A casi todos los occidentales, que ya rondamos por los cincuenta, se nos inculcó desde la infancia que el sexo era algo pecaminoso y que la espiritualidad estaba inevitablemente unida a la castidad. Tanto es así que una persona con fuertes impulsos sexuales nunca podría ser elevadamente espiritual, así como una persona espiritual nunca podría ser muy sexual. Durante los años que creí cierta esta incompatibilidad, entre sexo y espíritu, padecí la lucha interna entre estas dos manifestaciones interiores. Ya en mi adolescencia y parte de mi juventud, en el seno del catolicismo, estas dos fuerzas luchaban por sobrevivir en mí, cada una a expensas de la otra. Fueron varios años santiguándome con la mano derecha mientras con la izquierda me masturbaba (metafóricamente hablando, por supuesto). Cuando el sexo, ya fuera de pensamiento o de obra, me hacía perder la gracia de dios, no crean que corría a confesarme para recuperarla, bebía de mi sexualidad, o de la mujer que estaba dispuesta a compartir su sexualidad con la mía, hasta saciarme; y después de harto, confesaba mis pecados contra el sexto mandamiento; y vuelta a empezar. La auténtica castidad solamente la viví entre los diecisiete y los dieciocho años, fue a causa de una explosión de amor entre yo y Jesucristo. Reconozco que nunca he vivido nada igual. Se trataba del amor místico del que tanto nos han hablado nuestros santos, en cada oración diaria bebía del amor divino y acababa embriagado de dios. Estuve a punto de meterme monje trapense; únicamente lo impidió la idea de que aquella gloria no podía acabar encerrada en una celda de clausura. No sé cuanto más me hubieran durado esos éxtasis diarios en un monasterio. Llevando una vida normal no me duraron ni un año. Aquella sensacional sublimación de la libido terminó en cuanto mis vivencias inferiores volvieron a elevarse. Y en mí quedó el recuerdo de una experiencia que no he dejado de buscar por todos los rincones sectarios a los que he tenido acceso. El amor místico, devocional, es una de las mayores delicias que puede vivir un ser humano. La búsqueda de esa felicidad perdida, y el intento por mejorar mi salud por otros caminos diferentes de los oficiales, me hicieron conocer nuevas vías esotéricas y religiosas, lo que produjo indirectamente mi pérdida de fe en el catolicismo.
Sumergido en semejantes
movidas espirituales, mi vida continúo por unos cauces normales, dentro de lo
que cabe. Mi capacidad de amar se
unió a mi sexualidad, y me enamoré de una mujer por primera vez, allá por
los veintidós años. Conocí el
amor pasional y todo el contexto de las otras pasiones que no son amor y que
lo suelen acompañar. Fueron
estas pasiones negativas las que destrozaron esa relación que no me duró ni
dos años. Fue una ruptura muy
dolorosa, quedé destrozado. Esto
provocó que me refugiara de nuevo en las ideologías espirituales castas como
único remedio para intentar recuperar la salud del alma.
Convencido de que las mujeres me volvían loco, aposté por la cordura
y me refugié en la soltería. Ese
desengaño amoroso se unió a mis otras inquietudes que me impulsaban a buscar
nuevos rumbos de vida espiritual. Durante
diez años no volví a acariciar a una mujer con sensualidad.
Como ya he contado, un gurú oriental me echó una mano para recuperar
la salud del alma. Entre dos o
cuatro horas de meditaciones diarias me ponían en contacto con mi cielo
interior y mantenían a raya los impulsos sexuales que no cesaban de llamar a
la puerta. Muy a menudo tenía
que abrirles y darles una masturbación para calmar su hambre.
Al hacer todo lo posible por mantenerme fuera de todo contacto erótico,
conseguí que mis pies no se fueran tras ninguna mujer, aunque no podía
evitar que mis ojos se fueran tras ellas.
Me tomé tan a pecho lo del celibato que, aunque en esos años me
enamoré varias veces, no había diosa humana capaz de llevarme a la cama; mi
intenso propósito casto siempre me ponía alguna zancadilla donde tropezaba y
me impedía llegar al lecho del amor.
Después
de esos diez años, fortalecido espiritualmente, decidí abrir la puerta de mi
dormitorio a la mujer y dar rienda suelta a las fuerzas que llevaban tanto
tiempo reprimidas. Fueron doce años
los que estuve con la puerta abierta, y fueron cuatro mujeres, una detrás de
otra, naturalmente, las que compartieron mis venturas y desventuras sexuales y
emocionales. Ninguna de ellas duró
más de tres años en mi íntima compañía.
Al principio todo me sucedió un poco por sorpresa, después estuve
buscando métodos de ayuda a la pareja; pero, ni sofisticadas terapias psicológicas,
ni las poderosas bendiciones divinas, pudieron evitar que esos cuatro intentos
de construir una relación feliz y duradera se convirtieran en cuatro
fracasos.
Hoy,
mi familia y mis amigos más próximos, se preocupan por mi futuro emocional y
me preguntan cómo van mis amoríos; yo les contesto que no tengo tiempo para
esos menesteres, pues estoy escribiendo un libro.
Lo que no tengo muy claro es si no tengo pareja porque no tengo tiempo
para relacionarme porque estoy escribiendo un libro, o si estoy escribiendo un
libro como pretexto para no tener pareja.
Lo que sí es cierto es que escribir este libro me está ayudando a
comprender mi vida. Puedo
entender que es muy difícil, para una persona acostumbrada a una
espiritualidad de calidad, acostumbrarse a vivir en pareja, cuando ello
implica vivir plenitudes amorosas a la vez que tormentos dolorosos.
Aunque mi caso por supuesto que no es exclusivo.
El gran número de personas que rompen sus compromisos o se divorcian
no lo harán por motivos muy diferentes a los míos.
En el mundo de la pareja se pueden llegar a vivir tales miserias
humanas que muchas veces es mejor deshacer el nido donde se incuban antes de
que acaben con nosotros. Yo y las
mujeres que fueron mis parejas no conocimos otro remedio para nuestros males
que la ruptura.
Admiro
a esas personas que soportan estoicamente sus miserias compartidas y consiguen
mantener viva su relación a través de los años.
Y admiro también a esas parejas que se animan a buscar en los mundos
de las sectas esa plenitud que no les da la vida.
Yo no lo he conseguido a pesar de haber estado sumergido en varias vías
espirituales que prometían mejorar las relaciones de pareja.
No es mi intención descalificar a todos esos métodos prometedores, a
lo mejor mis fracasos se deben a que inconscientemente me gusta cambiar de
pareja a menudo; visto de esa forma, mi vida amorosa es todo un éxito.
Sean
cuales sean los intereses que a una persona le lleven a intentar mejorar sus
relaciones amorosas, hoy en día existe una gran variedad de sectas que
incluyen entre sus enseñanzas la forma de mejorar la vida en pareja.
Las enseñanzas van desde las vías que aconsejan la castidad más
absoluta para mantener en virginal bendición divina el casto matrimonio,
hasta las vías que aconsejan un desmadre total sexual, para liberar lo
reprimido y poder así, según ellas, alcanzar el vuelo que nos llevará al
cielo. Las vías que fomentan la
promiscuidad, muy acordes con la liberación sexual de los últimos tiempos,
nos dicen que la represión sexual es un obstáculo para alcanzar la
divinidad. El poder creativo de
dios lo consideran un poder sexual a lo grande que mantiene la vida en
continuo florecimiento. Nos
aconsejan vivir el sexo intensamente, incluso la promiscuidad a las personas
que viven en pareja, para soltar todo deseo reprimido, vivir la esencia de
dios y liberarnos del peso enfermizo de la represión que nos está impidiendo
alcanzar la realización espiritual. Según
esta teoría ningún reprimido puede alcanzar a dios, la realización del amor
carnal la consideran un paso previo indispensable para llegar a amor divino.
Y algo de razón seguro que tienen, ¿quién, por muy ateo que sea, no
ha sentido alguna vez el sexo como algo divino?
Evidentemente,
los seguidores de estas dos vías opuestas se ponen verdes lo unos a los
otros: los castos condenan a los infiernos a los lujuriosos, y los lujuriosos
condenan a los castos por faltos de amor, sexual, se entiende.
Yo no he pertenecido a secta alguna practicante de estos dos extremos.
Vivir en pareja y en castidad, para mí creo que hubiera sido
imposible. Si conseguí durante
diez años no acostarme con mujer alguna fue porque puse tierra por medio
entre ellas y yo. Sin la
distancia, mi casta voluntad se hubiera desmoronado como un castillo de
naipes. Y tampoco estuve inmerso
en vías de promiscua sexualidad, siempre se me antojaron como un desmadre
sexual muy poco conveniente para ayudarme a equilibrar el desmadre que yo
llevaba dentro. Si relacionándome
sexualmente con una mujer ya me volvía loco, me resultaba impensable hacerlo
con más.
Las vías que escogí tenían unos programas de psicoterapia y de yoga
―de los que ya hablé en el capítulo sobre el destino― que incluía
alguna deidad o mediador. Uno hacía
ciertos test para saber cuáles eran las limitaciones o represiones que tenía
que liberar, después buscaba los patrones que debería de adquirir para
perfeccionarse y los afirmaba a menudo como si fueran mantras.
Y a la vez que uno realizaba la desprogramación psicológica, hacía
ciertos ejercicios respiratorios para ayudar a desbloquear la represión, y se
invocaba a la deidad que se adorase en la escuela esotérica para que echase
una mano en el empeño.
No
le voy a quitar importancia a los positivos efectos que esos trabajos de
crecimiento personal hicieron sobre mí; pero, lo que es cierto es que no
consiguieron que yo tuviera éxito en conseguir una estabilidad duradera en
mis relaciones de pareja.
Sin embargo, son muchas las personas que acuden a las sectas en busca
de ese cambio milagroso que les dé la felicidad.
Normalmente cada miembro de la pareja piensa que es el otro el que
tiene la culpa de los males de la relación, pero en estos grupos de trabajo,
de profundización psicológica, se deja bien claro que cada cual es el único
responsable de su vida en pareja. Uno
no puede por menos sorprenderse cuando investiga concienzudamente las causas
de sus frustraciones amorosas, y se encuentra de frente con que son producto
de patrones psicológicos, inconscientes a menudo, que atraen las mismas
situaciones frustrantes a lo largo de nuestra vida si no somos capaces de
cambiarlos. En mi caso, por
ejemplo, después de la primera pareja o de la segunda, podría insinuar que
la culpa de las rupturas fueron suyas y no mías, pero después de cinco
intentos serios, cuyas rupturas se produjeron de forma similar, uno empieza a
sospechar que cada cual llevamos siempre en los bolsillos los mismos billetes
de lotería que nos terminan por tocar a lo largo de nuestra vida.
Por consiguiente, aunque uno no consiga todo lo que se propone metiéndose
en esas sectas, o grupos de terapias spico-espirituales, siempre se aprenden
cosas muy importantes. Y si uno
cree en la reencarnación, y se hace viejo aprendiendo, sin realizar sus sueños
de pareja, no hay porqué desanimarse, será en la otra vida, con un cuerpo más
joven, cuando podamos continuar nuestros estudios y poner en práctica lo
aprendido. (Quien no se consuela
en estos caminos del espíritu es porque no quiere).
Y respecto a los peligros particulares que nos podemos encontrar en las
vías castas, recordar que la represión es una bomba de relojería que nos
puede estallar en cualquier momento. Muy
pocos doctores en psicología nos recomiendan la castidad cuando hay en el
cuerpo ganas de transgredirla, su estricto cumplimiento nos hace correr el
riesgo de producirnos serios
trastornos en la personalidad. Muchos
menos riesgos corremos siguiendo las doctrinas del libertinaje sexual, liberar
nuestras fantasías sexuales es más sano desde el punto de vista psicológico
que reprimirlas. Y sobre los
riesgos de contagios indeseados, tampoco hay que preocuparse; algunos de los
gurús, de esas doctrinas libertinas, dan preservativos a sus devotos junto
con el incienso para los rezos. Quizás
lo más preocupante sean esos niños de dios que casi rozan la prostitución
en su empeño por llevarnos al amor divino a través del amor humano, sexual
para más señas.
Pero no todo en los caminos espirituales es tan promiscuo ni tan casto,
la mayoría de las sectas se encuentran entre los dos extremos, tratando la
sexualidad dentro de unos márgenes más normales.
Sin embargo, sin querer alarmar a nadie, yo no bajaría la guardia.
En la mayoría de las sectas de aparente normalidad sexual pueden
suceder situaciones muy poco normales. Recordemos
que toda atmósfera sagrada es afrodisíaca y que la mayoría de las sectas
tienen unos valores humanos diferentes a los de la sociedad; y, por muy
normales que aparenten ser, el tratamiento que dan a las relaciones sexuales
no suele ser muy normal. Aquella
persona que tenga al cónyuge en alguna secta, no estaría de más que
investigase el grado de permisividad sexual de la doctrina que sigue su
pareja. En las sectas que tienen
un alto grado de promiscuidad entre sus miembros, el riesgo de infidelidades
es elevado. Y en las que se
prodigan abrazos besos y caricias como muestras de amor fraterno, no es
infrecuente que se conviertan en muestras de amor erótico entre personas que
simpaticen sexualmente. La
atracción de la belleza espiritual se puede convertir muy fácilmente en
atracción sexual. Tampoco
conviene olvidar que, cuando se cambia de religión o de creencias, los
matrimonios realizados por rituales anteriores no son válidos.
Es frecuente que en la secta se anule las uniones anteriores y se hagan
otras nuevas. No vaya a ser que
nos consideremos casados con nuestro cónyuge mientras él se sienta
divorciado o casado con otra persona.
Por
todas estas causas no están del todo injustificados los temores que puede
experimentar quien tiene a su cónyuge metido en una secta, sobre todo si en
esa secta se enseña a practicar el sexo de los dioses.