Después de haber terminado este nuestro largo paseo por las sectas,
ahora solamente nos queda sentarnos a descansar y extraer nuestras propias
conclusiones.
Como acabo de indicar en el capítulo anterior, no me cabe duda de que
el hombre posee una gran capacidad de dirigir su destino, aunque tenga por
costumbre pensar que no es así, que él es un pelele de los dioses o de los
demonios, de fuerzas ocultas, o sencillamente de sus circunstancias.
Con esto quiero poner énfasis en la importancia que tienen las
conclusiones que saquemos sobre nuestro caminar espiritual, ya que según sean
unas u otras, creeremos que nuestro destino estará influenciado por unos
factores u otros. Y si nos
atrevemos a pensar cada vez más que somos nosotros los mayores responsables
de todo lo que nos sucede, puede que nos abrume tan gran responsabilidad, pero
también seremos más libres, y, en mi opinión, estaremos mucho más cerca de
la verdad.
Así que vayamos con nuestros análisis finales, observando en primer
lugar el engaño, que tan complacientemente hemos asumido a lo largo de la
Historia, de delegar tanto en dioses como en los demonios nuestras
circunstancias y movidas interiores.
A lo largo de este libro hemos ido viendo que la multitud de realidades
virtuales espirituales que existen, y han existido, no pueden ser otra cosa
que creaciones de nuestra mente, escenificaciones de nuestras pulsaciones
psicológicas. Por lo tanto,
hemos supuesto que tanto dios como el diablo son creaciones nuestras.
Algo que podemos decir muy fácilmente.
Para todo aquel que no ha tenido grandes vivencias espirituales es
hasta comprensible, pero para quien ha subido a los cielos y ha experimentado
la presencia del supremo dios infinito, como para quien ha sentido el mal
infernal, nuestra afirmación es inconcebible; es muy difícil reconocer que
esas poderosas influencias puedan ser creaciones nuestras.
La experiencia religiosa puede alcanzar tanta grandeza que al creyente
le puede resultar imposible compararla
con la pequeña idea y sensación que tenemos de nosotros mismos.
Sin embargo, hasta la última página de este libro, nos vamos a
centrar en intentar demostrar que todo está sucediendo en nuestra propia
mente, en nosotros mismos.
Pasos de semejante envergadura ya hemos dado en las últimas décadas.
Hasta hace poco era impensable la pérdida del gran poder que las
religiones universales, con sus dioses al frente, ejercían sobre el pueblo
llano. La proliferación de
sectas, la diversidad de creencias junto al ateísmo, han derrocado a los
grandes dioses en una gran parte de las conciencias del mundo.
Y en consecuencia, como alternativa al antiguo poder, tenemos otros
poderes celestiales importados de exóticos países, o modernos poderes de
reciente creación. Mas no se
termina de reconocer que todas estas movidas son nuestras.
El creyente en ellas las considera ajenas a él, creaciones de los
dioses, aunque sabe que existen multitud de creencias tan válidas como la
suya y contradictorias entre sí. De
alguna forma se reconoce el gran fraude espiritual pero se consiente.
Uno
de los propósitos de este libro es encontrar una explicación razonable para
tanta sinrazón espiritual. En
este capítulo podríamos llegar a la conclusión de que las cosas van a
continuar igual porque siempre han sido así y porque nadie ofrece
alternativas razonables y válidas, que funcionen, que den algo equivalente a
lo que los sueños de las realidades virtuales espirituales ofrecen.
Voy
a atreverme a proponer una alternativa, la alternativa que yo mismo estoy
viviendo. No sólo consecuencia
de un minucioso trabajo intelectual, también es el lugar donde he acabado
después de tantos años deambulando por el interior de las sectas.
Las
conclusiones que uno saca al final de una etapa de su vida son esenciales para
determinar el nuevo camino a emprender. Muchas
personas que, como yo, realizaron largas andaduras por las sectas, acabaron en
lugares muy dispares dependiendo de unas conclusiones u otras.
La mayoría se quedaron en aquella secta o creencia que más les
gustaba o más les convencía de todas las que habían frecuentado.
Otros escogieron aquellas que contenían las mezclas de las que habían
conocido, o crearon ellos mismos otras nuevas a su medida, y, otros, negándose
a soportar la diversidad de formas que adopta el gran fraude espiritual,
acabaron perdiendo toda fe en el desierto del escepticismo.
Cuando no nos satisface lo que estamos viviendo, las conclusiones nos
ayudan a tomar una alternativa.
Cansado
de soportar el gran fraude espiritual, acabé viviendo mi propia alternativa.
No puedo asegurar que sea tan celestial ni tan sagrada como las
experiencias que viví en mi pasear por las sectas, pero al menos es más
real, más sincera, más mía; y, sobre todo, menos fraudulenta.
Y
ahora se preguntarán ustedes cual va ser mi alternativa, después de no haber
dejado títere con cabeza, cuando he considerado a todas las que existen más
o menos fraudulentas. El típico
visionario espiritual arremete contra todo tal y como yo lo he hecho, pero
siempre se guarda en el bolsillo algún dios o energía divina para ponerla en
el trono que se ha encargado de vaciar el mismo de dioses falsos, según su
criterio, claro está. Sin
embargo, yo no me he quedado con dios alguno en el bolsillo, incluso, por no
tener, no tenemos ni trono donde sentar a nadie, ya que al haber considerado a
los escenarios virtuales una ilusión, no tenemos trono celestial alguno que
nos valga.
Mi
alternativa es la consecuencia lógica de las conclusiones expuestas a lo
largo de este libro: si las
realidades virtuales espirituales son una mentira, y la verdad de ellas reside
en nosotros, resulta obvio que todo lo que vivimos en ellas proviene de
nosotros. No las formas, los
lugares, los personajes o los nombres, sino la esencia de todo ello.
Los escenarios virtuales espirituales, así como sus personajes o
fuerzas, son aleatorios, cambian según las circunstancias culturales de los
lugares donde nacen. Sin embargo,
lo que representan, sí qué es nuestro, somos nosotros.
Por lo tanto, mi propuesta consiste en apropiarnos de lo que nos
pertenece, aunque nos cueste creernos que es realmente nuestro.
Vuelvo a insistir en que esto es muy difícil hacerlo.
Es mucho más fácil soñar con muestras grandes movidas inconscientes
que reconocerlas de frente. Nuestra
mente no tiene dificultad de mostrarnos lo que somos en los sueños que
tenemos mientras dormimos, así como tampoco tiene dificultad para mostrarnos
lo que somos en nuestros sueños manifiestos en las realidades virtuales
espirituales. Ahora bien, ¿quién
es el guapo que se atreve a asumir su realidad cuando sueña que es el rey del
universo, o cuando sueña que es un despiadado asesino?, o ¿quién se atreve
asumir que es un dios y a la vez un demonio?
Contradicción humana que intentaremos comprender en los próximos capítulos,
e impresionante responsabilidad para asumirla de golpe.
Hagámoslo poco a poco, asumiendo en primer lugar la divinidad
positiva, para después encargarnos de nuestro malvado lado oscuro.
Crezcamos en positivo, tiempo tendremos después en ocuparnos de lo
negativo.