omiso
de todas estas movidas sectarias herejes, no tienen crisis de fe; pero muchos
de quienes nos vimos inmersos en esta avalancha de novedades espirituales y
observamos la capacidad creadora de cielos y de infiernos, de dioses y de
demonios, que tiene el hombre, no pudimos por menos que empezar a perder la fe
de que dios fuera el creador de todas las cosas.
Esta
creciente pérdida de fe está propiciando nuevos cambios en todas estas
movidas espirituales. Por un lado
los fundamentalistas están siéndolo mucho más que nunca, en santa cruzada
contra el auge del ateísmo y la competencia de otras creencias.
Y, por otro lado, los cocineros de dioses a la carta, los creadores de
los mitos actuales, se están esforzando como nunca por encontrar una creencia
universal que convenza a una mayoría de la población.
Intentan dar con esa creencia infalible, que aúne a todas las demás.
Intentan encontrar las claves de lo que sería la gran religión
universal, aunando en una sola doctrina los ingredientes básicos de todas las
demás.
En
los mercados sectarios ya se anuncian religiones universales, pero es un
desesperado propósito en mi opinión. No
conviene olvidar que los ingredientes más importantes de las diferentes
religiones son incompatibles con algunos ingredientes básicos de las demás.
Además de que estos artesanos de lo divino crean su creencia
particular aunando las creencias que ellos han llegado a conocer; y, como cada
uno de ellos no ha podido tener acceso a todas las creencias del mundo, cada
uno crea su religión particular, mas que universal, cóctel de las creencias
que él ha vivido. También estos
creadores tienen en cuenta las creencias de la gente intentando componer esa
nueva religión a gusto del consumidor, por ello es sorprendente observar cómo
en ellas se llegan a aunar en muchos casos las tendencias más populares
cristianas, orientales y de extraterrestres.
Increíble pero cierto. Hay
muchísimas sectas que viven este popurrí de creencias mezclados en una sola,
convencidos de que están en lo cierto. Sus
seguidores creen que todas las religiones y creencias tienen su parte de razón,
y por ello las aúnan a todas, consiguiendo a menudo ―y esto es lo
sorprendente― una sana convivencia entre todas.
Y es que la atmósfera sagrada hace milagros en las mentes de los
creyentes.
Yo,
como tengo por costumbre, siento discrepar de estas modernas intentonas por
encontrar la gran religión universal. Ya
hay varias que se anuncian como tales. Pero
intentar crear una nueva religión universal, en mi opinión, es intentar
crear una nueva ilusión universal.